Existe una especie contradicción (o contraste) que atraviesa de arriba abajo el primer gran barómetro sobre soberanía digital realizado en España, y que resume bien el momento tecnológico del país. Los españoles quieren que Europa tenga su propia tecnología. La reclaman, la priorizarían, la consideran una cuestión de seguridad. Pero, cuando se les pregunta si conocen una sola alternativa europea a los grandes servicios que usan cada día, dos de cada tres reconocen que no conocen ninguna. Existe la demanda. Falta el conocimiento de la oferta.
Ese hueco entre el deseo y la información es la fotografía más reveladora del informe Soberanía Digital en Europa 2026, publicado por Fundación Telefónica junto a la consultora Metroscopia, y elaborado a partir de 2.000 entrevistas a ciudadanos residentes en España y 300 a decisores empresariales con responsabilidad sobre la estrategia tecnológica de sus organizaciones. Es, según sus autores, el primer barómetro que mide de forma sistemática cómo perciben los españoles el reto de la autonomía digital europea. Y lo que revela es un país mucho más consciente del problema que de las soluciones.
Un diagnóstico compartido: Europa depende demasiado
Sobre el diagnóstico, hay un consenso abrumador. El 82% de los españoles considera que Europa depende de empresas tecnológicas de otros países, una cifra que sube al 86% entre los empresarios. No es una preocupación difusa: el 62% cree que esa dependencia puede suponer una amenaza para la seguridad europea, y el 69% piensa que Europa se está quedando atrás frente a Estados Unidos y China en la carrera tecnológica.
La inteligencia artificial concentra buena parte de esa inquietud. Es el ámbito donde más dependencia se percibe: el 73% de las empresas la señala como el terreno en el que Europa está más a merced de proveedores no europeos, por delante de los servicios en la nube (48%) y la ciberseguridad (39%). Y cuando se pregunta qué presencia extranjera preocupa más como amenaza para la seguridad europea, las plataformas de IA y los sistemas de pago encabezan la lista, ambos con un 76%.
Detrás de esa percepción late también una desconfianza generalizada hacia las grandes plataformas. El 78% de los ciudadanos considera muy o bastante probable que compañías como Google, Meta, Amazon, Apple o Microsoft vendan o cedan sus datos sin permiso, y al 80% le preocupa que esas empresas puedan acceder a su información personal. La soberanía digital, para el ciudadano medio, no es un concepto abstracto de política industrial: es quién controla sus datos.
La paradoja: se quiere lo europeo, pero no se conoce
Aquí es donde el informe se vuelve más interesante para quien mira el problema desde el lado de la oportunidad industrial. Porque el deseo de alternativas europeas es rotundo. El 86% de los españoles cree que Europa debería tener sus propias plataformas y tecnologías para ser más competitiva. El 91% de los empresarios considera que los gobiernos europeos deberían impulsar el desarrollo de tecnología propia. Y, quizá el dato más accionable de todo el estudio, el 70% de los ciudadanos —y el 69% de los decisores empresariales— priorizaría un proveedor europeo si ofreciera los mismos servicios que uno extranjero.
Existe, por tanto, un mercado dispuesto. Un público que, en igualdad de condiciones, elegiría lo europeo. Y sin embargo, ese mismo público confiesa no saber a qué agarrarse: el 67% no ha oído hablar de ningún servicio, producto o plataforma tecnológica europea desarrollada como alternativa a los grandes servicios internacionales. Solo un 22% dice conocer varias. La demanda está madura; el conocimiento de la oferta, en pañales.
Esa brecha tiene una consecuencia comercial directa. De poco sirve que exista una excelente alternativa europea si el cliente potencial no sabe que existe. El informe apunta, sin decirlo, a un problema que no es tanto de capacidad tecnológica como de visibilidad: Europa —y España dentro de ella— produce alternativas, pero no ha conseguido que la sociedad y buena parte del tejido empresarial las conozcan.
El concepto es nuevo, la preocupación no
Parte de esa desconexión se explica por lo reciente del propio marco mental. El término "soberanía digital" sigue siendo minoritario: solo el 29% de los ciudadanos y el 36% de los empresarios han oído hablar de él. Pero, y esto es lo relevante, en cuanto se explica el concepto, la preocupación aflora con fuerza y de forma transversal, sin apenas diferencias por edad, sexo o territorio. No hace falta conocer la etiqueta para inquietarse por lo que nombra.
Ese contraste —un concepto poco conocido pero una preocupación ampliamente compartida— sugiere que la soberanía digital está en un momento de bisagra. Es un asunto que ha madurado en los despachos y en la agenda política europea, pero que apenas empieza a permear en la conversación pública. Los próximos años dirán si se convierte en un criterio real de decisión de compra o si se queda en una aspiración difusa.
Del pesimismo a la acción
El estudio no dibuja un panorama derrotista. Aunque el 69% cree que Europa se está quedando atrás, el 54% de los ciudadanos confía en que la soberanía tecnológica europea aumentará en la próxima década. Hay pesimismo sobre el presente, pero no resignación sobre el futuro. Y las empresas, que son quienes toman las decisiones tecnológicas que de verdad mueven el mercado, muestran una disposición clara: dos de cada tres ya usan inteligencia artificial y la mayoría la percibe como una oportunidad antes que como una amenaza.
