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La biotecnología, palanca estratégica para la competitividad y la autonomía industrial de España

La biotecnología, palanca estratégica para la competitividad y la autonomía industrial de España.

La seguridad ha vuelto al centro del debate económico europeo. La pandemia evidenció la dependencia exterior en medicamentos esenciales; la guerra en Ucrania tensionó cadenas de suministro críticas, desde materias primas hasta fertilizantes o energía; y episodios como el apagón masivo en la Península subrayaron la vulnerabilidad de infraestructuras estratégicas altamente interconectadas.

En ese nuevo escenario geopolítico y económico, la biotecnología ha dejado de ser percibida como un sector emergente para convertirse en una tecnología crítica para la resiliencia: “La biotecnología es hoy una palanca clave de competitividad y autonomía estratégica porque da respuesta directa a los grandes retos que están definiendo el futuro de Europa”, afirma Ion Arocena, director general de la Asociación Española de Bioempresas (AseBio).

Ion Arocena, director general de AseBio.

El último informe de la asociación, ‘La biotecnología, pilar de la competitividad y autonomía estratégica en España y Europa’, sitúa al sector como una pieza esencial dentro de la agenda industrial europea. No se trata solo de innovación científica o avances tecnológicos aislados, sino de capacidad productiva, soberanía tecnológica, reducción de dependencias externas y generación de valor añadido en sectores estratégicos como salud, alimentación, bioeconomía o transición energética.

En palabras de Arocena, apostar por biotecnología “significa producir en Europa, reducir dependencias externas y reforzar cadenas de valor estratégicas”.

Más allá del discurso estratégico, los datos confirman que la biotecnología es ya una realidad económica consolidada. En 2023, el sector representó el 1,1% del PIB nacional y generó 131.214 empleos, el 0,67% del empleo total. El ecosistema español alcanzó además un récord histórico de inversión, superando los 228 millones de euros en capital captado, mientras que el gasto en I+D interna vinculada a la biotecnología ascendió a 2.749 millones de euros, un 7,1% más que el año anterior.

Para Arocena, este crecimiento no responde a un ciclo pasajero: “Interpretamos este salto en peso económico, empleo e inversión como una confirmación de la madurez y del carácter estratégico del sector biotecnológico en España, más que como un fenómeno coyuntural”.

La dimensión cualitativa refuerza ese diagnóstico. La productividad por empleado triplica la media nacional y el salario medio duplica el promedio, consolidando al sector como generador de empleo altamente cualificado, intensivo en conocimiento y con fuerte capacidad de atracción de talento. “La biotecnología ha dejado de ser un sector emergente para convertirse en un pilar estructural del modelo productivo”, subraya.

A nivel europeo, el impacto tampoco es menor. La biofabricación y la industria biotecnológica generan 913.160 puestos de trabajo y un impacto estimado de 38,1 mil millones de euros en el PIB europeo, con una tasa de crecimiento del 5,3%, más del doble que el conjunto de la economía comunitaria.

La Comisión Europea ha reconocido ya la biotecnología como tecnología vital para la seguridad económica de la Unión, integrándola en el debate sobre autonomía estratégica, reindustrialización y competitividad frente a potencias como Estados Unidos o China.

Ciencia líder; industria por consolidar

España parte de una posición sólida en conocimiento. El país es el noveno del mundo en producción científica en biotecnología, con un 2,49% de la producción global y un 20% más de citas que la media mundial. Además, 15 de cada 100 publicaciones españolas se sitúan entre el 10% más citado a nivel internacional, lo que evidencia la calidad y el impacto del sistema científico.

Sin embargo, la fortaleza científica convive con una debilidad estructural: el esfuerzo total en I+D sigue por debajo de la media europea. La inversión en I+D equivale al 1,49% del PIB frente al 2,22% de la UE, lo que limita la capacidad de transformar excelencia académica en músculo industrial sostenido.

“El reto ahora es consolidar esta tendencia, reforzando el acceso a financiación, la transferencia de conocimiento y los marcos regulatorios, para que el crecimiento del sector sea sostenido y tenga un impacto aún mayor en la economía y la sociedad”, apunta Arocena.

La paradoja es clara: liderazgo en producción científica, pero necesidad de mayor escala empresarial e industrialización.

España dispone de fortalezas evidentes: talento científico altamente cualificado, ecosistema empresarial innovador, parques científicos y tecnológicos de referencia e infraestructuras de I+D de primer nivel. A ello se suma una creciente apuesta por la sostenibilidad y la bioeconomía como vectores de desarrollo. No obstante, el salto hacia un liderazgo industrial exige resolver varios cuellos de botella estructurales.

