Cuando un pasajero se orienta dentro de un gran aeropuerto siguiendo una flecha azul en la pantalla de su móvil, cuando una fábrica localiza en tiempo real una carretilla entre miles de metros cuadrados de nave, o cuando un hospital detecta por qué se acumulan los retrasos en un servicio, es probable que detrás haya tecnología nacida en un edificio del Campus Vida de Santiago de Compostela. No lleva su nombre, no aparece en ninguna parte, pero está ahí. Es el rastro, casi invisible, de la investigación pública convertida en producto.
Ese edificio alberga el CiTIUS, el Centro Singular de Investigación en Tecnoloxías Intelixentes de la Universidade de Santiago de Compostela (USC). Fundado en 2010, es hoy el centro de referencia en inteligencia artificial de Galicia y uno de los diez que integran la Red CIGUS, la red de excelencia investigadora del sistema universitario gallego, en la que obtuvo la máxima calificación en la última evaluación.
Pero más allá de sus méritos académicos, el CiTIUS ilustra algo que rara vez ocupa titulares y que resulta esencial para el futuro industrial del país: cómo un centro público de investigación se convierte en una fábrica de empresas tecnológicas.
En poco más de una década, de sus laboratorios han salido cinco iniciativas empresariales. Tres siguen activas y en el mercado -Situm, InVerbis Analytics y energHius-, y las otras dos -Imagames y Cilenis- formaron parte de una primera hornada. Es una cifra notable para un centro de investigación, y una prueba tangible de que la distancia entre el laboratorio y la empresa, tantas veces descrita como un abismo en el sistema español de ciencia, puede recorrerse.
Situm: de una tesis de robótica a más de 60 países
La historia más elocuente es la de Situm. La compañía nació entre 2014 y 2015 de la mano de tres investigadores que se conocieron en el CiTIUS trabajando en robótica móvil -Cristina Gamallo, Adrián Canedo y Víctor Álvarez- y que detectaron una oportunidad donde otros veían solo un problema técnico. En robótica, saber dónde está exactamente un robot dentro de un edificio es fundamental; el GPS, que funciona bien al aire libre, se vuelve inútil bajo techo. Aquellos investigadores habían desarrollado algoritmos para resolver ese problema, y comprendieron que servían para mucho más que para robots.
De ahí surgió lo que se conoce como el "GPS de interiores": una tecnología capaz de ubicar a una persona o un objeto dentro de un edificio con una precisión de aproximadamente un metro, combinando las señales que ya existen en cualquier inmueble -campos magnéticos, wifi, Bluetooth- con los sensores que todos llevamos en el móvil, y todo ello sin necesidad de instalar una costosa infraestructura de antenas. Sobre esa base, Situm construyó una plataforma que otras empresas integran en sus propias aplicaciones para guiar visitantes, localizar trabajadores y activos, o analizar cómo se mueven las personas dentro de un espacio.
Hoy Situm es la spin-off más consolidada del CiTIUS y una de las referencias internacionales de su sector. Una entrevista reciente situaba su plantilla en torno a la cuarentena de personas y su presencia en más de sesenta países. Entre las organizaciones que figuran públicamente como referencias de la compañía aparecen nombres como Aena, el aeropuerto de Berlín-Brandeburgo, Ferrovial, Prosegur, Securitas o Quirónsalud, además de usos en grandes eventos deportivos. Una memoria del propio centro llegó a cifrar en torno al 70% la parte internacional de su facturación, un dato que, aunque histórico, dibuja el perfil exportador de la empresa. En 2019, Situm cerró una ronda de financiación de tres millones de euros liderada por la gestora hispanoisraelí Swanlaab y por Prosegur, con la participación de Amadeus, Unirisco y Xesgalicia.
Su recorrido demuestra que una tecnología nacida para resolver un problema muy concreto de laboratorio -dónde está un robot- puede acabar convertida en un producto global que optimiza la operativa de aeropuertos y hospitales en medio mundo.
InVerbis: leer las huellas digitales de una empresa
Si Situm ubica cosas en el espacio, la segunda spin-off del centro se dedica a algo más abstracto pero igual de valioso: entender cómo trabaja realmente una organización. InVerbis Analytics, constituida entre 2020 y 2021 tras un periodo de incubación en el programa Ignicia de la Xunta, desarrolla software de process mining, o minería de procesos.
La idea es tan potente como poco conocida. Cada vez que una empresa opera -tramita un pedido, atiende una incidencia, fabrica una pieza- sus sistemas informáticos van dejando un rastro digital. InVerbis toma esos registros de los ERP, los CRM o los gestores de incidencias y reconstruye cómo se ejecutan de verdad los procesos, no cómo se supone que deberían ejecutarse. El resultado es un mapa operativo que revela cuellos de botella, repeticiones innecesarias, desviaciones y oportunidades de automatización que de otro modo permanecerían ocultas. Es la diferencia entre el organigrama teórico de una empresa y su funcionamiento real.
