Durante años, la energía ocupó un lugar relativamente estable dentro de la estructura de costes de las empresas. En su momento era un gasto relevante, sí, pero bastante previsible, que podía integrarse en los presupuestos anuales sin alterar de forma significativa la planificación estratégica. Las compañías asumían la energía como una variable más, por supuesto siempre sujeta a ligeras oscilaciones, pero dentro de márgenes razonablemente controlables. Esa estabilidad permitía tomar decisiones con cierta seguridad, poder proyectar inversiones con horizontes amplios y construir estrategias a medio y largo plazo sin que la energía fuese a condicionar de forma determinante cada paso.
Hoy esa lógica ha cambiado. La volatilidad de los mercados que se está viviendo, la dependencia exterior y la repetición cada vez más frecuente de crisis internacionales han situado la energía en el centro de las decisiones empresariales, obligando a compañías de todos los sectores a replantear cómo consumen, cómo compran y, sobre todo, cómo gestionan su exposición a este factor.
Sin duda, la energía ha pasado de ser un gasto operativo a convertirse en un elemento que condiciona la competitividad, la rentabilidad y la capacidad de crecimiento. En muchos casos, se ha llegado a transformar en una variable estratégica que influye directamente en la viabilidad de determinadas decisiones.
Ese cambio es el que describe José Carlos Díaz Lacaci, CEO de SotySolar, compañía especializada en soluciones de autoconsumo y electrificación para empresas. Desde su posición, observa cómo la conversación energética ha pasado del ámbito operativo al estratégico y cómo la gestión del consumo se ha convertido en una cuestión que ha conseguido afectar directamente a la planificación empresarial. La energía deja de ser una variable que se asume y pasa a ser un elemento que se decide, se analiza y se incorpora a la estrategia de negocio.
“La energía ha dejado de ser un ‘commodity’ para convertirse en una variable de riesgo geopolítico que las empresas no controlan”, afirma. Desde su punto de vista, el contexto actual no responde a una oscilación puntual del mercado, sino a una transición estructural que obliga a replantear el papel de la energía dentro de la estrategia empresarial. Por tanto, deja de ser una variable externa y pasa a ser un factor que puede llegar a determinar la estabilidad de los márgenes y la capacidad de anticipación de las compañías.
Lacaci habla desde un momento especialmente cambiante del sector: “Lo que ocurre hoy no es una variación más del ciclo; es una reconfiguración de las reglas del juego”. A su juicio, la diferencia con respecto a etapas anteriores es que ahora existe una alternativa real a la volatilidad energética tradicional, basada en renovables, autoconsumo y electrificación. “Estamos en uno de los momentos más interesantes y exigentes que ha vivido el sector en décadas por dos motivos: porque ya existe una alternativa real a esa volatilidad que antes dábamos por intrínseca a la economía global; y porque las empresas por fin son conscientes de que la independencia energética es posible con una simple decisión; basta con apostar por las renovables, el autoconsumo y la electrificación”.
Este cambio de percepción está modificando la forma en la que las compañías abordan la energía. “Hemos pasado de ver la energía como un simple coste operativo en el departamento de compras a tratarla como un factor crítico de supervivencia en el Comité de Dirección”, señala. Es por esto que la energía deja de ser una variable secundaria para convertirse en un elemento que condiciona decisiones de inversión, expansión, innovación o posicionamiento competitivo. Cada vez más compañías incorporan la variable energética en sus comités estratégicos, siendo conscientes de que su impacto puede alterar la estructura de costes de forma relevante.
En este nuevo escenario, el principal problema para las empresas no es únicamente el nivel del coste energético, sino esa volatilidad. Un precio elevado pero estable puede incorporarse a la estructura financiera y gestionarse con mayor previsibilidad. La incertidumbre constante, en cambio, introduce riesgos difíciles de absorber y dificulta la toma de decisiones estratégicas “porque elimina la capacidad de anticipación; un coste elevado predecible se puede integrar en la estructura financiera de una empresa, pero la volatilidad no”.
Cuando el precio de la energía fluctúa sin un patrón claro, la empresa pierde visibilidad sobre sus costes futuros. Esto afecta directamente a la planificación financiera, a la política de precios, a la negociación con proveedores o a la decisión de acometer inversiones. La energía pasa así de ser un gasto más a convertirse en una variable que introduce incertidumbre en el núcleo del negocio y obliga a adoptar posturas más prudentes.
