Durante años, el debate energético en Europa se planteó como una elección: o descarbonizas o compites. La industria española lleva tiempo rechazando ese dilema. Y en el III Foro de Industria y Energía, organizado por la CEOE y el Club Español de la Energía con el patrocinio de Naturgy y Repsol, ese rechazo se expresó con una claridad y una unanimidad poco habitual entre actores tan distintos.
Empresas energéticas, grandes industriales, representantes institucionales europeos y operadores de distintos sectores compartieron durante una jornada en Madrid un diagnóstico común y una agenda de condiciones sin las cuales, coincidieron, la transición energética corre el riesgo de convertirse en un proceso de desindustrialización encubierta. "No tenemos que elegir entre descarbonización y competitividad. Si hacemos bien las cosas, ambas pueden formar parte de una misma estrategia de país", resumió el secretario general de CEOE, José Alberto González-Ruiz, en la clausura.
El problema es que hacer bien las cosas requiere cambios concretos que todavía no están sobre la mesa. Y el tiempo se acorta.
El precio de la energía como variable industrial, no solo ambiental
Hay un dato que lo explica todo: en la industria pesada, los precios de la energía representan entre el 15% y el 90% de los costes de producción, dependiendo del sector y del material producido. No es un coste periférico. Es, en muchos casos, el factor determinante de si una planta industrial sobrevive en Europa o se traslada a otro continente.
En ese contexto, la competitividad energética deja de ser una cuestión técnica para convertirse en una cuestión de política industrial. Y es precisamente ahí donde el consenso del foro resulta más revelador: empresas tan distintas como Fertiberia —cuya producción de fertilizantes es extraordinariamente intensiva en energía—, Tejidos Royo, Grupo Megasa o Altadia comparten el mismo diagnóstico que las grandes energéticas: sin precios finales competitivos, la descarbonización de la industria española es una aspiración sin base económica real.
Araceli Fernández, jefa de la Unidad de Innovación Tecnológica de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), aportó la perspectiva global: China produce tecnología limpia entre un 30% y un 60% más barato que la media de la UE. Una brecha que no se cierra solo con regulación ni con objetivos climáticos, sino con inversión, colaboración internacional y una cadena de valor propia que Europa todavía está construyendo.
Neutralidad tecnológica: el concepto que lo vertebra todo
Si hay una idea que recorrió transversalmente todas las intervenciones del foro es la de neutralidad tecnológica. No apostar a una sola tecnología como solución universal, sino permitir que cada consumidor —doméstico, industrial o comercial— elija la fuente de energía y la tecnología que mejor se adapta a sus necesidades y a su proceso productivo.
"Es fundamental que cada consumidor disponga de distintas opciones de fuentes de energía y de tecnología para avanzar en la descarbonización", afirmó Pedro Larrea, director general de Redes de Naturgy, subrayando además que aprovechar las infraestructuras existentes —gasoductos, redes de distribución, refinerías— es esencial para garantizar la eficiencia del proceso de transición.
En la misma línea, Luis Cabra, director general de Transición Energética de Repsol, defendió el papel del refino como pilar del sistema económico y energético europeo. Los números son contundentes: el refino aporta el 97% de la energía del transporte y cerca del 50% de las materias primas de la industria química europea. Y sin embargo, en dos décadas han cerrado cerca del 30% de las refinerías de la UE, convirtiendo a Europa en importadora neta de gasóleo y combustible de aviación. "Es imprescindible salvaguardar la competitividad del refino hoy y facilitar que invierta en combustibles renovables", concluyó.
España tiene ventaja, pero no inmunidad
En el plano geopolítico, el foro también dejó un mensaje que merece atención. "España tiene en la transición energética una ventaja competitiva, pero esto no significa inmunidad", advirtió Cristina Rivero, directora general de Enerclub, al abrir el diálogo con el secretario de Estado de Energía, Joan Groizard, y el jefe de Gabinete de la Comisión Europea, Miguel Gil-Tertre.
España llega a este momento con activos reales: una capacidad renovable en expansión, infraestructuras energéticas que han demostrado su valor en la crisis actual y un sector del refino que, como ha quedado claro en las últimas semanas, es el más eficiente de Europa. Groizard lo formuló con claridad: "No hay competitividad industrial sin energía competitiva y viceversa", y subrayó que "reforzar la competitividad española pasa necesariamente por acelerar la transición energética, apostando por elementos propios y estructurales, como las renovables."
Pero la ventaja no es automática. Para convertirla en competitividad real, el foro identificó cinco condiciones que se repitieron en prácticamente todas las intervenciones: neutralidad tecnológica, precios finales competitivos, redes e infraestructuras suficientes, permisos ágiles y marco regulatorio estable. Cinco condiciones que hoy, en mayor o menor medida, siguen siendo asignaturas pendientes.
El reto de las redes y la reindustrialización
Uno de los bloques más sustanciales del foro se centró en las infraestructuras necesarias para la reindustrialización. Y aquí el consenso fue también notable: sin una inversión decidida en redes eléctricas y de gas, la oferta renovable que España está construyendo no podrá llegar a la demanda industrial que necesita descarbonizarse.
Miguel Gil-Tertre, desde la perspectiva europea, apuntó a la necesidad de reducir los impuestos a la electricidad para hacerla más competitiva, crear nuevos instrumentos financieros e incentivar las inversiones con fondos dedicados a redes e interconexiones. "Sólo tendremos éxito si las administraciones públicas, a todos los niveles, y el sector privado trabajan juntos", concluyó.
Es, en definitiva, el mismo mensaje que recorrió toda la jornada: la transición energética no es un problema técnico ni exclusivamente un problema de mercado. Es un problema de coordinación, de voluntad política y de capacidad para traducir las ventajas estructurales de España en condiciones reales y competitivas para su tejido industrial. La industria ya sabe lo que necesita. Ahora le toca al marco regulatorio ponerse a la altura.