Desde AseBio identifican desafíos clave. El primero es regulatorio. “Es fundamental contar con un marco regulatorio adaptado al ritmo de innovación biotecnológica, más flexible y armonizado con la UE”, explica Arocena.

En la práctica, las empresas se enfrentan a “procesos largos y fragmentados de aprobación de ensayos clínicos o de nuevos productos, interpretaciones regulatorias poco homogéneas entre comunidades autónomas o entre agencias nacionales y europeas, y dificultades para introducir tecnologías disruptivas como terapias avanzadas o biotecnología ambiental”.

Estas barreras no solo retrasan la llegada de innovaciones al mercado, sino que reducen la capacidad de atraer inversión internacional en un entorno cada vez más competitivo.

El segundo gran reto es la financiación, especialmente en fases de escalado industrial. Aunque el ecosistema inversor ha crecido y el interés se mantiene, la brecha con competidores globales sigue siendo significativa.

A ello se suma la necesidad de impulsar una colaboración público-privada más fluida y favorecer el crecimiento empresarial en un sector dominado por pymes y start-ups. “El sector necesita evolucionar hacia empresas de mayor tamaño, contar con una infraestructura industrial competitiva y un sistema de incentivos fiscales sólido que atraiga inversión y nuevas plantas de producción”, señala Arocena.

En otras palabras, el desafío no es solo innovar, sino escalar.

Salud, sostenibilidad y alimentación: tres frentes estratégicos

La biotecnología en España tiene un alcance transversal. Las principales áreas de aplicación de la biotecnología en España son la salud humana (48,7%) y la alimentación (32,4%), seguidas de agricultura y producción forestal (26,4%), medioambiente (19,8%), salud animal y acuicultura (17,8%) e industria (15,2%). (Estos porcentajes no son excluyentes, ya que muchas empresas desarrollan actividad en varios ámbitos simultáneamente).

En el ámbito sanitario, España cuenta con más de 30 empresas dedicadas a terapias avanzadas y al menos nueve con plantas de producción a escala industrial. El país es además líder en ensayos clínicos y avanza en áreas como la medicina personalizada, la edición genética o la biopsia líquida, que permiten diagnósticos más tempranos y tratamientos más precisos.

Las terapias génicas, celulares y tisulares están redefiniendo el abordaje de enfermedades oncológicas, autoinmunes o degenerativas. La secuenciación genómica y el análisis de biomarcadores abren la puerta a una medicina más preventiva y adaptada a cada paciente.

En medioambiente, la biotecnología impulsa biofertilizantes, biocombustibles, biomateriales y procesos circulares que contribuyen a la descarbonización y a la economía circular. España, con su riqueza en recursos biológicos y su posicionamiento estratégico en bioeconomía, tiene capacidad para liderar una reindustrialización sostenible. “España tiene el potencial de liderar una reindustrialización sostenible basada en la biotecnología”, señala el informe.

En alimentación, las Nuevas Técnicas Genómicas, las nuevas fuentes de proteínas de alta calidad y los biosensores permiten avanzar hacia una agricultura más resiliente y una nutrición personalizada. Con 23 millones de hectáreas de superficie agraria útil y 29 entidades socias desarrollando 134 productos alimentarios biotecnológicos, el margen de crecimiento es considerable en un sector clave para la seguridad alimentaria y la competitividad exportadora.

El contexto internacional añade presión estratégica. “Si no aceleramos ahora, corremos el riesgo de perder competitividad frente a mercados líderes como Estados Unidos o China, incrementar la dependencia tecnológica de terceros países y que muchas innovaciones no lleguen a aplicarse en España y Europa”, advierte Arocena.

La autonomía estratégica abierta que defiende Europa pasa por reforzar capacidades propias sin renunciar a la cooperación internacional. En este marco, la biotecnología emerge como una de las tecnologías profundas llamadas a cerrar la brecha de innovación y a impulsar la prosperidad industrial.

Pero el escenario también abre una ventana histórica. “Si actuamos de forma decidida, se abre una oportunidad histórica para consolidar un ecosistema biotecnológico sólido y autónomo, capaz de generar innovación de alto impacto, atraer inversión y talento internacional, y transformar retos globales en ventajas competitivas”.

La cuestión ya no es si la biotecnología será estratégica. La pregunta es si España y Europa serán capaces de industrializarla y escalarla a la velocidad que exige el nuevo mapa geoeconómico global.