DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER Y LA NIÑA EN LA CIENCIA

Cinco referentes para que ninguna niña descarte la ciencia antes de tiempo

¿Cómo sabe una niña qué es la ciencia? A lo largo de la historia se les ha transmitido el mensaje de que esta disciplina no es apta para cualquiera, que hay que reunir una serie de aptitudes casi de heroína de cómic y que quizá una profesión a priori más accesible sea lo adecuado para ellas. Es decir, se les ha convencido de que la ciencia y las profesiones STEM, en general, tienen género, y no es precisamente femenino.

Sin embargo, con los años se les está haciendo ver que la ciencia empieza mucho antes de la bata blanca y las ecuaciones complejas escritas en una pizarra. Cuando las niñas miran al cielo por la noche y se hacen algunas preguntas; cuando desmontan un aparato que no funciona para curiosear qué hay en su interior; cuando mezclan ideas, disciplinas y lenguajes, ahí ya están colocando los cimientos de lo que pueden llegar a ser. Cuando son ellas las que practican esta forma de mirar el mundo, apenas se percibe, y a medida que crecen, demasiadas dejan de creer en ellas mismas, muchas veces porque su entorno empieza a decirles que la ciencia es difícil y que no van a estar a la altura.

Cada 11 de febrero, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia nos recuerda que el talento no entiende de género, pero sí de oportunidades, de referentes y de confianza. Que las vocaciones científicas no responden a trayectorias perfectas ni a perfiles únicos, sino a caminos llenos de dudas, ensayo, error, y decisiones que se toman poco a poco. Por ello, hemos querido detenernos en esa idea y mirar la ciencia desde diferentes perspectivas a través de cinco mujeres que trabajan en ámbitos distintos, pero que comparten una misma base: el pensamiento científico como herramienta para comprender el mundo y transformarlo.

Ciencia y divulgación desde la zona rural

El día a día de Lucía González es cualquier cosa menos previsible. Una jornada puede estar cargando telescopios en una furgoneta para observar el cielo nocturno; otra, impartiendo talleres en centros educativos, reuniéndose con administraciones públicas o preparando actividades de astronomía. Ese movimiento constante define bien el espíritu de Allande Stars, la empresa de divulgación científica y astronomía que dirige y que ha convertido la ciencia en una herramienta de conexión social, cultural y territorial.

Allande Stars es, ante todo, un proyecto de divulgación científica inclusiva. No solo busca generar referentes femeninos en ciencia y tecnología, sino garantizar que la ciencia llegue a todos los públicos. Y es que para Lucía la divulgación no es un complemento ni un hobby, sino transferencia de conocimiento y una profesión en sí misma.

Entre los proyectos de Allande Stars destaca ‘Miradas al cielo’, una iniciativa que recoge saberes tradicionales ligados al uso del sol, la luna o las estrellas en la vida cotidiana rural. Otro eje clave de su trabajo es la protección del cielo oscuro y la lucha contra la contaminación lumínica, una amenaza aún poco conocida pero con un impacto claro en la salud humana, la biodiversidad, el derroche energético y la investigación en astrofísica. Allande Stars trabaja con ayuntamientos, centros educativos, asociaciones y empresas para concienciar sobre la necesidad de iluminar mejor, no más. En este contexto, Lucía impulsa proyectos de astroturismo científico sostenible, como el desarrollo de Allande como destino turístico Starlight desde 2021.

Desde su experiencia, observa que la mayor parte de las personas que compran las entradas a las actividades son mujeres, generalmente de entre 30 y 50 años. Para ella, este hecho muestra que el interés por la ciencia existe, pero no siempre se traduce en trayectorias profesionales STEM. La explicación, insiste, está en las barreras que aparecen mucho antes de elegir estudios.

Lucía González, fundadora de Allande Stars / Marta Martín

Lucía cita distintos estudios que muestran cómo los sesgos de género se instalan desde la infancia. Experimentos con bebés menores de tres años en los que, simplemente cambiando la ropa, los adultos interactúan de forma distinta: al bebé que creen niño le ofrecen juguetes técnicos; al que creen niña, muñecas o elementos simbólicos. “Desde que nacemos se nos dice cuál es nuestro sitio”, explica. Otros estudios muestran cómo niñas y niños con capacidades similares se perciben de forma distinta, pues ellas tienden a infravalorar su potencial y ellos a sobreestimarlo. Esto genera sorpresa en las niñas cuando alcanzan resultados altos y frustración en los niños cuando no llegan a lo que esperaban.

