Análisis · Resultados del primer semestre

La geopolítica redibuja los márgenes y el mapa de inversión de las grandes cotizadas

Los resultados del primer semestre de Indra, Repsol y ArcelorMittal muestran el efecto directo del rearme, los conflictos energéticos y las barreras comerciales sobre sus cuentas. En Ferrovial, Telefónica y Grifols la señal aparece en otro sitio: en los mercados que eligen, en los activos que venden y en el rediseño de sus cadenas de suministro.
La geopolítica redibuja los márgenes y el mapa de inversión de las grandes cotizadas
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ArcelorMittal embarcó 1,2 millones de toneladas menos de acero que hace un año y generó 18 dólares más de EBITDA por cada una. En Repsol, el negocio industrial saltó de 235 a 1.683 millones mientras su división de generación baja en carbono ganaba seis. Ninguna de las dos compañías tiene nada que ver con la otra, y las dos están respondiendo a lo mismo.

Sus notas de resultados no se citan entre sí, ni tendrían por qué. Pero puestas una junto a otra, y junto a las de otras cuatro grandes cotizadas, aparece un hilo que ninguna menciona: la geopolítica ha dejado de ser un factor de contexto para convertirse en una variable que entra directamente en las cuentas de algunas y en las decisiones estratégicas de casi todas. No explica por igual los seis casos —conviene decirlo desde el principio—, pero conecta lo que están haciendo todas ellas con su dinero.

Las cifras del semestre ya están publicadas. Lo que sigue es un intento de leerlas con cuatro lentes: la cartera de pedidos, que anticipa la inversión futura; el capex y las decisiones industriales, que revelan dónde se apuesta; los movimientos de perímetro, es decir, qué se compra y qué se vende; y dónde crece el margen frente a dónde crece la facturación, que suele delatar la estrategia real.

Seis grandes cotizadas con fuerte vinculación industrial o empresarial con España —Indra, Repsol, ArcelorMittal, Ferrovial, Telefónica y Grifols—, en seis sectores que apenas se tocan entre sí. Y una advertencia metodológica: el efecto de la geopolítica no es homogéneo. En tres de ellas se ve directamente en los márgenes y la caja; en una, en el rediseño de su cadena de suministro; en las dos restantes, la conexión es indirecta y sus propios resultados se explican sobre todo por ejecución y mercados concretos.

Primer patrón: los conflictos mueven los márgenes

El caso más evidente es Indra. La compañía cerró el semestre con 3.179 millones de ingresos, un 30% más, y una cartera de pedidos de 20.533 millones que se ha más que duplicado. Pero el dato que mejor explica el momento no está en los ingresos: está en la caja. Su flujo de caja libre pasó de 65 a 1.487 millones de euros, y buena parte procede de los anticipos de los Programas Especiales de Modernización, los grandes contratos de defensa del Estado. La propia compañía lo cuantifica sin rodeos: excluyendo el efecto de esos anticipos y manteniendo constante el factoring histórico, su flujo de caja libre habría sido de 15 millones. En la práctica, esos anticipos no solo financian la ejecución de los programas: reducen las necesidades de circulante y facilitan la ampliación de capacidad industrial.

En Repsol el mecanismo es distinto pero el origen es el mismo. Ese salto del negocio industrial que abre este análisis procede principalmente de los mayores márgenes de refino provocados por la tensión internacional —el conflicto de Irán, la guerra de Ucrania y los ataques a instalaciones rusas—, aunque la comparación también está favorecida por el impacto negativo que los apagones eléctricos tuvieron sobre el primer semestre de 2025. La compañía destinó además 2.400 millones a incrementar inventarios de crudo y productos. Su consejero delegado, Josu Jon Imaz, lo explicó con una franqueza poco habitual: "El conflicto en Irán ha puesto de manifiesto la importancia de la seguridad de suministro y el papel esencial del petróleo y el gas para responder a la demanda global".

