¿Cómo se construye la energía del futuro? La respuesta pasa por años de investigación, desarrollo y colaboración para convertir una idea prometedora en una solución capaz de generar impacto real. En este momento en el que la transición energética exige acelerar la innovación y llevarla cada vez más cerca de la industria, hablamos con Carlos Ayuso, director de Desarrollo Tecnológico y Proyectos de Innovación de Moeve, para conocer cómo se identifican las tecnologías con mayor potencial, qué retos implica llevarlas a escala y qué papel desempeña la innovación en la transformación del sector energético.
Carlos, llevas años trabajando en innovación dentro del sector energético. ¿Cómo has vivido la evolución de un ámbito que durante mucho tiempo parecía casi experimental y que hoy está en el centro de muchas decisiones estratégicas?
La innovación forma parte del ADN de Moeve desde hace décadas. Un buen ejemplo es que, tras años de investigación y desarrollo, en 2011 comenzamos a coprocesar de forma continua aceites vegetales en nuestras unidades industriales, incorporando diésel renovable de manera sostenida mucho antes de que este tipo de soluciones alcanzaran la relevancia actual.
Hoy, la innovación se ha convertido en una palanca fundamental de transformación para la compañía y para todo el sector energético. En Moeve, la entendemos como una herramienta para acelerar nuestra estrategia Positive Motion -cuyo objetivo es que la mitad de nuestro EBITDA proceda de negocios sostenibles para 2030- y avanzar hacia el liderazgo en la transición energética en Europa. Pero la innovación solo genera valor cuando se traduce en proyectos reales, escalables y capaces de transformar procesos, activos y modelos de negocio.
Desde dentro, ¿dirías que la transición energética está avanzando al ritmo que imaginabais hace unos años o la realidad está siendo más compleja de lo esperado?
La transición energética avanza a buen ritmo, aunque de forma desigual según los países y las compañías. Lo importante es que la dirección está clara: es un proceso irreversible que ya está redefiniendo las estrategias empresariales y los modelos energéticos.
En Moeve, hemos tomado decisiones firmes para acelerar esta transformación. Hemos vendido el 70% de nuestros activos de petróleo y destinamos la mayor parte de nuestras inversiones, hasta un 69% en el primer trimestre de este año, a ámbitos como los biocombustibles 2G, el hidrógeno renovable, las energías renovables, la movilidad eléctrica, la química sostenible y la innovación. Nuestro objetivo es cumplir los hitos marcados para 2030 y contribuir activamente a construir un sistema energético más sostenible y competitivo.
Suele hablarse de innovación como algo ligado exclusivamente a la tecnología, pero imagino que también tiene mucho de visión, riesgo e incluso de asumir incertidumbre. ¿Qué significa innovar hoy dentro de una compañía como Moeve?
Innovar significa anticiparse a un futuro que todavía se está construyendo. En un contexto marcado por la transición energética, no se trata solo de incorporar nuevas tecnologías, sino de tomar hoy decisiones que condicionarán el modelo energético de las próximas décadas.
Eso implica asumir riesgos, convivir con incertidumbre y apostar por soluciones cuyo potencial aún está evolucionando. Cuando trabajamos en hidrógeno renovable, combustibles sintéticos, biocombustibles avanzados o captura y valorización de CO2, estamos desarrollando tecnologías que requieren visión a largo plazo, inversión y capacidad de ejecución.
Pero la innovación también necesita experimentación. Por eso contamos con nuestro Centro de Innovación de Alcalá de Henares y con laboratorios en Palos de la Frontera, San Roque y Tenerife, donde validamos tecnologías y desarrollamos soluciones con potencial industrial. Innovar es, en definitiva, convertir ideas en realidades escalables con impacto tangible.
Dado el contexto en el que Europa habla tanto de autonomía estratégica, descarbonización o reindustrialización, ¿qué tecnologías o líneas de trabajo consideráis hoy realmente transformadoras?
Las tecnologías más transformadoras son aquellas capaces de responder simultáneamente a tres grandes retos: descarbonización, competitividad industrial y autonomía energética.
En este contexto, vemos un enorme potencial en las moléculas verdes, especialmente el hidrógeno renovable y sus derivados, porque permiten reducir emisiones en sectores difíciles de electrificar, como la industria pesada, la aviación o el transporte marítimo. Los biocombustibles 2G, biometano incluido, también desempeñan un papel clave al ofrecer una solución inmediata y escalable para avanzar en la descarbonización.
La verdadera transformación no consiste solo en sustituir unas fuentes de energía por otras, sino en construir nuevas cadenas de valor industriales capaces de generar empleo, atraer inversión y reforzar la competitividad europea. Las compañías ya no toman sus decisiones pensando solo en el coste de la energía, sino que dan peso a la seguridad de suministro, la reducción de emisiones o el posicionamiento competitivo futuro.
Precisamente esta visión es la que nos permite acompañar a nuestros clientes industriales en su hoja de ruta hacia la descarbonización, con soluciones integrales y modelos más colaborativos que respondan a lo que demandan: comprensión de sus desafíos, trabajo conjunto a largo plazo y apoyo para descarbonizar su cadena de valor.
Desde Moeve lo hacemos con una oferta personalizada, poniendo a su disposición un portafolio completo de energías (electricidad renovable, biometano, HVO, etc.), junto con soluciones que optimicen el coste energético y les permita ir cumpliendo sus objetivos de reducción de emisiones sin perder competitividad
¿Qué hace falta para que una tecnología pueda escalarse para llegar a tener impacto industrial real y que no se quede en un piloto o una prueba aislada?