Estos sesgos se reproducen más adelante en el ámbito académico y profesional. Lucía menciona investigaciones en las que un mismo artículo científico recibe mejor acogida si está firmado con un nombre masculino que con uno femenino. Ella misma ha vivido situaciones similares cuando se ha pasado una hora explicando un tema y al final las preguntas se las plantean al compañero.

Para González, medir el impacto social de la divulgación no siempre es sencillo. Muchas de las consecuencias son a largo plazo: despertar vocaciones, cambiar percepciones, generar confianza. Por ello, cuando piensa en las niñas que hoy se preguntan si la ciencia es para ellas, su mensaje es: “Si algo te llama la atención y te hace vibrar el corazón, ese es tu camino. Da igual el contexto o lo que te digan. Intentarlo siempre merece la pena. Porque el camino es exigente, sí, pero es mucho mejor recorrerlo haciendo algo que te apasiona”.

Construir la ciencia en equipo y con preguntas

Cuando Sandra Freitas-Rodríguez llega al laboratorio, no sabe exactamente cómo terminará el día. Y eso, lejos de incomodarla, es parte de su trabajo. Como bióloga molecular y responsable del laboratorio de Biología Molecular en Nanovex Biotechnologies, su jornada combina ciencia experimental, gestión de proyectos y toma de decisiones. “Rutina y ciencia no van de la mano”, asegura. Se dedica a desarrollar proyectos de I+D en el ámbito de la biomedicina y la nanotecnología para trasladar la ciencia a la sociedad y convertir el conocimiento en algo tangible.

Sus jornadas se articulan en torno a la ciencia en su forma más clásica: diseñar y supervisar experimentos, analizar datos, evaluar resultados; y a la coordinación de equipos, hablar con colaboradores, priorizar líneas de trabajo y tomar decisiones. Pero la ciencia, para Sandra, no es solo una cuestión de datos, sino una forma de pensar. “Aplicar el pensamiento científico significa ser consciente de qué problema necesitas resolver, plantear bien la pregunta y diseñar los experimentos que realmente te ayuden a responderla”.

Trabaja con un equipo de tres personas, y cada viernes se reúnen para hacer un update semanal en el que ponen sobre la mesa resultados y problemas. “A veces se piensa que este trabajo es muy solitario y para nada. Hay que saber trabajar en equipo y comunicarse muy bien”. 

Sandra Freitas-Rodríguez, bióloga molecular y responsable del laboratorio de Biología Molecular en Nanovex Biotechnologies / Marta Martín

Sandra destaca otro efecto igual de relevante que tiene que ver con la generación de empleo y de nuevas trayectorias. “Cuando empecé, era solo yo; ahora somos cuatro”. Esto supone una oportunidad de desarrollo profesional fuera del ámbito académico. En ese sentido, el laboratorio se convierte también en un espacio para romper estereotipos, pues la mayor parte de la plantilla está formada por mujeres que dirigen proyectos y toman decisiones estratégicas.

El nexo de los proyectos es el desarrollo de sistemas de encapsulación basados en nanopartículas lipídicas, diseñadas para transportar oligonucleótidos como ARN o ADN. Estas se adaptan en función del objetivo: fisiológico, tisular o celular; y de las características del material que encapsulan. Parte de la actividad de la compañía se orienta al sector cosmético, donde las nanopartículas se convierten en ingredientes que aplican terceros y pueden tener efectos antienvejecimiento, despigmentantes o calmantes.

Para Sandra, uno de los grandes retos sigue siendo desmontar ideas preconcebidas de que las profesiones STEM son rígidas, poco creativas o reservadas a personas brillantes: “Es justo lo contrario. Es un trabajo muy creativo, que depende al cien por cien del trabajo en equipo y de la capacidad de comunicación. La adaptación constante, la autocrítica y la colaboración pesan mucho más que unas notas perfectas”.

“A las niñas que dudan les diría que no tengan miedo de hacer su propio camino. Que el error es parte del aprendizaje y que las habilidades más valiosas no siempre son las que aparecen en un expediente académico. La curiosidad, las ganas de aprender, la constancia, la capacidad de adaptarse y de trabajar en equipo son claves para tener una carrera científica”, señala.

