Economía digital

Lo que Santander40 dijo sin decirlo: nueve conclusiones después de escuchar a 175 ponentes

/ Foto: AMETIC
Tres jornadas y decenas de sesiones en el 40º Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones de AMETIC dejaron anuncios sobre IA, deep tech, infraestructuras y financiación. Puestos en común, dibujan una conversación diferente: España ha construido capacidades, pero el siguiente examen será convertirlas en productividad, escala empresarial y autonomía tecnológica.

Un encuentro de tres días produce dos cosas diferentes. Una son los titulares: el anuncio de un ministro, una inversión de varios miles de millones, un nuevo proyecto tecnológico, una cifra redonda. La otra son los patrones. Esos resultan más difíciles de detectar porque casi nunca los formula una sola persona: aparecen cuando se colocan juntas intervenciones pronunciadas en salas distintas, por empresas y administraciones que estaban hablando de problemas aparentemente diferentes.

Santander40 dejó mucho de lo primero. España anunció su primera estrategia nacional de tecnologías profundas, con más de 8.000 millones de euros; situó las gigafactorías de inteligencia artificial entre sus grandes apuestas de infraestructura; presentó nuevos instrumentos de financiación, proyectos de centros de datos y espacios de datos, y cerró el Encuentro hablando incluso de un futuro pacto sobre inteligencia artificial.

Pero dejó también bastante de lo segundo.

Detrás de las cifras apareció una España que utiliza mucha tecnología, pero todavía tiene dificultades para transformarse con ella; que quiere ganar soberanía mientras compra fuera buena parte de las capas que necesita; que genera ciencia y empresas tecnológicas, pero busca capital capaz de acompañarlas durante años; y que empieza a descubrir que algunos de los principales obstáculos para la economía digital ya no están dentro de un ordenador.

Estas son nueve conclusiones que dejó el 40º Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones de AMETIC cuando las intervenciones se leen juntas.

1. La soberanía tecnológica empieza por poder elegir, pero no puede terminar ahí

Pocas palabras aparecieron tantas veces durante Santander40 como soberanía.

Y no siempre significaban exactamente lo mismo.

Albert Tort, de la Generalitat de Catalunya, rechazó una visión binaria de la autonomía estratégica. Roger Espasa, de Semidynamics, habló de la capacidad de decidir qué y dónde comprar. Julio Sola, de GPU Solutions, de poder ser “dueños, no usuarios”. Ignacio Urigüen, de Irontec, puso el acento en controlar la información. Diego Solier, eurodiputado y ponente del futuro Cloud and AI Development Act, la definió como la capacidad de mover sistemas y datos cuando realmente sea necesario. Desde SAP se añadieron jurisdicción, operaciones y valores europeos. Y Aleida Alcaide, directora general de Inteligencia Artificial, recurrió a una imagen especialmente gráfica: si la IA va a convertirse en el “sistema nervioso” de la economía, Europa no puede limitarse a alquilarlo fuera.

De casi todas esas definiciones emerge un denominador común razonable: soberanía no significa aislamiento, sino capacidad de decisión.

Pero ahí comienza la siguiente pregunta.

Porque poder elegir entre distintos proveedores extranjeros reduce dependencias, pero no genera necesariamente capacidad tecnológica propia.

Los datos compartidos durante el Encuentro muestran la dimensión del problema. Carlos García Blanco, de kumoriSystems, afirmó que prácticamente todo el gasto español en software cloud —más de 8.000 millones de euros este año, según sus cifras— se compra fuera de Europa. Cristian Canton, del Barcelona Supercomputing Center, situó en manos de proveedores estadounidenses el 70% de los datos europeos alojados en cómputo. Y Marta P. Estarellas, de Qilimanjaro Quantum Tech, advirtió del riesgo de que Europa termine convertida en un “supermercado de propiedad intelectual” si no moviliza más capital.

La soberanía, por tanto, no consiste en fabricar todo.

Consiste en decidir en qué capas Europa no puede permitirse no disponer de alternativa propia.

2. España utiliza mucha inteligencia artificial. Eso no significa que sus empresas se hayan transformado

La contradicción apareció desde el primer día.

Paco Salcedo, presidente de Microsoft España, resumió el problema diciendo que “estamos yendo más rápido como individuos que como organizaciones”. Durante Santander40 se situó a España entre los países con mayor utilización de IA y en posiciones avanzadas dentro de los rankings internacionales.