Y en ArcelorMittal aparece la tercera variante: la política comercial. Su margen por tonelada pasó de 125 a 143 dólares en el semestre, y alcanzó los 155 en el segundo trimestre, muy por encima de sus promedios históricos. La compañía atribuye la mejora europea a la entrada en vigor, el 1 de julio, del nuevo sistema de cuotas arancelarias, combinado con el mecanismo de ajuste en frontera por carbono, y afirma que las carteras de pedidos ya están permitiendo reactivar capacidad en el continente. Conviene tomarlo con la cautela de quien lleva años reclamando esa protección, pero la señal es medible: espera mantener o subir sus envíos europeos en el tercer trimestre, cuando lo normal en esa época es una caída pronunciada.

Tres sectores sin relación entre sí —defensa, energía, siderurgia— y una misma explicación de fondo. No es el consumo, no es la demanda interna, no es el precio del dinero. Es la guerra, el arancel y la escasez.

Segundo patrón: crecer comprando, no construyendo

Hay un matiz en el crecimiento de Indra que merece detenerse. Su crecimiento orgánico fue del 16%, frente al 30% reportado: las adquisiciones aportaron 377 millones a las ventas del semestre, con TESS Defence y Aertec en Defensa, Hispasat e Hisdesat en Espacio, y Micronav y Global ATS en gestión del tráfico aéreo. Es decir, buena parte de lo que parece crecimiento es en realidad consolidación de un sector fragmentado.

No es un reproche: comprar es una forma legítima y a menudo la más rápida de construir capacidades. Pero cambia la lectura. Cuando una compañía crece comprando, lo que está ocurriendo no es tanto que el mercado se expanda como que se concentra. Y en defensa, donde el cliente es el Estado y las capacidades industriales son escasas, esa concentración tiene consecuencias sobre precios, competencia y dependencia futura.

El movimiento inverso lo protagoniza Telefónica. El grupo presentó unas pérdidas reportadas de 338 millones, un 75% menos que el año pasado, pero lo relevante es de qué están hechas: 1.001 millones de impacto contable por la desinversión en Chile y 265 millones de provisión para la reestructuración de su filial alemana. Telefónica está asumiendo pérdidas contables para completar su salida de determinados mercados, mientras sus operaciones continuadas crecen: 954 millones de beneficio neto ajustado, ingresos y EBITDA al alza y una deuda que baja un 8,4%, hasta 25.278 millones. No es una historia de expansión ni de retirada, sino de simplificación del perímetro: menos mercados, más foco y menos deuda.

Conviene precisar que la compañía no vincula ese movimiento a la geopolítica, sino a su plan estratégico. Es un caso donde la reordenación es evidente y la causa, distinta.

Repsol ejecuta una variante del mismo movimiento. Vendió el 49,99% de una cartera de 705 MW renovables en España a Masdar, en una operación que valoraba esos activos en 849 millones. Rota dos tercios de su cartera renovable con socios. Y simultáneamente se apuntó deterioros por 1.333 millones, principalmente en Química —por la sobrecapacidad estructural de la industria química europea— y en generación renovable en Chile.

Sumando los tres casos aparece el patrón: en 2026, las grandes españolas están reordenando su perímetro con más intensidad que ampliándolo. Compran donde quieren consolidarse, venden donde no pueden competir.

Tercer patrón: el margen y la facturación ya no crecen en el mismo sitio

La tercera lente es quizá la más reveladora, porque distingue el 'cuento' de la realidad.

En Repsol, el contraste entre el negocio industrial y la generación baja en carbono que abre este análisis admite una lectura equivocada y otra precisa. La equivocada es concluir que la compañía abandona la transición energética, y no es cierto: ha puesto en marcha este semestre su segunda planta de combustibles renovables en Puertollano, tras invertir 130 millones, y ha aprobado un electrolizador de 100 MW en Petronor que requerirá 292 millones, de los que 160 proceden de fondos NextGenerationEU. La precisa es otra: en los combustibles renovables y el hidrógeno concentra inversión industrial directa; en generación eléctrica aplica un modelo de crecimiento con socios y rotación de activos; y en química reconoce un problema estructural de competitividad, con deterioros y provisiones que en el conjunto del semestre sumaron 1.333 millones, principalmente en ese negocio y en renovables en Chile.