La Ciencia como base del emprendimiento

Como CEO de PlaBiTe, una start-up biotecnológica nacida como spin-off de la Universidad de Oviedo y de la Fundación para la Investigación y la Innovación Biosanitaria del Principado de Asturias, el trabajo de Andrea Acebes se mueve entre dos mundos que, en su caso, están conectados: la ciencia y la empresa.

“Gestionar una empresa pequeña implica hacer un trabajo muy variado diariamente”, explica. En una jornada normal conviven reuniones con el equipo científico, contactos con proveedores y colaboradores, conversaciones con centros de transfusión, networking... PlaBiTe desarrolla productos y terapias basadas en plaquetas, lo que hace imprescindible establecer convenios para garantizar el acceso a la materia prima.

Tras casi quince años, Andrea hoy se dedica a la investigación científica y combina ese bagaje con la gestión de la compañía: “La toma de decisiones estratégicas se apoya continuamente en la ciencia”, señala. Pero su rol exige, además, la habilidad de traducir el lenguaje científico a perfiles no científicos, especialmente inversores.

Desde el punto de vista científico, han desarrollado una metodología propia, ya patentada, para extraer factores de crecimiento de las plaquetas. “Las plaquetas no solo ayudan a cerrar una herida, sino que contienen en su interior como mochilas cargadas de factores de crecimiento que liberan cuando detectan un daño. Nosotros aprovechamos ese mecanismo fisiológico natural”, señala. El primer producto que PlaBite prevé lanzar este año es un suplemento para cultivo celular. A partir de ahí, la empresa trabaja en una línea a más largo plazo en el desarrollo de terapias para medicina regenerativa.

Andrea Acebes, fundadora de PlaBiTe / Marta Martín

Utilizan técnicas de análisis funcional de plaquetas y citometría de flujo, una herramienta clave para evaluar su estado, pues “las plaquetas son muy ‘kamikazes’, en cuanto se activan, no paran”. Por ello, cuando el material llega desde los centros de transfusión, el equipo debe comprobar si las plaquetas siguen intactas o si se han activado durante el proceso. En ese último caso, ya no sirven. Además, el equipo cuantifica qué factores de crecimiento están presentes y en qué niveles para lograr la estandarización de los bioproductos.

Andrea también destaca la creación de empleo cualificado como una de las consecuencias más visibles del crecimiento de la empresa, y subraya la importancia de mostrar a quienes hoy estudian una carrera científica que existen más salidas profesionales de las que tradicionalmente se les explican. Además, subraya la falta de referentes femeninos en puestos de liderazgo, y aunque la situación está cambiando, reconoce que en muchos foros y eventos sigue siendo anecdótico ver a mujeres liderando proyectos como CEO. Considera que parte de este fenómeno tiene raíces culturales.

Su mensaje para las niñas es no ponerse límites, esforzarse y ser curiosas: “No hay un estereotipo concreto que encaje con la carrera de investigadora. Es un ámbito muy abierto y colaborativo que requiere esfuerzo y resiliencia”, afirma. 

De lo abstracto a las soluciones tangibles y sostenibles

El trabajo de Natalia Cuervo se mueve en un terreno donde la ciencia deja de ser abstracta para convertirse en algo tangible. En la start-up biotecnológica Fourstrain, sus días transcurren entre el laboratorio y la planificación. “Un día normal combina trabajo de laboratorio y tareas más estratégicas. Diseñar y ejecutar experimentos, analizar resultados u optimizar procesos convive con reuniones redacción de proyectos y coordinación”.

La ciencia es la base delo que hace. Biología molecular, bioquímica de proteínas, microbiología y tecnología de procesos son los pilares sobre los que se construye la actividad de la empresa. En concreto, Fourstrain trabaja en el desarrollo de nuevos ingredientes funcionales mediante fermentación de precisión, una tecnología que permite producir proteínas recombinantes y transformarlas en ingredientes biofuncionales aplicables a sectores como la alimentación y la cosmética.

En el laboratorio, Natalia emplea técnicas de fermentación de precisión, caracterización fisicoquímica de proteínas y nanopartículas, análisis de datos experimentales y herramientas computacionales para el diseño y la optimización de sistemas. Su potencial permite repensar cómo se producen determinados ingredientes, cómo se escalan industrialmente y cómo se integran en modelos productivos más sostenibles.

