Facturar más para ganar menos. El gran secreto de la pyme española
Hay un dato en el último informe de CESGAR sobre financiación de la pyme española que merece más atención de la que está recibiendo. En 2024, el saldo neto de empresas que aumentaron su facturación fue positivo, ese decir, más pymes ingresaron más dinero que el año anterior. Hasta aquí la noticia buena. Pero al mismo tiempo, el porcentaje de pymes que vio reducirse sus beneficios superó en 6,4 puntos al de las que los incrementaron.
Más ingresos. Menos beneficio. ¿Y esto cómo se explica?
En la cocina lo llamaríamos un restaurante lleno que pierde dinero. La sala está a tope, los camareros no paran, la caja no cierra. Y sin embargo, al final del servicio, los números no cuadran. ¿Por qué? Porque los costes de la materia prima se han disparado, la luz no baja, los salarios suben — con razón — y el margen que antes existía entre lo que entra y lo que sale se ha ido estrechando hasta casi desaparecer.
Eso es exactamente lo que le está pasando a la pyme española. Y que apenas aparezca en los titulares cuando se habla de que "las empresas van mejor" me parece, como mínimo, una lectura incompleta.
El problema no es crecer. Es que crecer cuesta demasiado.
El informe de CESGAR tiene otro dato que tampoco suele aparecer en los análisis optimistas: el 95,4% de las pymes españolas tiene diez o menos empleados. Nueve de cada diez empresas de este país son, en la práctica, microempresas. Y eso lleva siendo así desde hace décadas.
Se suele presentar como un problema de ambición. Las empresas españolas no quieren crecer, se dice. Son conformistas, familiares, poco profesionalizadas. Y puede que en algunos casos sea verdad. Pero yo tengo otra hipótesis, construida desde años de conversaciones con fundadores de pequeñas empresas de todo tipo.
La reflexión que aparece una y otra vez es esta: crecer obliga. Obliga a buscar nuevos clientes, nuevos mercados, nuevas líneas de negocio. Y a veces, en ese proceso de buscar más, te alejas de lo que realmente sabes hacer. Abres frentes que no dominas, asumes riesgos que no habías calculado, y un día te das cuenta de que el negocio que tenías — pequeño, enfocado, rentable — ha mutado en algo más grande pero menos claro. Más movimiento, menos dirección.
Y encima, el sistema no te lo pone fácil. La financiación para escalar es cara y difícil de conseguir. Las garantías que te piden para crecer son las mismas que no tienes precisamente porque eres pequeño. El informe de CESGAR lo confirma: el principal obstáculo para acceder a financiación ya no es el coste del crédito — que ha bajado — sino la falta de garantías. El banco abre la mano con una y aprieta con la otra.
Así que muchas empresas deciden racionalmente quedarse donde están. No por falta de ambición. Sino porque el precio de crecer — en complejidad, en riesgo, en foco perdido — es demasiado alto en relación con lo que el sistema ofrece a cambio. Y mientras no se nombre eso con claridad, seguiremos confundiendo prudencia con conformismo.
La digitalización que no llega
Y luego está el tercer dato que me parece revelador, especialmente en un momento en el que no hay conferencia de innovación que no mencione la transformación digital como imperativo urgente e irrenunciable.
En 2024, el porcentaje de pymes que destinó financiación a invertir en digitalización bajó del 20,4% al 18,2%. No subió. Bajó. Justo cuando más se habla de ello, menos se hace. Y no creo que sea porque los empresarios no quieran digitalizarse. Creo que es porque cuando el margen se estrecha, cuando facturar más no se traduce en ganar más, cuando crecer implica complicarse sin garantías de que merezca la pena, la digitalización se convierte en un lujo que se aplaza.Siempre para el año que viene. Siempre cuando las cosas estén más estables.
El problema es que las cosas no se estabilizan solas. Y que esperar el momento perfecto para transformarse es, en la mayoría de los casos, una forma elegante de no transformarse nunca.
El informe de CESGAR es, en conjunto, razonablemente optimista. Las pymes aguantan, se adaptan, buscan financiación y en muchos casos la encuentran. Pero si lees entre líneas — que es precisamente para lo que estoy aquí — el cuadro que emerge es el de un tejido empresarial que corre en una cinta que va cada vez más rápida, sin avanzar del todo. Más actividad, menos rentabilidad. Más trabajo, menos margen. Más ganas de crecer, menos condiciones para hacerlo.
Eso no es un fracaso de las pymes. Es un fracaso del sistema que las rodea. Y mientras no se nombre con claridad, los informes seguirán mostrando datos que parecen buenos y una realidad que no termina de serlo del todo.