SIN ADITIVOS - OPINIÓN A FUEGO LENTO

¿Sabe Asturias lo que quiere ser?

El Principado publicó hace unos días la revisión de su Estrategia Industrial 2030. Más de 150 páginas de diagnóstico, objetivos, acciones, indicadores y mapas de impacto sobre el futuro productivo de Asturias.

No escribí sobre ella el mismo día. No fue por despiste, sino porque una estrategia industrial no se entiende en unas horas. Se puede resumir rápido, claro. Se puede convertir en tres titulares, en un carrusel de LinkedIn o en una lista de conclusiones razonables. Pero formarse una opinión propia exige otra cosa: leer despacio, contrastar, dejar reposar y mirar no solo lo que el documento dice, sino también lo que revela.

Esta sección no va de llegar el primero. Va de llegar con criterio.

Y después de leer la estrategia con calma, mi impresión es esta: Asturias sabe describir bastante bien sus problemas industriales, pero aún no ha decidido con la misma claridad qué quiere ser reconocida como territorio industrial.

Ahí está, quizá, el verdadero debate.

Un diagnóstico que no esquiva las incomodidades

La estrategia arranca con datos sólidos. El PIB regional supera por primera vez los 30.000 millones de euros. La industria emplea a más de 63.000 personas. La facturación industrial se sitúa cerca de los 18.000 millones. No son cifras menores. Hablan de una comunidad con músculo productivo real, no de un territorio condenado a vivir de la nostalgia.

Asturias sigue siendo una región industrial. Lo es por historia, pero también por presente.

Ahora bien, lo más interesante del documento no está solo en los titulares positivos. Está en que, cuando entra en el diagnóstico, no se limita a poner barniz. El análisis DAFO reconoce cuestiones que muchas veces se dicen en privado y rara vez aparecen con tanta claridad en un documento público: dependencia de grandes compañías con centros de decisión fuera de Asturias, escasez de mano de obra cualificada, envejecimiento de la población activa, dificultades en el suelo industrial, baja automatización en parte del tejido empresarial y problemas de tramitación.

Incluso recoge una idea especialmente relevante: la poca vinculación al territorio del personal de dirección con capacidad de influencia en las decisiones de inversión industrial.

Traducido: las fábricas pueden estar aquí, pero muchas de las decisiones importantes se toman lejos. Y esa frase, por sí sola, debería ocupar más espacio en el debate público asturiano. Una cosa es tener plantas industriales. Otra, tener capacidad de decisión industrial.

El tamaño también importa

Hay otro asunto que atraviesa toda la estrategia: la escala.

Asturias tiene un problema de tamaño empresarial. No porque falten empresas, sino porque muchas son demasiado pequeñas para competir en los términos que hoy exige la industria. Digitalizar, automatizar, internacionalizar, invertir en I+D, captar talento, retenerlo, financiar crecimiento, acceder a grandes contratos o integrarse en cadenas globales no es igual para una empresa de cinco personas que para una compañía con estructura, pulmón financiero y equipos especializados.

A veces hablamos de transformación digital como si fuera una decisión de voluntad. Como si bastara con que una pyme “quiera modernizarse”. Pero muchas veces no es un problema de ganas. Es un problema de margen, de tiempo, de capacidad interna y de riesgo asumible.

La estrategia lo sabe. Por eso dedica uno de sus objetivos a favorecer la ganancia de masa crítica de las pymes mediante financiación, alianzas, crecimiento y consolidación. Es una línea sensata. Necesaria. Pero conviene no engañarse: cambiar una estructura empresarial construida durante décadas no se consigue solo con instrumentos financieros.

Porque muchas empresas no se quedan pequeñas por ignorancia. Se quedan pequeñas porque crecer implica exponerse. Implica abrir mercados, profesionalizar estructuras, compartir decisiones, asumir deuda, incorporar perfiles nuevos y aceptar que lo que te trajo hasta aquí quizá no te lleve hasta el siguiente nivel.

