Combatir un gran incendio forestal ya no es solo cuestión de mangueras e hidroaviones. En el verano de 2026, mientras arden montes en Madrid, Toledo, Ávila y Castellón —con declaración de emergencia de interés nacional en varias de esas provincias—, entre quienes trabajaban sobre el terreno había también investigadores del CSIC. Su aportación no era agua: eran modelos de simulación de la progresión del fuego, análisis de la combustión de las copas de los árboles, actualización del frente mediante imágenes de satélite y análisis de imágenes captadas por drones. Asesoramiento científico para decidir mejor, no para apagar.
¿Cómo han ardido más de 60.000 hectáreas en el #IFBurgohondo y el #IFSanMartíndeValdeiglesias ?
— Borja Andrino (@borjandrinot) July 27, 2026
Los puntos de calor captados por los satélites nos permiten reconstruir la evolución de los incendios que han asolado Ávila y Madrid. El avance durante el sábado es aterrador. pic.twitter.com/Fmm1K4PpfT
Ese episodio ilustra un cambio de fondo que va mucho más allá de una campaña concreta. Cada gran fuego deja hoy una huella de datos antes, durante y después, y esa huella se ha convertido en materia prima para una industria emergente de sensores, satélites, algoritmos y sistemas de apoyo a la decisión. Conviene entender por qué.
Un problema que ha cambiado de naturaleza
La cifra que mejor explica la transformación no es la del número de incendios, sino la de su comportamiento. Según el avance de la Estadística General de Incendios Forestales del Ministerio para la Transición Ecológica, en 2025 se registraron en España 8.199 siniestros forestales, un 10,60% menos que la media del periodo 2015-2024. Sin embargo, la superficie afectada alcanzó las 354.746,67 hectáreas: un 236% por encima de la media de la década.
La explicación está en la concentración. Ese mismo año se contabilizaron 63 grandes incendios forestales —los que superan las 500 hectáreas—, frente a una media decenal de 23. Y esos 63 episodios, que representaron apenas el 0,77% de los siniestros, quemaron 310.108,07 hectáreas: el 87,42% de toda la superficie afectada del año.
Ahí está la clave del asunto. El problema ya no es tanto cuántos incendios se declaran, sino la capacidad que tienen unos pocos de convertirse en eventos extremos, con velocidades de propagación y comportamientos que desbordan la capacidad de extinción convencional. Es el fenómeno que los especialistas asocian a la acumulación de combustible vegetal por el abandono rural, a las condiciones meteorológicas extremas y al cambio climático. Y es también la razón por la que anticipar el comportamiento del fuego —predecirlo, simularlo, verlo antes— se ha vuelto tan valioso.
Para 2026, los datos deben leerse con cautela metodológica. El avance de MITECO cerrado a 19 de julio situaba el balance en 5.934 siniestros, 65.753,71 hectáreas forestales afectadas y 21 grandes incendios desde el 1 de enero, con la advertencia expresa de que se trata de datos provisionales remitidos por las comunidades autónomas y que la superficie comunicada no incluye los incendios aún no extinguidos en la fecha de cierre. Por eso el propio Ministerio incorpora una estimación complementaria elaborada a partir del sistema europeo EFFIS/Copernicus, que a 27 de julio situaba la superficie afectada en 172.396,10 hectáreas. Son cifras que responden a metodologías distintas: EFFIS cartografía incendios de unas 30 hectáreas o más mediante teledetección, por lo que sus estimaciones difieren de las estadísticas nacionales. Conviene manejar la primera como dato oficial provisional y la segunda como estimación.
Antes del fuego: predecir, medir, detectar
La prevención tecnológica trabaja en varias capas: calcular dónde y cuándo hay más riesgo, medir cuánto combustible vegetal se ha acumulado, detectar el humo lo antes posible y preparar físicamente el territorio.