La compañía, dirigida por Gonzalo Martín como consejero delegado y con el investigador Alejandro Ramos como director científico, ha desplegado su plataforma en entornos tan diversos como un hospital público, la industria de automoción o el control del tráfico aéreo, y mantiene colaboraciones identificadas con la industria alimentaria gallega y con proyectos sanitarios de análisis de procesos. Ha captado al menos medio millón de euros de inversión anunciada a través de Unirisco y del fondo municipal Lugo Transforma, además del apoyo de programas como Ignicia, ENISA o Neotec.
En 2023, InVerbis y los investigadores que la impulsaron -Alberto Bugarín, Manuel Lama y Manuel Mucientes- recibieron el Premio Fernando Calvet Prats de la Real Academia Galega de Ciencias, un reconocimiento especialmente significativo porque no premiaba un hallazgo científico, sino precisamente el proceso de transferencia: la conversión de una década de investigación universitaria en minería de procesos en un producto empresarial.
energHius: microchips que se alimentan del ambiente
La más reciente de las spin-offs es también la más futurista. energHius, constituida en marzo de 2025 y quinta iniciativa empresarial del centro, es una empresa de semiconductores que opera bajo un modelo fabless: diseña chips, pero no necesita una fábrica propia para producirlos. Nació del trabajo del Grupo de Visión Artificial del CiTIUS y de más de dos décadas de experiencia en el diseño de circuitos integrados.
Su tecnología, bautizada como Nanostart, aborda uno de los grandes cuellos de botella del internet de las cosas: la energía. Miles de millones de pequeños sensores conectados necesitan alimentarse, y depender de baterías que hay que cambiar limita enormemente su despliegue.
Lo que ha desarrollado energHius es una unidad de gestión de energía capaz de captar y aprovechar cantidades de energía ambiental extraordinariamente pequeñas -de la luz, las vibraciones, los cambios de temperatura o incluso las señales de wifi- y de arrancar un dispositivo con menos de una milésima parte de la potencia que requieren las tecnologías convencionales.
Las aplicaciones son enormes: sensores del tamaño de una pegatina que miden la temperatura de cada habitación sin pilas, implantes médicos que se alimentan de la propia energía del cuerpo, o redes de sensores en ciudades inteligentes y explotaciones agrícolas que funcionan de forma autónoma durante años. La tecnología, dirigida por Daniel García Lesta y Óscar Pereira, nació de hecho de un sensor bioimplantable diseñado para monitorizar la presión ocular, y ha recibido el apoyo del programa Collider del Mobile World Congress. Su desarrollo se enmarca en el impulso a la microelectrónica española que persigue el PERTE Chip.
El modelo: qué hace falta para que la ciencia salga al mercado
¿Cómo consigue un centro de investigación generar este flujo de empresas? La respuesta no es un golpe de suerte, sino un modelo. El CiTIUS dispone de una Unidad de Gestión del Conocimiento y la Transferencia que trabaja con la oficina de transferencia de la USC en toda la cadena: contratos con empresas, protección de la propiedad industrial, registro de software, valorización de resultados e incubación de las spin-offs.
Es la maquinaria, poco glamurosa pero imprescindible, que convierte un algoritmo publicado en un paper en una empresa con nóminas.
En esa cadena juega un papel clave un instrumento autonómico, el programa Ignicia de la Agencia Gallega de Innovación, diseñado específicamente para acompañar la fase más delicada: la que va de la prueba de concepto en el laboratorio a la salida al mercado. Tanto InVerbis como otras iniciativas del centro pasaron por ese embudo. Es la constatación de que la transferencia no ocurre sola: necesita instrumentos públicos que asuman el riesgo de esa etapa intermedia, aquella en la que una tecnología ya funciona en el laboratorio pero todavía no es un producto vendible.
Detrás de buena parte de esta actividad hay una figura de referencia en la inteligencia artificial española: Senén Barro, director científico del CiTIUS, ex rector de la USC y Premio Nacional de Informática 2020. Barro no es solo un investigador; es cofundador de Situm y ha participado en el consejo científico de InVerbis, encarnando en su propia trayectoria esa doble condición de científico y emprendedor que el sistema necesita multiplicar. Su presencia recuerda que la transferencia, antes que un procedimiento administrativo, es una cultura: la convicción de que la investigación pública debe aspirar también a transformar la economía real.
