Laura Olcina y los últimos metros de la innovación
Una empresa valenciana llegó a adquirir, a través de una compañía alemana, una tecnología desarrollada por ITI, un centro tecnológico situado a pocos kilómetros de su propia sede.
Laura Olcina recuerda el episodio porque resume bastante bien una anomalía del sistema de innovación. El conocimiento existía cerca y había una empresa capaz de utilizarlo. Sin embargo, el acceso a aquella tecnología terminó produciéndose a través de un tercero extranjero.
Olcina lleva casi tres décadas trabajando precisamente en esa distancia.
Entró en 1998 como becaria en el Instituto Tecnológico de Informática, ITI. Cuatro años después, con 29 años, asumió la dirección de una organización que entonces no llegaba a diez trabajadores. Hoy supera los 350 profesionales y los 20 millones de euros de ingresos anuales. El Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades acaba de reconocer esa trayectoria con el Premio Nacional de Innovación 2026 en la modalidad de Trayectoria Innovadora.
Pero el tamaño de ITI explica solo una parte de su perfil. Desde 2022 preside también Fedit, la Federación Española de Centros Tecnológicos, y desde 2025 está al frente del Consejo Asesor de Ciencia, Tecnología e Innovación, CACTI, el órgano que asesora al Ministerio en la definición y seguimiento de las políticas de I+D+i. Es la primera vez que un miembro procedente de un centro tecnológico preside este organismo.
Tres posiciones distintas para observar una misma cuestión: qué ocurre entre el momento en que una tecnología funciona y el momento en que alguien empieza a obtener valor de ella.
Llegar demasiado pronto
Olcina aprendió pronto que investigar por delante del mercado también tiene un precio.
Entre 2005 y 2007, ITI desarrolló una línea de reconocimiento facial cuando apenas existía mercado para esa tecnología. En China y Estados Unidos había interés por comprarla; en España, no. Años después, el reconocimiento facial acabaría incorporándose a teléfonos, aeropuertos, sistemas de seguridad y aplicaciones de identificación. ITI había anticipado una tecnología que todavía no encontraba demanda suficiente en casa.
Aquella experiencia modificó la forma de trabajar del centro. Anticipar sigue formando parte de su función, pero la investigación necesita conservar contacto con los problemas que las empresas están dispuestas a resolver.
Es una diferencia fácil de perder cuando se habla de innovación desde fuera.
ITI investiga hoy en inteligencia artificial, espacios de datos, gemelos digitales, sistemas ciberfísicos, visión artificial, cloud o Internet de las Cosas. Sus demostradores permiten aplicar esas capacidades a cuestiones mucho más concretas: prever demanda y producción, inspeccionar piezas mediante visión 3D, planificar rutas, crear réplicas digitales de plantas o analizar sonidos de entornos industriales.
Olcina utiliza una expresión sencilla para describir ese trabajo: “bajar la tecnología al terreno”. En un encuentro celebrado este año en Alicante lo explicaba como el proceso que permite llevar una idea, un piloto o una prueba de concepto hasta un impacto empresarial real.
Ese tramo final suele tener menos visibilidad que la investigación que lo precede. Exige comprender procesos, integrar sistemas antiguos, encontrar financiación, formar equipos, asumir riesgo y conseguir que la tecnología responda a una necesidad suficientemente importante como para que alguien pague por ella.
Ahí viven los centros tecnológicos.
El oficio de estar en medio
Su posición dentro del sistema español de innovación tiene una naturaleza particular. No son universidades, aunque investigan. Tampoco son consultoras ni fabricantes, aunque trabajan directamente con empresas. Su lugar está entre la generación de conocimiento y su aplicación industrial.
Para una gran compañía con un departamento potente de I+D, ese apoyo puede complementar capacidades internas. Para una pyme que difícilmente podría mantener especialistas en inteligencia artificial, materiales avanzados, robótica o fotónica dentro de plantilla, un centro tecnológico puede funcionar prácticamente como una extensión de su departamento de innovación.
Olcina ha convertido la defensa de ese modelo en una de sus principales tareas desde Fedit.
La federación reúne actualmente 56 centros tecnológicos y cuatro agrupaciones autonómicas. En 2025 superaron conjuntamente los 973 millones de euros de ingresos, desarrollaron más de 22.000 proyectos de innovación, emplearon a más de 11.100 profesionales y prestaron servicios de I+D a cerca de 30.000 empresas.
Este año, coincidiendo con el 30 aniversario de Fedit, un estudio elaborado por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas intentó poner cifras al efecto de esa actividad. Calcula un impacto total de 7.702 millones de euros sobre el PIB y 127.371 empleos equivalentes a tiempo completo.
El interés de esos números está en hacia dónde desplazan la conversación.
