Un robot cuadrúpedo que recorre una planta química a oscuras, sin señal de GPS, detectando una fuga con su cámara térmica mientras un técnico observa los datos desde una sala de control a salvo. Esa es, a grandes rasgos, la escena que quieren perfeccionar Sisteplant y el CSIC. La ingeniería industrial vasca y el Centro de Automática y Robótica (CAR) —centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y la Universidad Politécnica de Madrid— han firmado un acuerdo de colaboración científico-tecnológica para acelerar el desarrollo de la robótica móvil autónoma aplicada a la industria.
El acuerdo es, en esencia, un programa de pruebas. Durante los próximos doce meses, ambas partes validarán en escenarios reales el comportamiento de plataformas robóticas terrestres en condiciones exigentes: terrenos variados, ambientes extremos, espacios sin cobertura de posicionamiento y situaciones de pérdida de conectividad. Las pruebas se enmarcan en el proyecto europeo EDIH Madrid Region 2.0 y contemplan la prestación de una veintena de servicios de validación tecnológica.
Qué se va a probar, y por qué importa
Lo que está en juego no es tanto construir un robot como demostrar que puede confiarse en él en un entorno crítico. Una cosa es que una plataforma funcione en un laboratorio y otra que aguante en una refinería, una planta farmacéutica o una infraestructura subterránea, donde las condiciones son adversas y un fallo tiene consecuencias. Por eso el programa se centra en capacidades muy concretas: navegación autónoma sin GPS, teleoperación, inspección de activos, recuperación tras una pérdida de conectividad y ejecución autónoma de tareas.
La navegación sin señal de posicionamiento es, quizá, la más relevante de todas. Buena parte de los entornos industriales donde estos robots resultan más útiles —naves cerradas, espacios subterráneos, instalaciones con interferencias— son precisamente aquellos donde el GPS no llega o no es fiable. Que un robot sepa moverse ahí de forma autónoma es la diferencia entre una demostración vistosa y una herramienta industrial de verdad.
Las pruebas se realizarán sobre dos plataformas que aporta la empresa: un robot cuadrúpedo, del tipo que ha popularizado la robótica de patas en los últimos años, y otro de tipo oruga, más orientado a terrenos difíciles. Ambas se someterán a escenarios diseñados para poner a prueba su percepción, su movilidad y su capacidad de respuesta ante obstáculos.
R-Bot: inspección sin exponer al técnico
El eje de la colaboración es la validación de R-Bot, la plataforma que ha desarrollado Sisteplant y que la compañía presenta como la primera plataforma robótica agnóstica de Europa, en el sentido de que permite integrar y gestionar flotas de dispositivos autónomos heterogéneos —terrestres y aéreos— de distintos fabricantes bajo un mismo sistema. Esa condición "agnóstica" es su principal argumento: no depender de un único tipo de robot, sino orquestar varios.
R-Bot está pensado para integrar la robótica móvil en procesos industriales apoyándose en sensores avanzados —cámara térmica, acústica, ultrasónica, visión artificial— y en los sistemas de gestión de la propia compañía. Su propuesta de valor es automatizar inspecciones en entornos peligrosos de forma autónoma y continua, sin exponer a los técnicos a riesgos. Según las estimaciones de la propia Sisteplant —cifras corporativas, no resultados del programa con el CAR—, la plataforma puede reducir hasta un 90% el tiempo de inspección y hasta un 70% su coste anual. Precisamente, validar y contrastar ese tipo de capacidades en condiciones reales es uno de los objetivos del acuerdo.
"Este acuerdo con una entidad del prestigio del CAR representa un salto cualitativo extraordinario para R-Bot en cuanto a su madurez tecnológica, puesto que certifica su validación para la aplicación en entornos industriales de alto riesgo", señala Lluís Llauradó, product manager de R-Bot en Sisteplant.
La colaboración público-privada, en el centro
Más allá del producto, la operación es un ejemplo del modelo que tanto el sector público como el privado reivindican como vía para convertir la investigación en aplicaciones industriales: la empresa aporta la tecnología y el caso de uso real, y el centro público, la capacidad científica y la infraestructura de ensayo para validarla con rigor. Es la misma lógica de transferencia que atraviesa buena parte de la innovación industrial española.
"Desde el CAR apostamos por la colaboración público-privada para la investigación conjunta en ámbitos de innovación orientados a dar solución a cuestiones relevantes para la industria y la empresa en España", subraya Ángela Ribeiro, profesora de investigación en el CAR-CSIC. "La colaboración con Sisteplant es un claro ejemplo de ello".
Para Sisteplant —una ingeniería nacida en el País Vasco en 1984, con más de 190 profesionales y sedes en varias ciudades españolas, México y Brasil—, el acuerdo consolida su apuesta por las tecnologías avanzadas aplicadas a la industria inteligente. Y para el conjunto del sector, es una señal de por dónde avanza la robótica industrial: no tanto hacia robots que sustituyen al operario en la cadena, sino hacia sistemas autónomos que asumen las tareas más peligrosas, sucias o inaccesibles, aquellas donde tiene poco sentido arriesgar a una persona. Si las pruebas del próximo año confirman las capacidades sobre el papel, el siguiente reto será el de siempre: pasar de la validación a la implantación real en las plantas.