Ese salto no se predica, se ha de acompañar.

Soberanía industrial: un concepto relevante

La estrategia utiliza con frecuencia la idea de soberanía industrial. Y hace bien. El contexto europeo la ha vuelto imprescindible. La pandemia, la guerra en Ucrania, la crisis energética, las tensiones geopolíticas y la fragilidad de algunas cadenas de suministro han recordado algo que Europa había olvidado durante demasiado tiempo: producir importa.

Aquí creo que es conveniente afinar. La soberanía industrial no consiste solo en atraer fábricas. Consiste también en cultivar empresas con raíz, capacidad de decisión y ambición de crecimiento desde el propio territorio.

La llegada de por ejemplo Indra a Asturias es una buena noticia. Una muy buena noticia. Inversión, empleo, tecnología, defensa, actividad productiva y posicionamiento en un sector estratégico. Todo eso importa. Y en una región industrial como Asturias, importa mucho.

Pero también sirve para entender los límites de cierta idea de soberanía. La planta está aquí. La actividad está aquí. Parte del empleo está aquí. Pero las decisiones estratégicas de una compañía de ese tamaño no se toman necesariamente aquí. Y eso no convierte la operación en negativa. La convierte en lo que es: inversión atraída, bienvenida y necesaria, pero externa.

El matiz es importante. Porque no es lo mismo atraer actividad que construir poder industrial propio.

Asturias necesita ambas cosas. Necesita que vengan compañías tractoras, que se instalen proyectos estratégicos, que lleguen inversiones de fuera y que el territorio vuelva a estar en el radar de quienes deciden dónde producir. Pero necesita también cuidar de forma casi obsesiva a las empresas que ya han demostrado que se puede competir desde aquí.

TSK, Gondán, Asturfeito, IDESA y tantas otras compañías asturianas muestran otra cara de la soberanía industrial: la de empresas que nacen, crecen, se internacionalizan, compiten fuera y mantienen aquí una parte esencial de su identidad y de su toma de decisiones.

No se trata de enfrentar modelos. No es Indra contra TSK. No es inversión externa contra capital local. Esa lectura sería demasiado simple. Se trata de entender que una estrategia industrial madura debe atraer lo que falta sin descuidar lo que ya tiene raíz.

Porque cuando una empresa propia crece, el territorio no solo gana empleo. Gana criterio. Gana relato. Gana referentes. Gana futuro.

Asturias no tiene un problema de despensa

Asturias tiene ingredientes industriales de primer nivel.

Tiene puertos. Tiene energía. Tiene suelo que necesita ordenarse mejor, pero también activos industriales singulares. Tiene tradición metalmecánica. Tiene ingenierías. Tiene centros tecnológicos. Tiene conocimiento acumulado en fabricación, materiales, energía, química, naval, bienes de equipo, agroalimentación y servicios avanzados. Tiene cultura técnica. Tiene generaciones enteras que entendieron la industria no como un sector, sino como una forma de estar en el mundo.

El problema no es la despensa. El problema es que llevamos demasiado tiempo cocinando para los de siempre.

Nos entendemos entre nosotros. Sabemos quién es quién. Sabemos qué empresa hace qué. Sabemos qué taller tiene una capacidad extraordinaria, qué ingeniería está compitiendo fuera, qué astillero está construyendo barcos complejos, qué pyme ha desarrollado una tecnología que merecería más atención.

Pero fuera de aquí, esa imagen no siempre existe.

Y en la economía actual, lo que no se reconoce pesa menos.

Asturias puede tener capacidades industriales reales y, aun así, ser invisible para un inversor internacional. Puede tener empresas excelentes y, aun así, no aparecer en el mapa mental de quien busca proveedores avanzados. Puede tener talento técnico y, aun así, no ser percibida por un ingeniero joven como un lugar donde desarrollar una carrera industrial ambiciosa.

