Facturar más para ganar menos. El gran secreto de la pyme española
Hay un dato en el último informe de CESGAR sobre financiación de la pyme española que merece más atención de la que está recibiendo. En 2025, el saldo neto de empresas que aumentaron su facturación fue positivo — más pymes ingresaron más dinero que el año anterior. Hasta aquí la noticia buena. Pero al mismo tiempo, el porcentaje de pymes que vio reducirse sus beneficios superó en 3 puntos al de las que los incrementaron. Y los gastos financieros siguieron subiendo, con un saldo neto de 5 puntos porcentuales.
Más ingresos. Menos beneficio. ¿Y esto cómo se explica?
En la cocina lo llamaríamos un restaurante lleno que pierde dinero. La sala está a tope, los camareros no paran, la caja no cierra. Y sin embargo, al final del servicio, los números no cuadran. ¿Por qué? Porque los costes de la materia prima se han disparado, la luz no baja, los salarios suben — con razón — y el margen que antes existía entre lo que entra y lo que sale se ha ido estrechando hasta casi desaparecer.
Eso es exactamente lo que le está pasando a la pyme española. Y lo más preocupante no es que ocurra: es que lleva ocurriendo varios años seguidos y que apenas aparezca en los titulares cuando se habla de que "las empresas van mejor." La tendencia no se corrige. Se consolida.
El problema no es crecer. Es que crecer cuesta demasiado.
El informe de CESGAR tiene otro dato que tampoco suele aparecer en los análisis optimistas: el 95,4% de las pymes españolas tiene diez o menos empleados. Nueve de cada diez empresas de este país son, en la práctica, microempresas. Y eso lleva siendo así desde hace décadas.
Pero hay algo nuevo este año que merece atención. El informe detecta un movimiento inquietante: las microempresas no están creciendo — están encogiendo. Se está produciendo un trasvase desde el tramo de microempresas hacia el de empresas sin asalariados, con una reducción de 55.000 unidades en el primer grupo. Dicho de otra manera: no es solo que las pequeñas empresas no crezcan. Es que algunas están desandando el camino.
Se suele presentar el minifundismo empresarial como un problema de ambición. Las empresas españolas no quieren crecer, se dice. Son conformistas, familiares, poco profesionalizadas. Y puede que en algunos casos sea verdad. Pero yo tengo otra hipótesis, construida desde años de conversaciones con fundadores de pequeñas empresas de todo tipo.
La reflexión que aparece una y otra vez es esta: crecer obliga. Obliga a buscar nuevos clientes, nuevos mercados, nuevas líneas de negocio. Y a veces, en ese proceso de buscar más, te alejas de lo que realmente sabes hacer. Abres frentes que no dominas, asumes riesgos que no habías calculado, y un día te das cuenta de que el negocio que tenías — pequeño, enfocado, rentable — ha mutado en algo más grande pero menos claro. Más movimiento, menos dirección.
Y encima, el sistema no te lo pone fácil. La financiación para escalar es cara y difícil de conseguir. Las garantías que te piden para crecer son las mismas que no tienes precisamente porque eres pequeño. El informe de CESGAR lo confirma: la falta de garantías sigue siendo el segundo obstáculo más importante para acceder a financiación, mencionado por el 16,6% de las empresas. El banco abre la mano con una y aprieta con la otra.
Así que muchas empresas deciden racionalmente quedarse donde están. No por falta de ambición. Sino porque el precio de crecer — en complejidad, en riesgo, en foco perdido — es demasiado alto en relación con lo que el sistema ofrece a cambio. Y mientras no se nombre eso con claridad, seguiremos confundiendo prudencia con conformismo.
La innovación que desaparece del menú
Y luego está el dato que más me ha llamado la atención de este informe. Y que, si soy honesto, me parece el más preocupante de todos.
En 2025, la inversión en innovación como destino de la financiación se ha desplomado del 8,4% al 4,3%. En un solo año, a la mitad. Y la digitalización sigue su particular declive silencioso: del 20,4% en 2023, al 18,2% en 2024, al 17,9% en 2025. Tres años seguidos bajando.
No creo que sea porque los empresarios no quieran innovar ni digitalizarse. Creo que es porque cuando el margen se estrecha, cuando facturar más no se traduce en ganar más, cuando crecer implica complicarse sin garantías de que merezca la pena, la innovación se convierte en el primer plato que se retira del menú. Siempre para el año que viene. Siempre cuando las cosas estén más estables.
El problema es que las cosas no se estabilizan solas. Y que una pyme que lleva tres años reduciendo su inversión en innovación y digitalización no está en pausa — está perdiendo posiciones en silencio. Cuando el mercado se mueva, y se moverá, esa distancia será muy difícil de recuperar.
El informe de CESGAR es, en conjunto, razonablemente optimista. Las pymes aguantan, se adaptan, buscan financiación y en muchos casos la encuentran — el 92,8% de las que solicitaron crédito bancario lo obtuvieron, el dato más alto en tres años. Pero si lees entre líneas — que es precisamente para lo que estoy aquí — el cuadro que emerge es el de un tejido empresarial que corre en una cinta que va cada vez más rápida, sin avanzar del todo. Más actividad, menos rentabilidad. Más trabajo, menos margen. Más ganas de crecer, menos condiciones para hacerlo. Y cada vez menos dinero destinado a prepararse para el futuro.
Eso no es un fracaso de las pymes. Es un fracaso del sistema que las rodea. Y mientras no se nombre con claridad, los informes seguirán mostrando datos que parecen buenos y una realidad que no termina de serlo del todo.