Durante buena parte de la última década, la conversación ESG tuvo un centro de gravedad bastante reconocible. El cambio climático, la descarbonización, los compromisos ambientales y, progresivamente, cuestiones sociales como la diversidad ocuparon buena parte del espacio público de la sostenibilidad empresarial. En 2026, ese mapa empieza a cambiar.
No porque el clima haya dejado de importar. Tampoco porque las compañías estén desmontando en bloque sus estrategias de sostenibilidad. Lo que está ocurriendo parece más complejo: el ESG está entrando en una fase en la que gobernanza, regulación, cumplimiento, supervisión y riesgo reputacional pesan cada vez más en las decisiones empresariales.
Así lo refleja el Oxford-GlobeScan Global Corporate Affairs Survey 2026, elaborado por la Saïd Business School de la Universidad de Oxford y GlobeScan. El estudio recoge las respuestas de 294 profesionales senior de asuntos corporativos de 51 países; el 83% acumula más de diez años de experiencia y el 79% reporta al consejo de administración, al CEO o a niveles ejecutivos equivalentes. No es, por tanto, una encuesta general a directivos empresariales, sino una fotografía tomada desde una función especialmente expuesta a la relación entre empresa, regulación, reputación y sociedad.
Y esa fotografía muestra una agenda en movimiento.
El clima sigue primero, pero la distancia se estrecha
El cambio climático continúa encabezando las preocupaciones ESG. La mitigación y adaptación climática aparece citada por el 40% de los participantes. El dato, sin embargo, supone una caída importante respecto al 51% de 2025.
Mientras tanto, gobernanza y ética pasan del 20% al 34% en apenas un año. La incertidumbre regulatoria y política también avanza, del 14% al 16%, hasta situarse como la tercera cuestión más mencionada.
El movimiento es suficientemente significativo como para que Oxford y GlobeScan hablen de una recalibración del ESG, no de su desaparición. El clima continúa siendo relevante, pero cuestiones vinculadas al cumplimiento, la supervisión, la exposición regulatoria o la rendición de cuentas ganan urgencia en organizaciones que operan en escenarios políticos y económicos cada vez más disputados.
En otras palabras: la sostenibilidad empresarial no deja de mirar hacia fuera —emisiones, transición energética, impacto social—, pero empieza a mirar con mucha más intensidad hacia dentro.
¿Cómo se toman las decisiones? ¿Quién responde por ellas? ¿Cómo se supervisan los compromisos? ¿Qué puede demostrar realmente una compañía? ¿Cómo gestiona el choque entre objetivos corporativos, nuevas obligaciones regulatorias y cambios en el entorno político?
La conversación empieza a desplazarse desde qué promete una empresa hacia cómo gobierna aquello que promete.
La gobernanza ya es el principal riesgo reputacional
Ese desplazamiento se vuelve todavía más claro cuando el estudio cambia la pregunta.
Al pedir a los participantes que ordenen las tres dimensiones del ESG según el riesgo reputacional que representan para sus organizaciones, la gobernanza se coloca claramente en cabeza. El 45% la señala como la dimensión de mayor riesgo, frente al 27% que sitúa primero el componente ambiental y el 26% que hace lo propio con el social.
El cambio tiene además profundidad temporal: la gobernanza ha pasado de ocupar la última posición en 2024 a liderar el ranking global dos años después.
Y gobernanza significa aquí bastante más que composición del consejo o cumplimiento formal. El informe engloba cuestiones como ética, responsabilidad, transparencia, divulgación de información, cumplimiento regulatorio y capacidad para demostrar una supervisión efectiva en situaciones de volatilidad.
La lectura que propone el estudio resulta especialmente interesante. La caída relativa del riesgo ambiental no significa necesariamente que las cuestiones climáticas sean menos importantes. Puede significar, al menos en parte, que muchas empresas las perciben como ámbitos más asentados, integrados y gestionados que hace unos años.
Cuando una materia entra en los sistemas de control, inversión, reporting y toma de decisiones, deja de ser necesariamente el territorio de mayor incertidumbre. Y son precisamente las incertidumbres —políticas, regulatorias, reputacionales— las que ahora parecen desplazarse hacia la gobernanza.