Pero, cuando la mirada baja desde el usuario a los procesos empresariales, la fotografía cambia.

Solo una de cada seis pymes habría llevado realmente la IA más allá de pruebas o pilotos. Y en la industria, la penetración presentada durante el Encuentro se situó en torno al 17%, por debajo de la media general.

Ahí apareció una de las mejores imágenes de las tres jornadas. Ana Alonso, de Salesforce, comparó el momento actual con los primeros años de la electricidad: “estamos en la época de las bombillas”. Las fábricas incorporaron electricidad, pero durante un tiempo siguieron funcionando prácticamente igual; la verdadera transformación llegó cuando dejaron de limitarse a sustituir una fuente de energía por otra y reorganizaron los procesos alrededor de las nuevas posibilidades.

Con la IA puede estar sucediendo algo parecido.

Introducir un copiloto en un proceso existente es digitalizar. Preguntarse cómo debería funcionar ese proceso ahora que existe la IA empieza a parecerse más a transformar.

3. Las pymes no rechazan la tecnología: la adoptan cuando elimina fricción y demuestra retorno

Dos conversaciones aparentemente alejadas dejaron una lectura especialmente interesante.

Por un lado estaban los datos sobre adopción empresarial: una de cada seis pymes con IA realmente integrada en sus procesos; empresas pequeñas sin departamentos tecnológicos; problemas de financiación, talento y complejidad normativa.

Por otro, Carmen Marquina explicó desde TikTok cómo miles de pequeñas empresas españolas utilizan plataformas digitales para captar clientes, internacionalizarse y vender. Entre los ejemplos aparecieron una dulcería andaluza exportando a varios países europeos, una floristería que triplicó sus ventas y una empresa familiar del sector alimentario para la que TikTok Shop representa ya una parte significativa de sus ingresos online.

Las dos fotografías no son contradictorias.

Quizá explican bastante bien cómo adopta tecnología una pyme.

Cuando una herramienta es sencilla, no exige cambiar toda la arquitectura interna, puede utilizarse sin disponer de un departamento tecnológico y permite percibir rápidamente el retorno, la adopción se acelera.

Cuando requiere integrar sistemas, gobernar datos, formar personas, evaluar riesgos y reorganizar procesos, la barrera crece considerablemente.

La pyme española no parece tener un problema abstracto con la tecnología.

Tiene un problema de complejidad de adopción.

Y existe una segunda derivada: buena parte de las herramientas que han conseguido reducir esa complejidad proceden precisamente de las grandes plataformas internacionales. La cuestión de la soberanía digital también puede observarse desde ahí abajo.

4. El consenso más claro del Encuentro no fue tecnológico: fue organizativo

Quizá esta sea la conclusión que más veces apareció sin ocupar ningún gran titular.

Ana Alonso habló de las bombillas. Paco Salcedo, de individuos avanzando más rápido que sus organizaciones. Luciano Sáez, desde la informática sanitaria, resumió que se ha “digitalizado mucho” pero transformado poco. María Teresa Linaza, de Vicomtech, insistió en diferenciar ambos conceptos. Xavier López Luján, de Eurecat, cuestionó políticas capaces de producir excelente ciencia pero menos innovación de la necesaria. Ángela de Miguel, presidenta de CEPYME, señaló que lo decisivo no es disponer de una herramienta, sino saber utilizarla. Y Néstor Nocetti, de Globant, llevó la discusión hasta los KPI: no importa cuántos copilotos utiliza una empresa, sino cuánto reduce sus tiempos o cuánto aumenta sus ventas.

Sectores diferentes estaban describiendo el mismo problema.

La tecnología avanza más rápido que las organizaciones que deben absorberla.

Comprar una herramienta puede hacerse en semanas. Reorganizar procesos, responsabilidades, datos, incentivos, formación y cultura interna requiere bastante más.

Por eso una parte importante de la carrera de la IA probablemente no se decidirá entre modelos.

Se decidirá dentro de las empresas.

De izquierda a derecha, Manuel Lobeira (ACORDE), Pablo Pazos (Barkibu), Nacho Urigüen (Irontec), Julio Sola (GPU Solutions) y Asier González (Banco Santander España), durante la mesa sobre IA y competitividad empresarial. Foto: AMETIC.