Ese es uno de los grandes retos. No basta con ser industriales. Hay que parecerlo. Hay que contarlo. Hay que demostrarlo. Hay que convertirlo en identidad reconocible.

La acción pequeña que no es pequeña

Entre los diez objetivos estratégicos y las más de setenta acciones del documento, hay una que aparece casi de puntillas: construir una marca industrial de Asturias.

Está dentro del bloque dedicado a reforzar la imagen industrial de la región. En el papel parece una acción más. Una línea breve. Una tarea de comunicación. Pero no lo es. O no debería serlo.

Construir una marca industrial no consiste en diseñar un logotipo, lanzar una campaña, hacer un vídeo con drones sobre polígonos al atardecer y repetir tres palabras en inglés. Eso puede formar parte del envoltorio, pero no es la marca.

Una marca industrial es una promesa cumplida durante años.

Es que cuando alguien en Alemania piense en fabricación avanzada en España, Asturias aparezca entre las opciones. Es que un inversor estadounidense sepa ubicar nuestras capacidades antes de recibir un dossier. Es que una empresa tractora entienda que aquí no solo hay ayudas, sino proveedores, talento, suelo, energía, ingeniería y cultura productiva. Es que un joven con formación técnica no vea la industria asturiana como algo heredado de sus abuelos, sino como una oportunidad de futuro.

El País Vasco no construyó su identidad industrial en una legislatura. Baden-Württemberg no es reconocible por casualidad. Flandes no se presenta ante Europa como territorio manufacturero avanzado solo porque tenga buenos centros de investigación. Hay estrategia. Hay continuidad. Hay instituciones. Hay empresas. Hay relato. Hay repetición. Hay coherencia.

Asturias necesita hacer ese trabajo. Y necesita hacerlo en serio.

Asturias no está sola en esta competición

Conviene recordar algo: Asturias no está sola en esta carrera.

La recuperación de la política industrial no es una rareza asturiana. Otros territorios también se están moviendo, y algunos lo están haciendo con una ambición muy explícita. País Vasco ha presentado su Plan de Industria 2030 con una dotación pública de 3.900 millones de euros y la aspiración de movilizar otros 12.000 millones de inversión privada. La Comunitat Valenciana ha lanzado una Estrategia de Reindustrialización 2024-2028 anunciada con 2.000 millones y un objetivo muy concreto: elevar el peso de la industria en su PIB del 14,8% al 20%. Andalucía, por su parte, trabaja su política industrial mediante planes sucesivos y una lógica clara de atracción de inversión y colaboración público-privada.

Es decir: todos se están moviendo.

Y por eso la pregunta para Asturias no puede ser solo si tiene una estrategia industrial. La tiene. La pregunta es qué posición quiere ocupar con ella.

A diferencia de otras estrategias autonómicas recientes, la asturiana no se presenta acompañada de una cifra global de inversión pública o movilización privada. Su ambición económica queda más distribuida: acciones, instrumentos y futuros planes de acción que deberán concretar responsables y presupuesto. Eso no invalida el documento, pero sí marca una diferencia importante en cómo se comunica la ambición.

Una estrategia puede servir para ordenar políticas, coordinar instrumentos y justificar convocatorias. O puede servir, además, para construir una ventaja reconocible. Para decirle al mercado, al talento, a los inversores y a las empresas: esto es lo que somos, esto es lo que sabemos hacer especialmente bien y esto es lo que podemos ofrecer mejor que otros territorios.

Ahí es donde Asturias tiene que ser más ambiciosa.

No basta con tener objetivos parecidos a los demás: energía, suelo, talento, digitalización, innovación, sostenibilidad. Todo eso va a estar en cualquier estrategia industrial seria. La diferencia estará en cómo se ejecuta, cómo se prioriza y cómo se convierte en una identidad industrial propia.

Porque si todos hablan de reindustrialización, sostenibilidad, talento y autonomía estratégica, el territorio que no afine su relato corre el riesgo de sonar igual que todos. Asturias no puede permitirse sonar igual que todos.