En la primera capa, la del riesgo predictivo, el trabajo consiste en cruzar meteorología, humedad del suelo, estado de la vegetación, topografía y actividad humana para anticipar dónde puede prender y con qué virulencia. Un ejemplo de la base científica que lo sostiene es IberFire, un datacubo abierto desarrollado en el ámbito académico que ofrece información con resolución de un kilómetro cuadrado y frecuencia diaria para la España peninsular y Baleares, con datos de 2007 a 2024 y unas 260 variables. Ese tipo de infraestructura de datos es lo que alimenta después a los modelos comerciales.
En ese terreno empiezan a cobrar importancia las plataformas de simulación y apoyo a la decisión, capaces de anticipar por dónde puede avanzar un frente, a qué velocidad y qué activos quedarían expuestos. Son herramientas que, sin embargo, no valen más que los datos que las alimentan: sin cartografía actualizada del combustible vegetal y sin información homogénea sobre vegetación, meteorología y topografía, la simulación pierde precisión justo cuando más falta hace.
La segunda capa es la detección temprana, probablemente la más visible y donde ya hay producto en el mercado. Aquí compiten cámaras con visión artificial capaces de reconocer una columna de humo antes que un observador humano, redes de sensores en el monte y torres de vigilancia automatizadas. La española Bee2Fire, desarrollada por ITGest, combina cámaras ópticas y térmicas con inteligencia artificial visual y afirma detectar focos en fase temprana a distancias de hasta 15 kilómetros. También trabaja en esta línea Pyro Fire Extinction, empresa tecnológica española constituida en 2014, cuya solución BseedWATCH integra sensorización forestal y cámaras de 360 grados con analítica inteligente. En ambos casos, el rendimiento real depende de variables que conviene no dar por supuestas: número de dispositivos desplegados, cobertura efectiva y tasa de falsas alarmas.
Hay una tercera vía, menos digital y más híbrida, que resulta especialmente interesante porque ya está desplegada sobre el terreno. El proyecto GUARDIAN, impulsado por Medi XXI en el entorno del Parc Natural del Túria, no se limita a instalar sensores: combina una red de detección con infraestructura hidráulica de defensa —52 cañones de agua alimentados con agua regenerada—, cortafuegos verdes y gestión de la interfaz entre urbanizaciones y monte. Protege unas 2.000 hectáreas y a unos 15.000 residentes. Es un buen recordatorio de que la protección de zonas habitadas no se resuelve solo con software.
En esa misma línea de prevención híbrida se sitúa A Fuego, iniciativa impulsada en 2026 por imagin con Agro4Data como socio tecnológico y la participación de Grupo EULEN, que emplea inteligencia artificial y modelos predictivos para identificar municipios especialmente vulnerables y plantear "anillos de protección" a su alrededor mediante trabajos de campo. Se trata de una iniciativa piloto, en fase inicial.
Conviene subrayar que todo este despliegue tecnológico opera sobre un marco previo de gestión del territorio. El Real Decreto 716/2025 introdujo en la planificación preventiva los llamados puntos y zonas estratégicas de gestión: áreas priorizadas en función del riesgo, del comportamiento esperado del fuego y de los valores vulnerables, sobre las que planificar el tratamiento del combustible y las oportunidades de extinción. Sin ese trabajo de fondo —mosaicos agroforestales, pastoreo, quemas prescritas, discontinuidades—, los algoritmos solo sirven para ver mejor un problema que sigue creciendo.
Durante el fuego: reducir la incertidumbre
Cuando el incendio ya está declarado, la tecnología no apaga. Lo que hace es reducir la incertidumbre de quien decide: por dónde avanzará el frente en las próximas horas, qué zonas conviene evacuar, dónde situar los medios, qué flancos priorizar, cómo evitar atrapamientos y qué está ocurriendo de noche o bajo una columna de humo que impide ver.