El CiTIUS también canaliza su conocimiento hacia la gran empresa a través de cátedras financiadas con fondos estatales, como la Cátedra ENIA dedicada a la inteligencia artificial en medicina personalizada, junto a la tecnológica Plexus Tech, o la cátedra de microelectrónica con Televes. Y no toda la transferencia cristaliza en una empresa nueva: algunas tecnologías del centro se han integrado directamente en servicios públicos, como los sistemas que traducen a lenguaje natural comprensible los datos del índice de calidad del aire y las previsiones meteorológicas de MeteoGalicia, o el prototipo Smart Cardia, desarrollado y validado con el hospital de Santiago para apoyar la rehabilitación de pacientes tras un infarto.
El Proyecto Nós: que el gallego exista en la era de la inteligencia artificial
Hay un proyecto del CiTIUS que trasciende la lógica empresarial y toca una fibra más profunda: la de la soberanía tecnológica y lingüística. Es el Proyecto Nós, una iniciativa impulsada por la Xunta y ejecutada por la USC a través del propio CiTIUS, en su vertiente tecnológica, y del Instituto da Lingua Galega, en la lingüística.
El objetivo es tan ambicioso como necesario: garantizar que el gallego exista en el mundo de la inteligencia artificial. Porque las grandes tecnologías del lenguaje -los asistentes de voz, los traductores, los modelos conversacionales- se entrenan sobre todo en las lenguas con más hablantes y más presencia digital, y las lenguas de menor mercado corren el riesgo de quedar fuera de los nuevos interfaces basados en voz e IA. Una lengua que no puede hablarse a una máquina es una lengua con el futuro amenazado.
Para evitarlo, Nós ha construido una infraestructura lingüística completa y de acceso abierto: traductores neuronales, sistemas de reconocimiento de voz (de voz a texto) y de síntesis (de texto a voz), corpus y bancos de datos. Los recursos de voz para reconocimiento crecieron desde una decena de horas iniciales hasta más de 3.200 horas al cierre del ciclo 2022-2025. Y en 2023 se presentó Carballo, descrito oficialmente como el primer gran modelo de lenguaje entrenado íntegramente en gallego, con alrededor de 1.300 millones de parámetros y alimentado por un corpus de unos 2.100 millones de palabras. No compite en escala con los grandes modelos comerciales internacionales, pero no es esa su función: es infraestructura pública sobre la que empresas y administraciones pueden construir servicios en gallego.
Ese es el verdadero valor estratégico del proyecto. La soberanía lingüística, en la era de la IA, ya no depende solo de diccionarios y normas ortográficas, sino de disponer de datos, capacidad de cómputo, modelos propios y derechos para reutilizarlos. Que ese conocimiento quede bajo gobernanza pública y académica, y no dependa en exclusiva de las decisiones comerciales de un puñado de grandes proveedores extranjeros, es una forma concreta de autonomía tecnológica.
El propio proyecto ilustra, sin embargo, la complejidad de esa aspiración. Su nueva fase, anunciada en 2025, se desarrolla en colaboración con Microsoft, y su experiencia se integra en iniciativas estatales de mayor escala como ALIA, la infraestructura pública de inteligencia artificial española que el Gobierno quiere entrenar también en gallego, catalán, valenciano y euskera. La soberanía tecnológica europea, en la práctica, se construye hoy combinando capacidades propias con la infraestructura de las grandes plataformas globales: no es una contradicción, sino el reflejo realista del punto de partida desde el que Europa afronta el reto.
Por qué todo esto es realmente importante
La historia del CiTIUS es, en el fondo, la historia de una idea sencilla y poderosa: que el dinero público invertido en investigación no se agota en publicaciones científicas, sino que puede volver a la sociedad en forma de empresas, empleo cualificado y tecnología aplicada. Las cinco compañías nacidas del centro, las tecnologías integradas en servicios públicos y la infraestructura lingüística del gallego son manifestaciones distintas de un mismo fenómeno: la transferencia de conocimiento, esa reindustrialización silenciosa que no ocupa portadas pero que va tejiendo, pieza a pieza, un tejido tecnológico propio.
Conviene no idealizar el panorama. Convertir un centro de investigación en un motor económico exige instrumentos de financiación sostenidos, una cultura emprendedora que no siempre abunda en la academia, y paciencia para asumir que la mayoría de las tecnologías tardan años en llegar al mercado, si es que llegan.
Pero el caso del CiTIUS demuestra que es posible, y que Galicia -y España- cuentan con centros capaces de hacerlo. En un momento en el que el país debate cómo reindustrializarse y ganar autonomía tecnológica, mirar hacia estos laboratorios que fabrican empresas quizá sea una de las respuestas menos ruidosas y más eficaces.