España genera hoy más conocimiento científico y tecnológico que nunca, pero sigue tropezando en el mismo punto: conseguir que ese conocimiento llegue a las empresas y se convierta en crecimiento, competitividad y empleo. Ese diagnóstico, que se repite en casi todos los análisis del sistema de innovación español, es también el punto de partida de la nueva agenda que ha planteado FEDIT, la Federación Española de Centros Tecnológicos, para la próxima década.
Los centros tecnológicos -organizaciones privadas sin ánimo de lucro que ayudan a las empresas a innovar, especialmente a las que no tienen departamento de I+D propio- se han consolidado como uno de los motores de la innovación aplicada en España.
Su actividad genera más de 7.700 millones de euros de PIB, sostiene 127.000 empleos y presta servicios a más de 30.000 empresas. Pero para la federación, que agrupa a 60 de estos centros, esas cifras no son una meta alcanzada, sino el punto de partida de una etapa en la que el reto es que la innovación llegue mucho más lejos.
El diagnóstico: sobra conocimiento, faltan empresas que lo absorban
El planteamiento de FEDIT parte de una idea que comparte con buena parte del sector: el cuello de botella de la innovación española no está tanto en la generación de tecnología como en su absorción por el tejido productivo. "Podemos generar mucho conocimiento y desarrollar numerosas tecnologías, pero, si no existen empresas capaces de convertirlas en soluciones de mercado, su impacto será limitado", resume Áureo Díaz-Carrasco, director general de la federación.
El problema afecta especialmente a las pymes, donde el tamaño, la falta de recursos y la incertidumbre asociada a cualquier proyecto de innovación dificultan dar el paso. España, viene a decir la federación, dispone de conocimiento, talento e infraestructuras de primer nivel, pero necesita un tejido empresarial con mayor capacidad para asumir riesgos y transformar la tecnología en nuevos productos y procesos. Es la misma brecha —la que separa la investigación del mercado— sobre la que pivota buena parte del debate reciente sobre la competitividad industrial del país.
Tres propuestas para la próxima década
A partir de ese diagnóstico, FEDIT plantea tres prioridades. La primera es crear un programa de financiación estructural y estable para los centros tecnológicos, basado en resultados y con un horizonte de entre cinco y diez años, que les permita planificar capacidades e infraestructuras sin depender exclusivamente de proyectos de duración limitada. La federación subraya un agravio concreto: este tipo de apoyo estable ya existe para otros agentes del sistema científico español —a través de las acreditaciones Severo Ochoa y María de Maeztu—, pero los centros tecnológicos no pueden acceder a él.
La segunda propuesta es avanzar hacia una verdadera red nacional de centros tecnológicos capaz de concurrir de forma conjunta a grandes iniciativas públicas y privadas, algo que hoy las limitaciones jurídicas y operativas dificultan. Y la tercera es revisar las políticas públicas de I+D+i para que sean estables a largo plazo, midan mejor su impacto real sobre las empresas y ayuden a movilizar más inversión privada.
La propuesta de fondo: compartir el riesgo
La idea con más recorrido, y la que mejor resume la filosofía de la agenda, es la del riesgo compartido. FEDIT sostiene que uno de los principales frenos a la innovación empresarial es la aversión al riesgo, agravada por el hecho de que buena parte de las ayudas públicas se articula mediante préstamos. El razonamiento es sencillo: un proyecto de innovación puede fracasar, y cuando se ha financiado solo con deuda, la empresa asume el coste del fracaso y además tiene que devolver el préstamo. Para una pyme, esa combinación es disuasoria.
Frente a ese modelo, la federación propone fórmulas en las que administración y empresa compartan tanto las eventuales pérdidas como los retornos cuando el proyecto sale bien. No se trata de que el sector público asuma todo el riesgo, matizan, sino de repartirlo. "Tenemos que romper un círculo difícil: las empresas necesitan crecer para poder innovar, pero también necesitan innovar para crecer y competir en mercados más exigentes", plantea Díaz-Carrasco. La federación reclama además mayor estabilidad regulatoria y fiscal, al considerar que la inseguridad jurídica sobre algunos instrumentos de financiación de la I+D+i retrasa decisiones de inversión.
El telón de fondo: autonomía estratégica y reindustrialización
La agenda se enmarca en un contexto que la federación considera decisivo: el de la autonomía estratégica, la reindustrialización y la competencia tecnológica global. Tecnologías como la inteligencia artificial, la computación cuántica, los semiconductores, los nuevos materiales o la fabricación avanzada marcarán la competitividad de la próxima década, y ahí FEDIT lanza un mensaje que se aleja del triunfalismo: España no puede aspirar a liderar todos esos ámbitos, sino que debe identificar aquellos en los que puede desarrollar capacidades diferenciales y construir empresas capaces de competir a escala internacional.
En ese escenario, la federación reivindica el papel de los centros tecnológicos como socios de las empresas, no solo para resolver necesidades inmediatas, sino para anticipar las tecnologías que serán relevantes dentro de cinco o diez años.
Es, en el fondo, una defensa de su propio modelo, pero apoyada en un argumento que trasciende al sector: que sin alguien que ayude a las empresas —sobre todo a las más pequeñas— a dar el salto tecnológico, el conocimiento se queda a medio camino. Como reconocen desde la propia federación, los centros no son un fin en sí mismos, sino un instrumento para que las empresas conviertan la tecnología en competitividad. El reto de la próxima década, para ellos, será demostrar que ese instrumento puede llegar a muchas más compañías de las que hoy alcanza.