Durante años, buena parte del ecosistema innovador ha explicado su actividad mediante proyectos aprobados, ayudas captadas, patentes o publicaciones. Olcina insiste en mirar también lo que sucede después. Una tecnología puede completar con éxito un programa de investigación y terminar sin adopción empresarial. Administrativamente, el proyecto habrá acabado. Económicamente, buena parte de su potencial seguirá sin aprovecharse.
La misma idea explica su resistencia a utilizar digitalización e innovación como sinónimos. Incorporar tecnología a un proceso aporta poco cambio si la organización continúa trabajando esencialmente de la misma manera. En su visión, la innovación aparece cuando aquello modifica productividad, decisiones, productos o modelos de negocio.
De ITI al mapa completo
Presidir Fedit amplió el campo de visión.
Lo que en ITI aparece como una pyme concreta que necesita incorporar IA, datos o un gemelo digital, desde la federación se convierte en una cuestión de competitividad nacional.
España dispone de universidades, organismos públicos de investigación, centros tecnológicos y compañías capaces de desarrollar tecnología avanzada. El salto pendiente consiste en conseguir que una parte mucho mayor de ese conocimiento encuentre empresas capaces de incorporarlo y convertirlo en actividad económica.
Es también el territorio académico que Olcina ha elegido estudiar. Actualmente es doctoranda en Administración y Dirección de Empresas en la Universitat Politècnica de València, donde desarrolla una tesis centrada en Economía del Dato e Inteligencia Artificial.
Su mirada sobre estas tecnologías se aleja así de la fascinación por la herramienta. Le interesa saber qué ocurre cuando llega a una organización.
En los últimos años ha incorporado además a su discurso la autonomía tecnológica europea. El punto de partida es una dependencia evidente de proveedores extranjeros en diferentes capas de la economía digital. Para Olcina, Europa necesita identificar aquellas capacidades en las que puede construir una posición propia y reforzar los mecanismos que permiten llevarlas después hasta el mercado.
En esa discusión, los centros tecnológicos adquieren otro significado. Ya no funcionan únicamente como apoyo para una empresa que quiere modernizar una línea o desarrollar un producto. También pueden actuar como una pieza de conexión entre política científica, capacidad tecnológica e industria.
Una silla cerca de quien decide
Desde mayo de 2025, Olcina observa ese mismo sistema desde otro lugar.
Preside el CACTI, donde conviven representantes de la comunidad científica y tecnológica con agentes económicos y sociales. El organismo asesora en la definición y seguimiento de las políticas públicas de investigación, desarrollo e innovación. Antes de asumir su presidencia había ejercido como vicepresidenta desde noviembre de 2023.
La combinación de cargos conecta tres escalas que habitualmente aparecen separadas.
En ITI puede ver qué necesita una empresa cuando intenta incorporar una tecnología. En Fedit recibe una fotografía de decenas de centros, sectores y territorios. En el CACTI participa en conversaciones sobre los instrumentos públicos que intentan modificar ese sistema.
Olcina ha defendido precisamente que esas políticas tengan en cuenta el punto de partida de cada empresa. Una pyme industrial que nunca ha desarrollado un proyecto de I+D no se encuentra en la misma situación que una multinacional con cientos de ingenieros. Aplicar las mismas herramientas a ambas puede dejar fuera precisamente a quienes tienen más dificultades para innovar.
Su trabajo se desarrolla así en una zona que pocas veces protagoniza el anuncio tecnológico. Entre el laboratorio y el pedido. Entre una convocatoria pública y una inversión privada. Entre poseer una capacidad y conseguir que suficientes empresas sepan utilizarla.
Qué habrá que seguir
El Premio Nacional de Innovación llega en un momento especialmente útil para medir la siguiente etapa de Laura Olcina.
ITI se ha convertido en una organización de más de 350 profesionales. Fedit acaba de cumplir treinta años y ha elevado hasta sesenta el número de centros y agrupaciones integrados en su red. Y el CACTI cuenta por primera vez con alguien procedente de un centro tecnológico en su presidencia.
Los próximos años permitirán comprobar cuánto avanza esa agenda en asuntos concretos: participación de las pymes en I+D, transferencia tecnológica, acceso empresarial a inteligencia artificial y espacios de datos, autonomía europea o estabilidad de la financiación para investigar antes de que una tecnología sea evidente para el mercado.
Olcina conoce las dos caras de esa anticipación. Ha visto una tecnología de reconocimiento facial quedarse sin compradores españoles porque había llegado demasiado pronto y ha visto desarrollos de ITI terminar en manos de compañías próximas después de pasar por intermediarios extranjeros.
Quizá por eso su trayectoria encaja en una sección sobre personas que están cambiando sectores aunque ella no fabrique robots, chips ni aerogeneradores. Trabaja en una fase anterior a muchos de ellos: aquella en la que el conocimiento todavía necesita encontrar una empresa capaz de convertirlo en ventaja competitiva.
Y queda una buena medida para saber si ese sistema mejora: que la próxima compañía situada a pocos kilómetros de un centro tecnológico sepa lo que tiene al lado antes de tener que buscarlo fuera.