Un ESG condicionado cada vez más por la política
El cambio tampoco ocurre en una burbuja.
La misma encuesta muestra que el 76% de los participantes considera la geopolítica el principal riesgo para los negocios durante los próximos dos años. Y el propio informe subraya que esa palabra, a menudo utilizada de forma abstracta, está adquiriendo consecuencias económicas cada vez más concretas.
Aranceles. Cadenas de suministro. Costes energéticos. Políticas comerciales. Nuevas alianzas regionales. Fragmentación económica.
Oxford-GlobeScan habla directamente de un regreso de la geoeconomía: objetivos políticos que se persiguen mediante instrumentos económicos y que obligan a las compañías a revisar mercados, proveedores, inversiones, exposición regulatoria y ventajas competitivas.
Ahí aparece una de las claves para entender por qué la gobernanza asciende dentro del ESG.
Cuanto más condicionada está la actividad empresarial por decisiones gubernamentales, conflictos internacionales, cambios regulatorios o políticas comerciales, más difícil resulta separar la sostenibilidad de la gestión del riesgo corporativo.
La transición energética puede depender de regulación. La política climática puede modificar costes industriales. Una cadena de suministro puede convertirse en un problema geopolítico. Una política social puede generar exposición reputacional diferente según el mercado. Y una decisión que hace unos años habría sido considerada exclusivamente operativa puede terminar siendo también política.
La gobernanza aparece así como el lugar donde muchas de esas tensiones terminan encontrándose.
Las empresas entran más en política mientras algunas agendas pierden visibilidad
El informe deja además una aparente contradicción que ayuda a entender el momento actual.
Por un lado, las compañías parecen estar más atentas a la política.
Un 33% de los participantes afirma que su organización ha aumentado durante el último año su actividad de incidencia política. En Europa el porcentaje alcanza el 36%, en Norteamérica el 39% y en Asia-Pacífico el 52%. Oxford-GlobeScan vincula esta evolución con el creciente peso de la regulación, la gobernanza y la necesidad de influir o, como mínimo, comprender mejor las decisiones públicas que afectan al negocio.
Pero las mismas presiones pueden provocar el movimiento contrario.
El estudio explica que un entorno político y regulatorio más polarizado puede llevar a algunas organizaciones a participar con mayor intensidad en el debate público y a otras a actuar con mucha más cautela por miedo a la exposición o a una reacción reputacional.
Es decir: más política alrededor de la empresa no implica necesariamente más discurso político por parte de la empresa.
Y ahí encaja otro de los grandes movimientos detectados por el informe.
Diversidad e inclusión cae del 21% al 7%
La diversidad e inclusión interna era en 2025 la segunda cuestión ESG más mencionada por los participantes, con un 21%.
En 2026 aparece apenas en el 7% de las respuestas.
Es uno de los descensos más acusados de toda la clasificación.
Oxford-GlobeScan relaciona directamente este retroceso con la politización y el rechazo cultural que las políticas de diversidad, equidad e inclusión están encontrando en determinados mercados.
Pero el informe introduce un matiz importante: que DEI pierda peso como prioridad explícita no implica necesariamente que las cuestiones sociales hayan dejado de ser relevantes.
La interpretación es otra. Las organizaciones estarían adoptando una posición más prudente ante asuntos especialmente expuestos a la polarización y, al mismo tiempo, concentrando mayor atención en ámbitos de gobernanza y cumplimiento donde las obligaciones son más claras y las consecuencias de no actuar resultan más inmediatas.
La diferencia es importante.
Una agenda puede seguir existiendo internamente y perder protagonismo en la narrativa corporativa. Una compañía puede mantener determinadas políticas y, al mismo tiempo, reducir el espacio público que les concede. Y puede continuar trabajando cuestiones sociales mientras desplaza la prioridad ejecutiva hacia riesgos regulatorios, reputacionales o de gobierno.
El ESG, en ese sentido, no solo está cambiando de prioridades. También está cambiando de lenguaje.