Marca industrial no es propaganda

Aquí conviene ser especialmente cuidadosos. Una marca industrial de Asturias no puede convertirse en propaganda institucional. Si se usa solo para decorar presentaciones, alimentar campañas o producir titulares, nacerá muerta.

Tampoco puede construirse desde la lógica habitual de la comunicación pública, donde a veces pesan más los automatismos administrativos que la ambición estratégica. Una marca industrial requiere solvencia, sí. Pero también criterio, creatividad, conocimiento del ecosistema, independencia intelectual, continuidad y una comprensión profunda de lo que se quiere posicionar.

No se trata de decir que Asturias es industrial. Se trata de demostrar por qué.

Y, sobre todo, de decidir qué parte de la industria asturiana queremos enseñar al mundo. Porque una marca también exige renuncias. No se puede ser todo a la vez. No se puede comunicar metal, energía, naval, agroalimentario, defensa, circularidad, talento, puertos, hidrógeno, digitalización, startups, tradición, futuro y paisaje con la misma intensidad y esperar que alguien fuera entienda algo.

Una marca obliga a elegir. Y Asturias no siempre elige. Asturias parece que acumula.

Acumula planes, activos, nombres, sectores, convocatorias, siglas, organismos, programas y buenas intenciones. Pero una identidad industrial no se construye acumulando. Se construye ordenando.

Lo que la estrategia tiene de verdad

Sería injusto terminar diciendo solo lo que falta.

La estrategia tiene valor. Tiene un diagnóstico más honesto de lo habitual. Tiene una lectura clara del contexto europeo. Tiene objetivos reconocibles: energía competitiva, suelo industrial, sostenibilidad, empleo, talento, masa crítica pyme, digitalización, I+D+i, simplificación administrativa e imagen industrial. Tiene indicadores de seguimiento. Tiene voluntad de ordenar una política industrial en un momento en el que la industria vuelve a estar en el centro del debate europeo.

Todo esto es importante. Durante años, hablar de industria sonaba en demasiados sitios a pasado. Hoy vuelve a sonar a futuro. A autonomía estratégica. A empleo de calidad. A tecnología. A seguridad. A capacidad productiva. A territorio.

Asturias no parte de cero. Parte de mucho. Parte de una historia industrial que pocas regiones tienen. Parte de empresas que ya compiten fuera. Parte de trabajadores cualificados. Parte de infraestructuras relevantes. Parte de una cultura productiva que no se improvisa. Parte de errores aprendidos, de reconversiones dolorosas y de una memoria industrial que no debería utilizarse solo para mirar atrás.

La cuestión es qué hacemos con todo eso.

Saber lo que fuimos no basta

Asturias sabe muy bien lo que fue.

Lo sabe en las cuencas, en los puertos, en los talleres, en las factorías, en las familias, en los apellidos de muchas empresas y en la memoria de varias generaciones. Lo sabe incluso cuando no lo dice. La industria forma parte de nuestra forma de entender el trabajo, el territorio y la dignidad económica.

Pero saber lo que fuimos no basta. La pregunta importante es si Asturias sabe lo que quiere ser. Y, sobre todo, si está dispuesta a contarlo con la ambición suficiente.

Porque esta estrategia puede ser un punto de partida. Puede ordenar prioridades, alinear políticas, movilizar recursos y abrir una conversación seria sobre el futuro industrial de Asturias. Pero también puede convertirse en otro documento correcto que se presenta, se aplaude, se guarda y se consulta solo cuando toca justificar una actuación.

La diferencia no estará en el papel. Estará en si alguien con presupuesto, continuidad y poder real de decisión se toma en serio esa acción aparentemente menor: construir una marca industrial de Asturias.

Pero construirla de verdad. No como campaña. No como eslogan. No como carpeta de diseño. Como una decisión estratégica de territorio.