En Indra ocurre algo parecido en otra dimensión. Su EBIT creció un 51% y su beneficio neto solo un 2%. La comparación está distorsionada por los 100 millones extraordinarios que la compañía contabilizó en 2025 por la revalorización de TESS, ausentes este año, y por el fuerte incremento de las amortizaciones y del gasto fiscal asociado al nuevo perímetro. Crecer comprando tiene un reflejo contable que tarda en digerirse.

En ArcelorMittal la asimetría es geográfica. Cuando la compañía habla de crecer, señala India, Brasil, Liberia y Estados Unidos. Cuando habla de Europa, el verbo cambia: habla de restaurar la rentabilidad. No es lo mismo. Europa aparece en su discurso como un mercado a defender, no como un lugar donde expandirse.

Cuarto patrón: cuánto de todo esto se queda aquí

Aquí es donde el análisis se vuelve incómodo, y donde Ferrovial funciona como espejo.

La compañía cerró el semestre con 4.701 millones de ingresos, un 11,3% más en términos comparables, y un EBITDA ajustado de 746 millones, un 21,6% por encima. Su beneficio neto cayó hasta 258 millones frente a los 540 del año anterior, pero por un motivo contable: la partida de desinversiones y deterioros aportó 275 millones en el primer semestre de 2025 y solo 28 millones en 2026. Operativamente, el semestre fue notable.

Y aquí conviene ser preciso, porque el caso no encaja en la tesis: Ferrovial atribuye expresamente su buen semestre al desempeño de Autopistas y Construcción, en particular a las autopistas norteamericanas, no a ningún factor geopolítico. De hecho, el único efecto de ese tipo que aparece explícitamente en sus cuentas es negativo: la caída del tráfico internacional en el aeropuerto turco de Dalaman por la situación en Oriente Medio.

Lo interesante es dónde. El motor son las autopistas norteamericanas y la 407 ETR de Toronto, que aprobó un dividendo de 550 millones de dólares canadienses. Su gran proyecto es la nueva Terminal Uno del aeropuerto JFK de Nueva York, con 1.100 millones de dólares inyectados y un 92% de obra ejecutada. Y su cartera de construcción, en máximo histórico con 18.046 millones, se reparte así: 47,9% Norteamérica, 22,9% Polonia, 14% España.

Ese 14% es el dato que conviene retener. No es una crítica a la compañía —que es hoy una sociedad neerlandesa y opera con lógica global—, sino una constatación sobre el país: uno de los mayores grupos de infraestructuras de origen español concentra la mitad de su futuro en Estados Unidos y Canadá. Su consejero delegado, Ignacio Madridejos, lo dice sin ambages al mirar hacia delante: ve "importantes oportunidades en proyectos greenfield complejos y en el creciente impulso de los modelos de colaboración público-privada en Estados Unidos".

El contraste con Indra es elocuente. Mientras Ferrovial lleva su cartera a Norteamérica, Indra la trae a España: sus ingresos en el mercado español crecieron un 48% y suponen ya el 58% de sus ventas totales, y está desplegando naves industriales en Gijón y As Pontes dentro de lo que llama su corredor norte, con un plan que contempla pasar de 36.000 a más de 154.000 metros cuadrados de superficie productiva y más de 200 millones de inversión.

La diferencia entre ambas no es de gestión, es de negocio: una vende infraestructura a mercados globales, la otra vende sistemas a un Estado que le paga por anticipado para que los fabrique aquí. Y su consejero delegado, Josep Maria Recasens, no disimula el marco en el que sitúa esa apuesta: habla de "vertebrar e impulsar el ecosistema español de Defensa" y de "contribuir al fortalecimiento de la soberanía tecnológica e industrial de España y de Europa". La palabra que hace veinte años habría sonado a retórica es hoy el argumento comercial de una cotizada.