Natalia Cuervo, directora científica de FourStrain / Marta Martín

Frente a la imagen estereotipada que todavía pesa sobre las profesiones STEM, Natalia ofrece una visión distinta: “Existe la idea de que las profesiones científicas son solitarias, aburridas o poco creativas, y es justo lo contrario”. Su experiencia diaria demuestra que se trata de trabajos colaborativos donde la creatividad, la comunicación y la capacidad de resolver problemas son fundamentales.

Cuervo subraya que uno de los grandes retos sigue siendo romper estereotipos de género. “Mostrar referentes es clave para que niñas y jóvenes puedan verse reflejadas en estos ámbitos sin pensar que no son para ellas”. La visibilidad, insiste, es una herramienta real para ampliar horizontes y generar confianza.

Su mensaje para esas niñas conecta con su propia experiencia: “Les diría que no se pongan límites antes de tiempo. La ciencia no es solo para genios ni para personas que lo tienen todo claro desde pequeñas, sino para quienes disfrutan aprendiendo, sienten curiosidad por aquello que no se ve en el día a día y se hacen preguntas”. Insiste también en normalizar el error como parte del proceso científico. 

Distintas maneras de hacer ciencia

Durante años, la rutina de Susana Luque, vicerrectora de Transferencia y Relaciones con la Empresa de la Universidad de Oviedo, fue una combinación de laboratorio, análisis de resultados, reuniones y escritura científica. Jornadas largas, exigentes, en las que el avance no era inmediato, pero sí constante. “Eran días intensos, pero estimulantes, porque cada avance abría nuevas preguntas”. Ese ritmo de trabajo resume su forma de entender la ciencia como un proceso continuo de aprendizaje, en el que cada respuesta conduce inevitablemente a una nueva incógnita. 

Para Susana, la ciencia proporciona el criterio y el rigor necesarios para abordar los problemas complejos. En el ámbito de la ingeniería química, ese conocimiento no se queda en lo teórico, sino que es “una herramienta para tomar decisiones, optimizar procesos y anticipar el comportamiento de los sistemas”. En su caso, trabajaba con fundamentos de transporte de materia, fenómenos de separación y tecnologías de membranas, combinando experimentación, análisis de datos y validación en condiciones cercanas a la realidad. Esa combinación “es lo que hace posible que el conocimiento se transforme en algo que realmente funcione”, señala.

El impacto de la ingeniería química, subraya Susana, aunque a menudo no sea visible, “está presente en el tratamiento del agua, en la producción y gestión de la energía, en los materiales que utilizamos, en la industria alimentaria, en la salud o en la sostenibilidad de los procesos industriales. Nuestro trabajo consiste en transformar el conocimiento científico en soluciones eficientes, seguras y responsables”, explica.

Susana Luque, vicerrectora de Transferencia y Relaciones con la Empresa de la Universidad de Oviedo / Marta Martín

Esa dimensión invisible de la ciencia es, paradójicamente, uno de sus mayores retos a la hora de conectar con la sociedad. Cuando no se ve, cuesta imaginarla. Y cuando cuesta imaginarla, aparecen los estereotipos. Susana identifica algunas de las ideas equivocadas que siguen pesando sobre las profesiones STEM: “Persiste la idea de que son excesivamente difíciles o muy abstractas”, señala. Esa percepción genera barreras innecesarias, especialmente entre las niñas y jóvenes. Sin embargo, desde su experiencia, la realidad es muy distinta. “Son disciplinas muy diversas, con una fuerte componente práctica y un enorme impacto social”, apunta.

Hoy, desde su responsabilidad como vicerrectora de Transferencia de la Universidad de Oviedo, mantiene una mirada aún más amplia sobre el papel de la ciencia. La transferencia de conocimiento es el puente entre la investigación y la sociedad, entre el laboratorio y la vida cotidiana; y también una herramienta para mostrar que la ciencia no es un fin en sí mismo, sino un medio para responder a retos colectivos.

Su mensaje para las niñas es firme: no autolimitarse. “Que, si cree que una puerta está cerrada, intente abrirla, porque muchas veces descubre que sí es posible entrar. Que no hay nada que deba detenerlas si algo despierta su curiosidad y que no existe ningún molde previo en el que encajar”.