Ismael Clemente y la nube que necesita suelo
La inteligencia artificial parece inmaterial hasta que pide una parcela, megavatios, fibra, permisos y refrigeración. Ahí entra Ismael Clemente, el CEO de Merlin Properties que quiere convertir parte del inmobiliario en infraestructura digital.
La nube nunca fue tan etérea como prometía el marketing.
Durante años hablamos de datos, software, algoritmos e inteligencia artificial como si todo eso flotara en algún lugar limpio, abstracto y sin rozar el suelo. Pero basta mirar un poco más abajo para encontrar la parte menos futurista del futuro: edificios enormes, acometidas eléctricas, fibra, agua, refrigeración, licencias, suelo industrial y contratos a muy largo plazo.
La inteligencia artificial tiene muchas capas. Una de ellas se parece bastante al ladrillo.
Ahí aparece Ismael Clemente.
Clemente es consejero delegado y cofundador de Merlin Properties, una de las grandes compañías inmobiliarias cotizadas de España. Su trayectoria viene del real estate clásico: oficinas, centros comerciales, logística, grandes operaciones, activos y capital. Pero lo interesante ahora es que Merlin está intentando ocupar una zona que ya no se entiende solo como inmobiliario: la infraestructura física de la economía digital.
Si has escuchado hablar de inteligencia artificial en los últimos meses, probablemente has oído mucho sobre chips, modelos, talento y regulación. Todo eso importa. Pero hay una pregunta más sencilla y menos brillante: dónde se va a meter todo eso.
El inmobiliario que dejó de ser solo inmobiliario
Merlin nació en 2014 y Clemente ha sido CEO desde su fundación. Su perfil oficial recoge más de dos décadas de experiencia inmobiliaria, etapa previa en firmas como Garrigues, Bankers Trust, DB Real Estate y RREEF, y participación en operaciones relevantes del sector antes de crear la compañía. También figura como licenciado en Derecho y en Administración y Dirección de Empresas por ICADE.
Hasta aquí, la historia podría parecer la de un gestor inmobiliario que levantó una gran socimi. Pero el punto interesante está en lo que viene después: Merlin está utilizando su conocimiento de suelo, activos, financiación, clientes y desarrollo para entrar en el negocio de los centros de datos.
No es un salto tan extraño como parece. Un data center no deja de ser un inmueble, pero con una exigencia distinta. No basta con ubicación. Hacen falta potencia eléctrica, conectividad, seguridad, refrigeración, permisos, operadores y clientes capaces de comprometer demanda durante años.
Antes, el inmobiliario vendía localización. Ahora, en una parte creciente del mercado, también vende electricidad, latencia y continuidad operativa.
La parte física de la IA
La transformación de Merlin tiene un nombre propio: centros de datos.
El negocio todavía convive con las áreas tradicionales de la compañía —oficinas, logística y centros comerciales—, pero ya ha empezado a mover la lectura del grupo. En 2025, Merlin cerró con 565 millones de euros de ingresos totales, 416 millones de EBITDA y un beneficio neto contable de 786 millones, impulsado por la revalorización de sus data centers.
La ambición va bastante más allá. El plan de centros de datos de Merlin proyecta una inversión de 7.840 millones de euros hasta 2032 y una capacidad total de 730 MW, con ubicaciones previstas o en desarrollo en Madrid, Barcelona, Bilbao, Lisboa y Zaragoza. El objetivo anunciado es que ese negocio llegue a representar alrededor del 65% de los ingresos totales en 2032.
La cifra impresiona, pero lo más interesante no es solo el tamaño. Es el cambio de naturaleza.
Merlin pasa de gestionar activos inmobiliarios a intentar convertirse en una pieza de la infraestructura digital europea. Y eso cambia el tipo de conversación: ya no hablamos solo de metros cuadrados, sino de energía renovable, conectividad, clientes globales, soberanía digital, permisos urbanísticos y competencia entre países por atraer capacidad tecnológica.
La nube, al final, también compite por territorio.
El reto
El reto de Ismael Clemente no es demostrar que sabe gestionar activos inmobiliarios. Eso ya está probado.
Su reto es otro: demostrar que una compañía nacida del inmobiliario puede competir en una categoría donde los clientes no buscan solo edificios, sino capacidad crítica para operar el mundo digital.
Los centros de datos son atractivos porque la demanda parece estructural: digitalización, cloud, IA, servicios críticos, almacenamiento y procesamiento de datos. Pero también son exigentes. Consumen mucha energía, requieren inversiones enormes, dependen de permisos y viven bajo un escrutinio creciente por su impacto territorial y ambiental.
Aquí conviene no dejarse llevar solo por el entusiasmo. La IA puede parecer una promesa infinita, pero los data centers no se construyen con promesas. Se construyen con capital, plazos, suelo, red eléctrica, contratos y mucha paciencia administrativa.
Clemente ha defendido que España y Portugal pueden convertirse en un nuevo hub europeo de centros de datos por su conectividad, disponibilidad de suelo y acceso a energía renovable competitiva. También ha situado a Merlin en una posición relevante dentro de ese desarrollo.
La pregunta es si esa oportunidad se convierte en una ventaja duradera o en otra carrera donde todo el mundo descubre, demasiado tarde, que la parte física del mundo digital también tiene cuellos de botella.
Dónde poner la mirada
Lo primero será la ejecución del Plan MEGA. El salto de Merlin en data centers no depende solo de anunciar capacidad, sino de construirla, alquilarla y operarla con fiabilidad.
Lo segundo será la energía. La IA necesita computación, pero la computación necesita megavatios. El acceso a electricidad competitiva, renovable y disponible será tan importante como el suelo.
Lo tercero será la regulación y los permisos. Un data center puede parecer menos conflictivo que una fábrica, pero también compite por territorio, agua, energía e infraestructuras locales.
Lo cuarto será el equilibrio con el negocio tradicional. Merlin todavía se apoya en oficinas, centros comerciales y logística, que siguen generando caja recurrente. Esa base puede financiar la nueva etapa, pero también obliga a gestionar dos velocidades: la estabilidad del inmobiliario clásico y la ambición de la infraestructura digital.
Y lo quinto será la competencia. Si la Península Ibérica se convierte en un hub de centros de datos, Merlin no será la única compañía intentando ocupar esa posición.
La próxima vez que escuches que la inteligencia artificial “vive en la nube”, quizá convenga hacer una pregunta más terrenal: en qué edificio, con qué energía y sobre qué suelo.
En el fondo, ese es el examen de Ismael Clemente. No se trata solo de levantar más activos. Se trata de demostrar que el inmobiliario puede convertirse en una de las infraestructuras críticas de la era digital.