5. Cuando existe un comprador con un problema concreto, la tecnología encuentra dónde aterrizar

Otra pauta apareció al comparar algunos de los casos de transformación más avanzados presentados en Santander.

Justicia dispone de presupuesto, necesidades identificadas y una estrategia sostenida de digitalización. La Seguridad Social aplicó IA en un proyecto que, según Randstad Digital, redujo tiempos de entrega y liberó miles de horas de trabajo. El Gobierno de Canarias presentó un caso de automatización de expedientes con AWS. Y las mesas de defensa dedicaron buena parte de sus debates a cómo transformar la relación tradicional entre Administración e industria para trabajar mediante capacidades, proyectos y ecosistemas.

Hay algo que une esos ejemplos: existe demanda.

Alguien tiene un problema. Existe presupuesto. Hay un comprador identificable. Y el proyecto puede pasar de demostración a contrato.

Las propias deep tech españolas lo reclamaron durante la última jornada. No basta con financiar investigación y desarrollo si después ninguna organización está dispuesta a convertirse en el primer cliente.

En tecnologías con un elevado riesgo inicial, la contratación pública puede desempeñar precisamente ese papel: convertir capacidad tecnológica en mercado.

El Estado deja entonces de ser solamente financiador.

También puede ser adoptador, comprador y primer escaparate.

6. Algunos de los grandes límites de la economía digital ya están fuera de lo digital

Un centro de datos puede disponer de la última tecnología y seguir sin poder construirse porque falta capacidad eléctrica.

Una empresa puede disponer de modelos de IA extraordinarios y encontrarse con redes incapaces de absorber el crecimiento previsto del tráfico.

Un proyecto puede contar con financiación y tecnología, pero bloquearse por suelo, permisos o plazos administrativos.

Esos problemas aparecieron repetidamente durante Santander40.

Red Eléctrica habló de dificultades globales en el suministro de equipamiento eléctrico. BT advirtió de que las redes internacionales actuales necesitarán evolucionar para soportar la escala de la IA. CEOE puso el foco en la acumulación regulatoria. CEPYME habló de miles de normas que afectan a empresas pequeñas. Y administraciones locales y compañías vinculadas a las ciudades señalaron suelo, financiación y tramitación como cuellos de botella.

El proyecto Altamira de Cantabria resume bien esa paradoja.

Se plantea como una inversión tecnológica de 3.600 millones de euros, con supercomputación y conectividad internacional. En la clausura, una de las principales reivindicaciones institucionales fue conseguir su conexión a la red eléctrica.

La infraestructura digital vuelve así al mundo físico.

Necesita energía, suelo, transformadores, cable, agua, permisos y planificación.

No todo se resuelve con más capacidad de cómputo.

7. Hay financiación. El problema es qué capital existe, durante cuánto tiempo y para hacer crecer a quién

La última jornada corrigió también otro diagnóstico demasiado sencillo: pensar que las empresas tecnológicas europeas no crecen exclusivamente porque falta dinero.

Carolina Rodríguez, de ENISA, situó el tamaño empresarial como uno de los grandes problemas españoles. Carlos de la Cruz, del CDTI, pidió más compañías capaces de hacer I+D y competir con Estados Unidos y China más allá de pequeños nichos. Y Teresa Riesgo, secretaria general de Innovación, señaló específicamente la dificultad de encontrar inversores preparados para asumir riesgo y esperar retornos a largo plazo.

Ese matiz resulta especialmente importante para las tecnologías profundas.

Un nuevo semiconductor, un ordenador cuántico o una tecnología biomédica no comparte necesariamente los tiempos de una aplicación de software.

Requiere capital paciente.

Y después necesita escala.

España tiene una economía formada mayoritariamente por empresas pequeñas. Eso no significa falta de capacidad innovadora, pero sí reduce el número de compañías capaces de sostener inversiones multimillonarias en I+D durante años o ejercer como grandes clientes tractores de startups tecnológicas.

De ahí que el verdadero reto financiero pueda formularse de otra manera: no solo cómo financiar que nazcan empresas, sino cómo conseguir que las mejores puedan crecer aquí.

Born in Europe and grow in Europe, resumió el Banco Europeo de Inversiones en Santander.