El gran reto no es demostrar que una tecnología funciona, sino conseguir que pueda desplegarse de forma competitiva a escala industrial.
Para lograrlo, son necesarios varios elementos: inversión, capacidad industrial, infraestructuras adecuadas, demanda suficiente y un marco regulatorio estable que aporte confianza a largo plazo. Tecnologías como el hidrógeno renovable, los combustibles sintéticos o los biocombustibles avanzados requieren inversiones muy significativas y horizontes de maduración largos.
Además, el escalado solo es posible mediante la colaboración entre industria, administraciones, centros tecnológicos e inversores. Las grandes transformaciones energéticas siempre han sido procesos colectivos, y la transición energética no será una excepción.
¿Qué papel juegan las inversiones en innovación dentro de esa transformación? ¿Ha cambiado también la forma en la que una gran compañía energética entiende el riesgo o decide apostar por determinadas tecnologías?
Las inversiones en innovación son un elemento esencial para acelerar la transición energética, porque permiten desarrollar hoy las tecnologías que definirán la competitividad industrial y energética de las próximas décadas. La transformación del sector no se producirá únicamente por la evolución natural del mercado; requiere visión a largo plazo, capacidad de anticipación y una apuesta decidida por soluciones que todavía están en fase de desarrollo o escalado.
En Moeve entendemos la innovación como una inversión estratégica vinculada directamente a nuestra transformación. Apostar por nuevas tecnologías significa prepararnos para un escenario energético diferente al actual y contribuir al desarrollo de soluciones capaces de descarbonizar sectores clave, reforzar la autonomía energética y generar nuevas oportunidades industriales.
Por eso, más que apostar por una única tecnología, creemos en desarrollar una cartera diversificada de soluciones. La transición energética requerirá múltiples respuestas y distintos ritmos de maduración, por lo que la clave está en combinar ambición, capacidad de ejecución y una visión industrial de largo plazo.
¿Cuáles son hoy las principales barreras que frenan la innovación energética: regulación, infraestructuras, financiación, talento…?
La principal dificultad no es tecnológica, sino la capacidad de crear las condiciones necesarias para desplegar las soluciones existentes a la velocidad y escala que exige la transición energética.
La regulación es un factor determinante porque condiciona la confianza inversora en proyectos de largo recorrido. También es necesario acelerar el desarrollo de infraestructuras energéticas y logísticas que permitan integrar nuevas tecnologías y vectores energéticos.
A ello se suman la necesidad de movilizar grandes volúmenes de financiación y de atraer talento especializado. Todas estas variables están interconectadas y requieren una visión coordinada para acelerar el despliegue industrial de las clean tech.
¿Qué proyectos o desarrollos estáis impulsando ahora mismo desde el área de Innovación y cuáles crees que pueden marcar más los próximos años?
Estamos trabajando en una combinación de grandes proyectos industriales y tecnologías emergentes con potencial transformador.
Entre las iniciativas más relevantes destacan el Valle Andaluz del Hidrógeno Verde, cuya primera fase, Onuba, ya está en marcha, y nuestra planta de biocombustibles 2G en Huelva, que culminaremos en los próximos meses. Estos proyectos contribuirán a desarrollar nuevas cadenas de valor asociadas a las moléculas verdes.
También avanzamos en combustibles sintéticos, como el e-SAF para aviación y el e-metanol para transporte marítimo. Paralelamente, investigamos materiales avanzados como los MOF, para almacenamiento de hidrógeno y capturar CO2, así como soluciones de economía circular y química sostenible que ya están permitiendo producir determinados productos químicos a partir de residuos.
La innovación parece cada vez más difícil de abordar en solitario. ¿Qué papel juegan hoy las alianzas, la colaboración público-privada o el trabajo con startups, centros tecnológicos y universidades?
La innovación energética es, por definición, un proceso colaborativo. La complejidad tecnológica, la necesidad de escalar rápidamente y el volumen de inversión requerido hacen imprescindible trabajar en alianza con otros actores.
Las administraciones públicas desempeñan un papel clave para generar entornos favorables al desarrollo de proyectos estratégicos. Las universidades y centros tecnológicos aportan conocimiento científico esencial para desarrollar tecnologías emergentes.
Además, la innovación abierta está adquiriendo una relevancia creciente. A través de iniciativas como Moeve Light Up, colaboramos con startups para identificar, validar y escalar soluciones innovadoras, combinando su agilidad con nuestra capacidad industrial. Hoy, innovar significa construir ecosistemas capaces de acelerar la transformación.
Después de tantos años viendo cómo evoluciona el sector, ¿qué crees que todavía no hemos entendido del todo sobre la transición energética y el cambio que supone para la industria y para la sociedad?
Todavía tendemos a interpretar la transición energética únicamente como un desafío ambiental, cuando en realidad es una transformación económica, industrial y social de enorme alcance.
No hablamos solo de reducir emisiones, sino también de competitividad, autonomía estratégica, empleo industrial y seguridad de suministro. Estamos redefiniendo simultáneamente cómo producimos energía, cómo la consumimos y cómo organizamos las cadenas de valor asociadas.
Además, es un proceso que requerirá décadas, grandes inversiones y decisiones de largo plazo. No será lineal ni existirá una única solución tecnológica. Por eso resulta esencial mantener una visión pragmática y abierta, capaz de combinar distintas tecnologías y enfoques para construir un modelo energético más sostenible, resiliente y competitivo.