Quinto patrón: dejar de depender de un solo país

El último movimiento es el más profundo, y lo protagoniza Grifols, que además obliga a ampliar la mirada más allá de la industria pesada.

Grifols elevó sus ingresos un 2,6% hasta 3.574 millones, con un EBITDA ajustado de 854 millones y un beneficio neto de 227 millones, un 28,7% más. Esa mejora la atribuye la compañía al empuje de las inmunoglobulinas, a la recuperación operativa de Biotest y a la disciplina de gastos, no a factor geopolítico alguno. Sigue arrastrando un apalancamiento alto —4,2 veces— y viene de años financieramente delicados, aunque ha refinanciado toda su deuda con vencimiento en 2027 y ha mejorado calificación crediticia.

Donde sí aparece la geopolítica es en el organigrama, y mirando hacia delante. Grifols está reorganizando su negocio en un modelo de dos sistemas: el plasma recogido en Estados Unidos abastecerá principalmente al mercado estadounidense, y el del resto del mundo cubrirá Europa y otros mercados internacionales. Hoy, aproximadamente el 25% del plasma recogido en Estados Unidos se destina a demanda internacional. La compañía quiere reducir esa proporción, y lo justifica de forma explícita: reforzar la resiliencia del suministro, alinear costes y precios regionales y reducir la dependencia de una única geografía para afrontar mejor las complejidades geopolíticas y regulatorias.

Su apuesta más visible en esa dirección es Egipto, donde desarrolla junto al Gobierno del país una plataforma integrada de plasma con 180 millones de inversión adicional y el objetivo de alcanzar tres millones de litros anuales en 2029, lo que la convertiría en su principal fuente de plasma fuera de Estados Unidos. La primera fase del complejo industrial se inaugura en octubre. Su consejero delegado, Nacho Abia, sitúa precisamente ahí —junto a la evolución del nuevo modelo operativo— las prioridades que a su juicio definirán "la siguiente etapa de la compañía".

Es exactamente el mismo razonamiento que ha llevado a Europa a lanzar su ley de chips o a construir gigafactorías de inteligencia artificial, aplicado a un medicamento esencial derivado de la sangre humana. La lógica de la soberanía de suministro ha llegado a la biofarmacia.

Qué nos dice el conjunto

Seis compañías y seis sectores no permiten concluir que toda la gran industria esté ganando más dinero gracias a la geopolítica. Sí muestran algo más profundo: que las decisiones sobre dónde invertir, de qué países depender y qué capacidades conservar han dejado de responder únicamente a criterios de coste y demanda.

En Indra, Repsol y ArcelorMittal, ese cambio ya entra directamente en los márgenes y en la caja. En Grifols redibuja la cadena de suministro. En Telefónica y Ferrovial se manifiesta, sobre todo, en el perímetro y en la elección de mercados, por motivos que sus propias compañías atribuyen a estrategia y no a geopolítica.

Eso explica movimientos que, vistos de uno en uno, parecerían inconexos: que Indra compre competidores y levante fábricas en el norte, que Telefónica asuma pérdidas contables por salir de Chile, que Repsol llene depósitos de crudo mientras da entrada a socios en sus renovables, que Grifols reorganice su cadena de plasma por continentes o que ArcelorMittal celebre unas cuotas arancelarias.

Quedan dos preguntas abiertas que los próximos semestres tendrán que responder. La primera es cuánto de esta bonanza es estructural y cuánto coyuntural: si mañana bajan los márgenes de refino o se relajan las barreras al acero, buena parte de estos resultados se desinfla. La segunda, más importante para el país, es cuánta de la inversión comprometida acabará materializándose en suelo español. La respuesta, de momento, es desigual: muy alta en defensa, muy baja en infraestructuras, intermedia en energía.

Los resultados semestrales siguen siendo un examen del pasado, pero también son un mapa de exposición al riesgo. Y el de estas seis compañías indica que aranceles, defensa, seguridad energética y autonomía de suministro condicionarán una parte creciente de sus decisiones durante la próxima década.