La propia Fundación Telefónica ha acompañado la publicación del informe con el anuncio de un Think&Do Tech, un espacio que aspira a ir más allá de la reflexión para impulsar capacidades tecnológicas europeas propias. "Hemos constatado una preocupación cada vez mayor por la autonomía tecnológica de Europa", señaló Isabel Salazar, directora general de Fundación Telefónica, que enmarcó el objetivo en "reducir esa dependencia en ámbitos estratégicos impulsando la competitividad, la innovación y el liderazgo europeo".
La IA soberana existe, y una parte se está construyendo en España
El informe deja una pregunta en el aire: si los españoles quieren alternativas europeas pero no las conocen, ¿es porque no existen? En el terreno que más preocupa —la inteligencia artificial— la respuesta es que sí existen, y que una parte nada desdeñable se está desarrollando en España. El problema no es de capacidad, sino de visibilidad.
El ejemplo más ilustrativo de lo que el barómetro echa en falta es quizá el de Empathy.AI, una compañía asturiana que trabaja en una inteligencia artificial privada y local pensada para devolver el control de los datos a personas, empresas e instituciones. Su historia es, en sí misma, una parábola de lo que significa la soberanía digital. Fundada en Gijón en 2012, la compañía llegó a ser uno de los mayores clientes de Amazon Web Services en el norte de España, hasta que decidió recorrer el camino inverso: construir su propia nube privada con inteligencia artificial, operada íntegramente sobre infraestructura propia.
Su propuesta responde casi punto por punto a las inquietudes que refleja el informe. Frente al 78% de españoles que teme que las grandes plataformas cedan sus datos sin permiso, Empathy.AI plantea una IA que no depende de las nubes de Google, Amazon o Microsoft y que se ejecuta bajo el control de cada organización: los datos no salen, el modelo es propio, el control es local. "Las experiencias de IA que simulan sentimientos o esconden su mecánica de funcionamiento generan relaciones asimétricas, especialmente peligrosas para personas u organizaciones con bajo conocimiento tecnológico", ha resumido su fundador y CEO, Ángel Maldonado, en una filosofía que concibe la inteligencia artificial como una herramienta gobernable y transparente, no como una caja negra.
El caso tiene además una dimensión que conecta con otra de las patas de la soberanía, la energética. La sede de Empathy.AI en Asturias es el primer edificio bioclimático de energía neta cero de la región: sus GPUs, la infraestructura de cómputo que hace funcionar la IA, se alimentan de la energía solar que genera el propio edificio. Es soberanía completa —de los datos, de la computación y de la energía que la sostiene—, un enfoque poco común en un sector donde la mayoría de las empresas dependen de centros de datos remotos cuya huella queda fuera de su control.
Y no es un ejercicio teórico: más de 500 empresas utilizan ya su infraestructura, y su tecnología permite experiencias tan tangibles como dialogar con los más de 75.000 libros de Project Gutenberg sin que ningún modelo externo almacene los hábitos de lectura del usuario. Soberanía digital, en definitiva, no como consigna, sino como arquitectura técnica. Y construida desde Asturias, lo que demuestra que este tipo de tecnología no es patrimonio exclusivo de los grandes hubs.
Empathy.AI no es un caso aislado. En la misma dirección de la IA soberana trabajan compañías como Sherpa.ai, que acaba de captar 18 millones de capital de Silicon Valley para su tecnología de aprendizaje federado —un método que permite entrenar modelos de IA sin que los datos sensibles salgan nunca de su origen—, o Multiverse Computing, respaldada por el Estado con más de 166 millones precisamente para blindar la soberanía española en inteligencia artificial. Tres empresas españolas, tres enfoques distintos de una misma idea: que se puede hacer inteligencia artificial competitiva sin renunciar al control sobre los datos ni depender de un puñado de gigantes extranjeros.
Esa oferta se apoya, además, en dos palancas de mayor escala. En infraestructura, España pelea por albergar una de las cinco gigafactorías europeas de inteligencia artificial, las grandes instalaciones de cómputo sobre las que se entrenarán los modelos del futuro y que buscan reducir la dependencia europea de la infraestructura estadounidense y asiática. Y en el plano normativo, Europa sí ejerce un liderazgo indiscutible a través del Reglamento de IA, que entra en su fase más exigente el 2 de agosto y que fija las reglas del juego para cualquier sistema que opere en el continente, imponiendo obligaciones de transparencia, trazabilidad y control humano.
El informe de Fundación Telefónica, por tanto, no describe un vacío, sino un desencuentro: el de una sociedad que pide alternativas y una industria que las está construyendo, pero que todavía no ha logrado que ambas se encuentren. Cerrar esa distancia —hacer que quien quiere lo europeo sepa que lo europeo existe— es, a la luz de estos datos, uno de los grandes retos pendientes de la soberanía digital. No es un reto tecnológico, porque la tecnología, como demuestran Empathy.AI, Sherpa.ai o Multiverse, ya se está fabricando. Es un reto de escala, de tiempo y, sobre todo, de dar a conocer lo que ya se hace. El deseo, según el barómetro, está más que consolidado. Ahora falta construir el puente que lo conecte con la oferta.




