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Mercedes Oblanca y la IA después del PowerPoint

Mercedes Oblanca - Presidenta y CEO de Accenture en España y Portugal

Mercedes Blanca, presidenta y CEO de Accenture en España y Portugal, no tiene que convencer a nadie de que la inteligencia artificial importa. Esa batalla ya está ganada. Su reto es más difícil: conseguir que la IA salga de la presentación y cambie cómo trabajan de verdad las empresas.

Si has estado en una reunión empresarial en los últimos dos años, probablemente ya lo has visto: la inteligencia artificial ha ganado al PowerPoint.

Está en los planes estratégicos, en los comités de dirección, en las jornadas de innovación y en cualquier conversación sobre productividad. Da igual el sector. Si la IA no aparece en la presentación, alguien acaba preguntando por ella.

Lo difícil empieza después. Cuando hay que ordenar datos, cambiar procesos, formar equipos, rediseñar tareas y tocar algo que las organizaciones protegen con más celo que sus presupuestos: su forma real de trabajar.

Ahí entra Mercedes Oblanca.

Desde septiembre de 2023 preside Accenture en España y Portugal. No llega a esta conversación como quien descubre una moda tecnológica, sino como alguien que lleva más de tres décadas dentro de una compañía dedicada precisamente a acompañar a otras empresas cuando prometen transformarse. Su perfil público recoge formación en Matemáticas por la Universidad Autónoma de Barcelona y un programa de dirección por IESE.

La ventaja de haber visto pasar modas

Hay algo valioso en los directivos que han visto pasar varias revoluciones tecnológicas: suelen saber que no todas las palabras que llenan auditorios acaban cambiando empresas.

Oblanca ha vivido desde dentro el tránsito de la digitalización clásica a la nube, los datos, la automatización y ahora la IA generativa. Esa trayectoria importa porque el reto actual no consiste solo en entender una tecnología. Consiste en distinguir qué parte es ruido, qué parte es negocio y qué parte obligará a cambiar la manera en que se toman decisiones.

Accenture ocupa una posición cómoda e incómoda a la vez. Cómoda, porque muchas grandes compañías necesitan ayuda para aterrizar la IA. Incómoda, porque la consultoría también tendrá que demostrar que no está vendiendo una nueva etiqueta para llamar transformación a lo de siempre.

Conviene decirlo claro: la IA ya no necesita más entusiasmo. Necesita casos que funcionen.

La consultora también se mira al espejo

Aquí está la parte más interesante del perfil de Oblanca. Accenture vende transformación, pero la inteligencia artificial también transforma el propio negocio de Accenture.

Durante años, la consultoría se ha apoyado en equipos amplios, metodologías, conocimiento experto, integración tecnológica y muchas horas de trabajo. La IA puede hacer ese modelo más potente, pero también más exigente. Automatiza análisis, genera código, resume documentación, acelera pruebas y reduce tareas que antes ocupaban a muchas personas.

Dicho de otra manera: Accenture no solo tiene que ayudar a sus clientes a cambiar. Tiene que cambiar ella también.

La adquisición de Keepler, compañía española especializada en datos e IA nativa en la nube, apunta en esa dirección. La operación incorpora más de 240 profesionales y refuerza capacidades en arquitectura de datos, ciencia de datos, ingeniería y plataformas inteligentes, justo la parte menos vistosa y más necesaria de la IA empresarial. Sin buenos datos, la inteligencia artificial suele convertirse en una demo bonita con poco recorrido. 

El reto

El reto de Mercedes Oblanca no es convencer a nadie de que la IA importa. Esa batalla ya está bastante ganada.

Su reto es otro: conseguir que la IA salga de la zona cómoda del piloto. Porque un piloto puede ser brillante, barato y fácil de enseñar. Cambiar una cadena de valor, un proceso bancario, una operación industrial o una forma de atender clientes es otra cosa. Ahí aparecen las resistencias internas, la calidad de los datos, la ciberseguridad, la regulación y el miedo normal de cualquier empresa a romper algo que todavía funciona.

La apertura en Barcelona del primer centro mundial de Accenture especializado en IA agentiva eleva esa conversación. El proyecto prevé incorporar a más de 300 personas en los doce meses posteriores a su puesta en marcha y sitúa a España en un espacio más ambicioso que el de simple mercado comprador de tecnología. 

La IA agentiva suena a futuro, pero la pregunta es muy de presente: quién supervisa, quién decide, quién responde si algo falla y qué trabajos humanos cambian de verdad.

Dónde poner la mirada

Lo primero será si el centro de Barcelona se convierte en algo más que un anuncio atractivo. Talento, clientes internacionales y casos de uso reales serán la medida.

Lo segundo será si Accenture consigue que la IA llegue a procesos centrales, no solo a laboratorios internos o pruebas controladas. La diferencia entre una moda y una transformación se mide cuando afecta a costes, ingresos, productividad o calidad de servicio.

Lo tercero será cómo gestiona la dimensión humana. La IA no solo cambia herramientas; cambia hábitos, jerarquías, formación, responsabilidad y criterio. Y ahí no basta con instalar tecnología.

Y lo cuarto será la propia reinvención de la consultoría. Si la IA cambia la manera en que trabajan los clientes, también cambiará la manera en que se les asesora.

La próxima vez que escuches que una empresa “va a aplicar IA”, quizá convenga hacer una pregunta menos brillante: qué proceso va a cambiar de verdad.

En el fondo, ese es el examen de Mercedes Oblanca. No demostrar que Accenture sabe hablar de inteligencia artificial, sino que puede convertirla en algo más difícil: valor real sin vaciar las empresas de criterio humano.