Un virus que ataca a los tomates. Una bacteria que arrasa un cultivo. Un hongo que obliga a fumigar con químicos toda una cosecha. Durante décadas, la respuesta a estos problemas fue casi siempre la misma: más pesticidas, más fungicidas, más química.
Ahora, un puñado de empresas está demostrando que hay otro camino, y que ese camino ya no está en el laboratorio, sino en el campo. Bacteriófagos que cazan bacterias, plataformas de ARN que protegen a las plantas frente a virus y robots que desinfectan con luz ultravioleta en lugar de con productos químicos son algunas de las tecnologías que están redefiniendo cómo se produce la comida.
Un buen mirador para observar ese cambio es la última promoción de Cajamar Innova, la aceleradora de base tecnológica de la Fundación Grupo Cajamar, que ha seleccionado 22 empresas entre las 197 candidaturas recibidas en sus tres programas: agua, agrotech y foodtech. No es una muestra cualquiera. Como resume el director de la aceleradora, Ricardo García Lorenzo, los proyectos elegidos no configuran "un programa temático, sino un mapa de hacia dónde va el sector", construido por equipos que no trabajan en el futuro, sino que resuelven problemas que el agricultor, el gestor del agua o la industria alimentaria "tienen encima de la mesa hoy".
De ese mapa emergen tres grandes corrientes que conviene mirar de cerca, porque anticipan cómo será la agricultura y la alimentación de la próxima década.
La biotecnología sustituye a la química
La tendencia más disruptiva es la irrupción de la biotecnología molecular como alternativa real a los insumos químicos. Durante años fue una promesa de laboratorio; ahora está en fase de ensayos en condiciones reales de cultivo, con datos de campo que muestran reducciones de coste significativas y niveles de control comparables o superiores a los tratamientos convencionales.
Los ejemplos son elocuentes. Evolving Therapeutics desarrolla bacteriófagos —virus que infectan y destruyen bacterias de forma selectiva— para controlar las bacterias que enferman a las plantas, sin recurrir a antibióticos ni a cobre. Terrana Biosciences trabaja con plataformas de ARN para proteger a los cultivos frente a virus emergentes tan temidos como el ToBRFV, el virus rugoso del tomate que ha puesto en jaque a productores de todo el mundo. Y Agrikola.ai ha desarrollado robótica que sustituye los fungicidas por radiación ultravioleta UVC de precisión, eliminando el hongo sin verter un solo producto químico.
Lo relevante de estas tres propuestas no es solo su ingenio, sino su oportunidad. La presión regulatoria europea está restringiendo cada vez más el uso de pesticidas y fungicidas, y el mercado exige alimentos con menor huella química. La biotecnología no llega, por tanto, como una curiosidad científica, sino como la respuesta a una necesidad urgente del propio sector.
La inteligencia artificial baja al campo y al agua
La segunda gran corriente es la inteligencia artificial, pero no como concepto abstracto, sino como capa de gestión que ordena sistemas complejos y convierte datos dispersos en decisiones. El agua es su terreno más claro: un recurso escaso, sometido a una presión creciente y del que, paradójicamente, se tiene muy poca información en tiempo real.
Ahí trabajan empresas como AiQUOS, que ha desarrollado sondas electroquímicas con inteligencia artificial embebida capaces de medir múltiples parámetros directamente en el punto de medición, sin depender de la conexión a la nube. Es un ejemplo de la filosofía que recorre esta corriente: llevar la capacidad de análisis al lugar exacto donde se genera el dato, ya sea una tubería, una parcela o el interior del suelo. En la vertiente agrícola, proyectos como Agrisens automatizan la monitorización de plagas, Inbiota aplica el diagnóstico microbiológico al suelo, Cropi garantiza la trazabilidad de la cadena de valor y Solaris Vita integra paneles solares en los invernaderos.
El denominador común es la sustitución de la intuición por el dato objetivo. Durante generaciones, muchas decisiones agrícolas dependieron de la experiencia y el ojo del técnico. La IA no elimina ese conocimiento, pero lo complementa con mediciones precisas que permiten actuar antes y mejor, ahorrando agua, energía y tratamientos.
El foodtech reinventa lo que comemos y cómo lo envolvemos
La tercera corriente se juega en la mesa y en la fábrica de alimentos, y comparte un objetivo transversal: reducir el impacto ambiental del sistema alimentario sin renunciar a la eficacia, la seguridad ni el valor nutricional. Es quizá la vertical más imaginativa de todas, porque replantea de raíz ingredientes, procesos y envases.
Algunos ejemplos son casi de ciencia ficción aplicada. Entomo Agroindustrial convierte residuos agroalimentarios en proteína, grasa y quitina mediante la bioconversión con insectos, cerrando el círculo de la economía circular. Bioceanics produce omega-3 de alta biodisponibilidad a partir de aceites de pescado o de algas, con propiedades equivalentes a las del krill pero sin necesidad de capturar este crustáceo, cuya pesca masiva amenaza los ecosistemas polares. Nuna encapsula microalgas en un hidrogel comestible para que lleguen vivas a los criaderos de acuicultura sin cadena de frío.
La reducción de químicos y plásticos completa el panorama. Nat4Bio ha creado un bioadyuvante postcosecha que permite reducir hasta un 75% la dosis de fungicidas en frutas y verduras sin comprometer la seguridad alimentaria. Fibtray sustituye hasta el 96% del plástico de las bandejas de envasado por una solución celulósica compatible con la atmósfera modificada que conserva los alimentos. Y Alcheme Bio ha desarrollado enzimas que eliminan los sabores indeseados de las proteínas vegetales actuando directamente sobre los compuestos que los provocan, sin añadir ingredientes ni alargar la lista de la etiqueta, uno de los grandes obstáculos para que las alternativas vegetales convenzan al consumidor.
Un sector estratégico que se juega mucho
Detrás de esta acumulación de innovaciones hay una realidad de fondo: el sistema agroalimentario se enfrenta a la vez a la presión del cambio climático, a la escasez de agua, a una regulación ambiental cada vez más exigente y a la necesidad de alimentar a una población creciente. Ninguno de esos retos se resuelve con las herramientas del siglo pasado, y de ahí el interés de fondos, corporaciones y administraciones por un sector que combina impacto social, oportunidad económica y urgencia real.
Que una convocatoria reciba 197 candidaturas para 22 plazas da la medida del dinamismo del ecosistema emprendedor agroalimentario en España, un país que es potencia agrícola y exportadora y que tiene, por tanto, mucho que ganar situándose en la vanguardia de estas tecnologías. Las empresas seleccionadas validarán ahora sus soluciones en condiciones reales en los centros experimentales que la entidad tiene en Almería y Valencia, el paso decisivo que separa una buena idea de un producto que el agricultor o la industria puedan de verdad utilizar. Porque, como demuestra este mapa, la innovación agroalimentaria más prometedora ya no es la que se imagina el futuro, sino la que resuelve los problemas del presente.