Esa volatilidad, además, tiene un origen cada vez más geopolítico. Las tensiones internacionales, especialmente en regiones clave para el suministro energético, se trasladan de forma casi inmediata a los costes empresariales. “Las empresas ya no compran solo kilovatios; están comprando la inestabilidad de mercados que no controlan”, explica. Esto implica que la competitividad de una compañía puede verse afectada por conflictos o decisiones políticas a miles de kilómetros de distancia.
El impacto, según Lacaci, es “total y estructural”. Cuando un conflicto internacional encarece el gas o el petróleo, el efecto se extiende rápidamente al conjunto de la economía: "aumentan los costes logísticos, se encarecen materias primas, suben los suministros y, en última instancia, se incrementa el coste del kilovatio". Para muchas compañías, esto ha convertido la planificación financiera anual en un ejercicio de equilibrismo”.
Integración de soluciones complementarias
El CEO de SotySolar subraya además que la frecuencia de estas crisis se está acelerando y que las empresas deben asumir que este escenario no será puntual. En ese contexto, advierte del riesgo de esperar a que la situación se estabilice. “Muchos directivos caen en la tentación de esperar a que los mercados se calmen o el Estado aplique reducciones fiscales o subvenciones que palíen el impacto. Pero el tablero ha cambiado para siempre”.
Frente a esa incertidumbre, Lacaci defiende el autoconsumo como herramienta estratégica. “No se trata de instalar paneles, baterías o cargadores para la flota, sino de reclamar la soberanía sobre tus costes”. Desde su perspectiva, producir parte de la energía que se consume permite reducir la dependencia de variables externas y recuperar capacidad de planificación.
La independencia energética, explica, significa que una parte relevante del consumo deja de depender del mercado y pasa a hacerlo de una infraestructura propia. “Producir y consumir tu energía significa que una parte relevante de tu consumo deja de depender del mercado y pasa a hacerlo de una infraestructura que tú controlas”. Ese cambio, añade, permite transformar una variable impredecible en un elemento gestionable dentro de la estrategia financiera.
El impacto de ese control no se limita al ahorro. También afecta a la competitividad. “Cuando dos empresas compiten en el mismo mercado y una tiene su coste energético parcialmente controlado mientras la otra depende totalmente del mercado, la diferencia no es operativa, es estructural”. La energía se convierte así en una palanca estratégica que condiciona la capacidad de crecimiento, la política de precios y la estabilidad de los márgenes.
Ahora bien, Lacaci insiste en que no todas las instalaciones generan el mismo efecto. El dimensionamiento correcto es clave para que el autoconsumo pase de ser una solución puntual a una ventaja competitiva real. “El autoconsumo eficiente no consiste en instalar el mayor número posible de paneles, sino en diseñar una solución alineada con el perfil energético de cada cliente”. El análisis del consumo horario, la estacionalidad y las previsiones de crecimiento permiten optimizar la potencia instalada y maximizar el autoconsumo instantáneo.
Además, cada vez cobra más importancia la integración de soluciones complementarias. “Cada vez es más relevante integrar soluciones complementarias como almacenamiento con baterías, sistemas de gestión energética o carga de vehículos eléctricos, que permiten aumentar el grado de independencia y optimizar aún más la rentabilidad”. Este enfoque refuerza la idea de que el autoconsumo forma parte de una estrategia energética más amplia.
SotySolar, partner estratégico
En ese proceso, el papel de SotySolar se plantea como el de un aliado estratégico. “SotySolar actúa como un partner energético que crea soluciones llave en mano orientadas a maximizar la rentabilidad, reducir riesgos y aportar estabilidad a nuestros clientes”. La compañía acompaña a las empresas desde el análisis técnico-económico inicial hasta la ejecución, la legalización y la gestión administrativa, integrando el autoconsumo dentro de la estrategia global del negocio.
De cara a los próximos años, Lacaci considera que el principal reto será asumir definitivamente que la energía ya no es un coste que simplemente se paga. “El reto fundamental es entender que la energía ya no es un coste que se asume, sino una variable estratégica de soberanía”. En su opinión, el liderazgo competitivo dependerá del apoyo institucional a la electrificación y las renovables y de una regulación que facilite la inversión en generación propia.
La oportunidad, concluye, es significativa. Si se logra alinear visión empresarial, marco regulatorio y desarrollo tecnológico, las compañías podrán reforzar su competitividad en un entorno cada vez más exigente. Porque, como resume, la energía ha pasado de ser una variable secundaria a convertirse en una decisión estratégica que condiciona el presente y el futuro de las empresas.