La mayor planta de autoconsumo solar de España nace para descarbonizar la industria del zinc
Producir zinc consume una barbaridad de electricidad. Es una de esas industrias electrointensivas para las que la factura energética no es un gasto más, sino una cuestión de supervivencia competitiva, y para las que descarbonizarse resulta especialmente difícil precisamente por la magnitud de lo que necesitan. Que una planta de este tipo empiece a cubrir parte de su consumo con su propia energía solar es, por eso, mucho más que una instalación de placas: es un ejemplo de cómo la industria pesada española está afrontando a la vez sus dos grandes retos, reducir emisiones y controlar costes.
La protagonista es Asturiana de Zinc, la planta que el grupo Glencore tiene en San Juan de Nieva (Asturias), una de las mayores productoras de zinc de Europa. Y la instalación que acaba de entrar en funcionamiento no es una cualquiera: con 28,72 megavatios de potencia, se convierte en la mayor planta de autoconsumo fotovoltaico de España. La ha diseñado y construido ISE Energía, ingeniería perteneciente al grupo renovable español Gransolar.
Una planta a la medida de un entorno hostil
La instalación tiene una extensión equivalente a unos 25 campos de fútbol y se ha levantado en un emplazamiento con dos particularidades que condicionaron por completo su diseño. La primera es su ubicación: los terrenos de las antiguas balsas de residuos de la zona de El Espartal, en Salinas. Recuperar un suelo industrial degradado para instalar sobre él generación limpia es un ejercicio de economía circular territorial, que da un segundo uso a un espacio que difícilmente podría destinarse a otra cosa.
La segunda particularidad es el viento. La zona está expuesta a intensas ráfagas del nordeste que pueden alcanzar los 140 kilómetros por hora, una condición que habría comprometido una instalación fotovoltaica convencional. Para resolverlo, los ingenieros optaron por una estructura lastrada, con una inclinación específica calculada para resistir la carga eólica sin necesidad de anclajes profundos en un terreno que, por su naturaleza, no los admitía. Es un ejemplo de cómo la ingeniería de detalle marca la diferencia entre un proyecto viable y uno inviable: la misma tecnología, adaptada a un entorno concreto.
Una vez en marcha, la planta generará aproximadamente 32.600 megavatios hora al año de energía renovable, que la fábrica destinará a su propio proceso productivo. El resultado directo es una reducción de la huella de carbono estimada en 6.000 toneladas de CO₂ anuales, además del efecto sobre la factura eléctrica: la energía autoconsumida es energía que la industria no tiene que comprar en el mercado, con la protección que eso supone frente a la volatilidad de los precios.
El autoconsumo industrial deja de ser una promesa
El proyecto, iniciado en noviembre de 2024, tiene una lectura que va más allá del caso concreto. "No solo por la envergadura del proyecto, sino porque confirma que el autoconsumo a gran escala es ya una alternativa viable y altamente competitiva", señaló David Fernández, director de ISE Energía, al valorar la puesta en marcha. La frase resume bien el cambio de fondo: el autoconsumo fotovoltaico ha dejado de ser una solución para pequeñas cubiertas y se ha convertido en una herramienta de escala industrial, capaz de abastecer a grandes consumidores.
Esa evolución es especialmente relevante para las industrias electrointensivas, un segmento que en España incluye a sectores como la metalurgia, la química o el papel, y que arrastra desde hace años el problema de unos costes energéticos que condicionan su competitividad frente a otros países. Para ellas, el autoconsumo renovable ofrece una vía doble: descarbonizar su producción, como exige la regulación europea, y ganar estabilidad y previsibilidad en un coste crítico. No resuelve por sí solo todo su consumo —una planta de estas características cubre una parte, no la totalidad, de la demanda de una gran fábrica—, pero marca una dirección clara.
Una pieza más de la transición industrial
El caso de Asturiana de Zinc se suma a una tendencia que gana fuerza en la industria española: la de las grandes plantas que integran generación renovable propia como parte de su estrategia de competitividad y sostenibilidad. Es la misma lógica que impulsa proyectos de mucha mayor envergadura, como el gran complejo de biocombustibles que Moeve levanta en Huelva para descarbonizar sectores difíciles como la aviación: la de una industria que entiende la transición energética no como una imposición, sino como una palanca para seguir siendo competitiva.
El proyecto tiene además un valor añadido desde el punto de vista de la capacidad industrial nacional. Que sea una ingeniería española, Gransolar a través de ISE Energía, la que diseñe y construya la mayor planta de autoconsumo del país demuestra que España no solo despliega esta tecnología, sino que cuenta con empresas capaces de ejecutarla al máximo nivel técnico, incluso en las condiciones más exigentes. En un momento en el que el autoconsumo español, según las previsiones del sector, podría alcanzar entre 14 y 16 gigavatios instalados en 2030, disponer de ese músculo de ingeniería es un activo estratégico.
La planta asturiana, en definitiva, es un caso pequeño en el conjunto del sistema energético, pero muy significativo por lo que representa: una industria intensiva en energía que produce parte de la suya propia, de forma limpia, sobre un suelo recuperado y resistiendo al viento del Cantábrico. Un ejemplo concreto y tangible de cómo se descarboniza la industria real, la que fabrica cosas, pieza a pieza.