La segunda parte de la frase es probablemente la difícil.

Victor Gaspar de Multiverse Computing y Norberto Mateos de Intel / Foto: AMETIC

8. La próxima carrera también puede consistir en necesitar menos cómputo

Santander40 habló mucho de añadir capacidad.

Más centros de datos. Más GPU. Más infraestructura. Gigafactorías. Redes. Supercomputación.

Pero dos intervenciones plantearon una vía complementaria: hacer más eficiente lo que ya existe.

En el diálogo entre Intel y Multiverse Computing apareció una tesis especialmente interesante: buena parte de la siguiente batalla de la IA puede trasladarse desde el entrenamiento hasta la inferencia. Multiverse trabaja en comprimir y optimizar modelos para ejecutarlos con menores requisitos de hardware, incluso sobre determinadas arquitecturas sin depender necesariamente de GPU.

Eso amplía radicalmente los lugares donde puede utilizarse inteligencia artificial.

La segunda intervención llegó desde Fundación ONCE. José Luis Martínez Donoso explicó que una web accesible no solo facilita la navegación de las personas: también facilita el trabajo de los agentes de IA. Una página bien estructurada, con formularios correctamente etiquetados y textos alternativos, necesita menos procesamiento para ser interpretada por una máquina. Según los datos presentados, las reducciones de carga computacional pueden llegar a ser muy relevantes.

Las dos ideas conducen al mismo punto.

La respuesta al crecimiento exponencial de la demanda tecnológica no tiene por qué consistir únicamente en construir más.

También puede consistir en calcular mejor.

9. Europa probablemente tendrá que decidir qué batallas quiere ganar

Judith Arnal, consejera del Real Instituto Elcano, planteó durante la última jornada una de las preguntas más difíciles de todo Santander40.

¿Por qué Europa no ha generado gigantes tecnológicos comparables a los estadounidenses o chinos?

Su análisis combinó efectos de red, economías de escala, mercados fragmentados, diferencias en financiación y modelos regulatorios. Y llevó después esa reflexión a una conclusión incómoda: Europa difícilmente podrá aspirar a liderar todas las capas tecnológicas simultáneamente.

Tendrá que elegir.

Arnal citó ámbitos como determinados segmentos de semiconductores o computación cuántica en los que Europa puede decidir desarrollar capacidades estratégicas, mientras acelera la adopción de tecnología en otros espacios. Su formulación fue especialmente gráfica: frente a un Made in Europe entendido como repliegue, propuso pensar en Made with Europe.

Es probablemente la pregunta que queda después de tres días hablando de soberanía.

España anunció en Santander miles de millones para tecnologías profundas, nuevas infraestructuras de IA, compra pública de cómputo, espacios de datos y nuevos instrumentos de financiación.

Todo ello amplía las capacidades disponibles.

Pero disponer de recursos no elimina la necesidad de priorizar.

Porque una estrategia tecnológica no consiste únicamente en decidir dónde invertir.

También consiste en decidir dónde resulta imprescindible liderar, dónde basta con disponer de alternativas y dónde tiene más sentido adoptar rápidamente lo mejor que exista.

De Santander40 a Santander41

El 40º Encuentro de la Economía Digital y las Telecomunicaciones dejó una España bastante mejor situada tecnológicamente de lo que estaba hace una década.

Hay infraestructura, supercomputación, talento, nuevas empresas tecnológicas, proyectos de centros de datos, inversión pública, fábricas de IA, actividad espacial y una creciente conversación sobre tecnologías estratégicas.

Pero Santander40 también mostró que la siguiente fase será diferente.

Ya no bastará con medir cuánto dinero se anuncia, cuántas startups nacen, cuántas GPU se instalan o qué posición ocupa España en un ranking.

Habrá que mirar cuántas pymes transforman realmente sus procesos. Cuántas empresas tecnológicas consiguen crecer sin marcharse. Qué volumen de capital privado acompaña a la inversión pública. Cuántos primeros clientes aparecen. Qué dependencias se reducen. Cuánta productividad genera toda esa tecnología.

Y, sobre todo, qué tecnologías decide España —y decide Europa— que no puede permitirse no dominar.

La próxima cita será en septiembre de 2027. Entonces se podrá empezar a comprobar cuántas de estas preguntas han encontrado respuesta.