El propósito sigue ahí, pero cuesta llevarlo a la práctica
Algo parecido ocurre con otro concepto que marcó buena parte de la conversación empresarial durante los últimos años: el propósito corporativo.
El 82% de las organizaciones representadas en la encuesta mantiene un propósito formal. No parece, por tanto, que las compañías estén abandonando masivamente esta idea.
Sin embargo, el impulso interno se ha enfriado.
Solo el 32% de los participantes asegura que durante el último año hayan aumentado las conversaciones sobre propósito con su comité ejecutivo, frente al 45% de 2025. En Europa el porcentaje cae hasta el 24%.
Y las dificultades identificadas resultan reveladoras.
Los responsables de asuntos corporativos mencionan el contexto político, la falta de un plan integrado, la complejidad organizativa, los problemas de medición y la débil conexión que todavía existe en algunas organizaciones entre las declaraciones de propósito y las decisiones cotidianas.
La cuestión, por tanto, parece estar desplazándose desde definir un propósito hacia demostrar que ese propósito modifica realmente la forma de operar de la empresa.
Y vuelve a aparecer la misma lógica que en el resto del ESG: menos valor de la declaración por sí sola y más exigencia sobre los mecanismos que permiten ejecutarla, medirla y supervisarla.
Menos impulso interno, pero no menos expectativas externas
El repliegue discursivo tampoco significa que la sociedad vaya a exigir menos.
Cuando Oxford y GlobeScan preguntan por el futuro, el 36% de los encuestados cree que dentro de tres años las expectativas sociales sobre el liderazgo empresarial con propósito serán significativamente mayores que ahora.
Ahí aparece probablemente una de las tensiones más importantes que tendrán que gestionar las compañías durante los próximos años.
Internamente existe mayor prudencia. Externamente, las expectativas continúan creciendo.
Las empresas tienen que desenvolverse entre sociedades que demandan mayor responsabilidad, gobiernos que regulan más ámbitos, mercados fragmentados por la geopolítica, inversores y clientes que reclaman información y entornos políticos en los que determinadas posiciones corporativas pueden provocar rechazo.
No parece un escenario en el que la sostenibilidad vaya a desaparecer.
Parece uno en el que va a ser mucho más difícil gestionarla.
De la sostenibilidad como compromiso a la sostenibilidad como sistema de gestión
La fotografía que deja el estudio de Oxford y GlobeScan permite, en definitiva, leer el actual debate sobre ESG desde una perspectiva diferente.
El cambio climático continúa siendo la principal cuestión de sostenibilidad para las organizaciones consultadas. Pero ya no ocupa el escenario prácticamente solo. La gobernanza, la ética y la incertidumbre regulatoria avanzan rápidamente. La dimensión social se vuelve más sensible a la polarización. Y el propósito permanece, aunque las empresas encuentran dificultades para trasladarlo de las declaraciones a la actividad ordinaria.
Al mismo tiempo, la geopolítica penetra cada vez más en decisiones que antes podían entenderse exclusivamente como económicas o empresariales.
Todo converge en la misma dirección: el ESG está dejando de ser únicamente una agenda de compromisos para convertirse cada vez más en una cuestión de arquitectura empresarial.
Quién decide. Quién supervisa. Qué información se ofrece. Cómo se miden los resultados. Cómo responde una empresa ante un cambio regulatorio. Cómo mantiene una estrategia común en distintos mercados. Cómo gestiona un compromiso cuando cambia el entorno político en el que fue formulado.
Eso explica que la gobernanza haya pasado a ocupar un lugar central.
No necesariamente porque las empresas se preocupen menos por el planeta o por la sociedad, sino porque cumplir, demostrar, defender y gobernar esos compromisos se ha vuelto más difícil.
Y quizá esa sea la verdadera transformación que refleja el informe.
El ESG no parece estar desapareciendo. Tampoco parece regresar simplemente a su punto de partida. Está entrando en una etapa menos declarativa, más política y mucho más pegada al funcionamiento real del negocio. Una etapa en la que anunciar un objetivo ya no basta: hay que construir la organización capaz de sostenerlo cuando cambian la regulación, los mercados, la política y las expectativas de quienes rodean a la empresa.