El caso más inmediato es el del CSIC, activado en el verano de 2026 a través de su grupo de asesoramiento en emergencias, con investigadores del Instituto de Ciencias Forestales (ICIFOR-INIA-CSIC), del Instituto de Ciencias Marinas de Andalucía (ICMAN-CSIC) y del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE, mixto con la Universitat de València y la Generalitat), y con apoyo del CENIM y el Instituto Geológico y Minero. La coordinación científica recayó en Javier Madrigal, investigador del ICIFOR y coordinador de riesgos forestales del organismo. Su aportación combina simulación de la progresión del fuego con actualización del perímetro mediante satélite y análisis de imágenes de dron. No es un sistema que tome decisiones: es asesoramiento científico-técnico a quienes las toman, enmarcado en el Protocolo de Asesoramiento en Desastres y Emergencias que el organismo ha ido articulando para poner la ciencia a disposición de los gestores de crisis.
Uno de los grandes puntos ciegos de la extinción es la visibilidad. El humo, la noche y las nubes limitan la observación óptica justo cuando más falta hace. A resolverlo apunta PiroSAR, un proyecto liderado por Telespazio Ibérica y seleccionado por la Agencia Espacial Europea, que busca monitorizar la evolución de los incendios casi en tiempo real combinando varias constelaciones de satélites, incluidos radares SAR capaces de atravesar el humo y operar de noche, con informes de situación cada pocas horas. Es un desarrollo prometedor, pero conviene situarlo donde está: en fase precomercial, con disponibilidad prevista para el verano de 2027.
Más inmediato resulta el uso de drones de observación operados en remoto. El servicio T_Space de Telefónica, lanzado comercialmente en abril de 2026, permite activar desde un centro de control un dron instalado en una estación automática sobre el terreno y recibir imagen en tiempo real; en el despliegue de Cuacos de Yuste (Cáceres) está previsto activarlo cuando se detecta un foco de calor, lo que acorta el tiempo entre la alerta y la primera evaluación visual. Su función es la observación y la respuesta rápida, no la extinción.
En el terreno de la extinción propiamente dicha con medios no tripulados, la investigación española va por detrás pero avanza. El proyecto EXTINCIA, liderado por CLUE Technologies con Aeromedia, Bastan, Drone Hopper, Helion y Telespazio, y con el apoyo tecnológico de CATEC, ITG y Tecnalia, trabaja con financiación del CDTI en un dron eléctrico de alta capacidad de descarga con inteligencia artificial embarcada y sensores LIDAR, pensado para coexistir con los medios aéreos convencionales. Tecnalia ha validado prototipos en ensayos de fuego real en laboratorio. Es I+D aplicada, no tecnología disponible en campaña.
Después del fuego: la fase que casi nadie cuenta
Cuando las llamas se extinguen y las cámaras se van, empieza la fase menos narrada y probablemente la que más determina el futuro del territorio. Y es también donde la tecnología aporta un valor menos evidente pero más duradero.
El primer paso no es plantar, sino medir. Antes de intervenir hay que saber qué ha ardido y con qué intensidad, cuánto suelo ha quedado expuesto, dónde hay riesgo de erosión y —sobre todo— dónde el ecosistema puede regenerarse por sí solo sin ayuda. Para eso sirven los mapas de severidad elaborados mediante teledetección. Ya hay herramientas operativas en esa línea, como PostFire, impulsada por la Fundación CEAM, que ofrece un visor cartográfico con perímetros de grandes incendios y mapas de severidad post-incendio, e incluye episodios registrados en la Comunitat Valenciana desde 2015.
Sobre ese diagnóstico se asienta la restauración. Empresas como CO2 Revolution combinan plantación tradicional con drones, análisis de datos y semillas encapsuladas para actuar a gran escala. Es una propuesta atractiva, pero exige un matiz importante que la propia ciencia forestal subraya: tras un incendio no siempre conviene plantar, ni hacerlo de inmediato, ni con cualquier especie. En muchos ecosistemas mediterráneos la regeneración natural es más eficaz que una reforestación apresurada, y una intervención mal diseñada puede agravar la erosión o comprometer la recuperación. La tecnología acelera la ejecución; el criterio lo sigue poniendo la ciencia forestal.
La última capa es la monitorización a largo plazo: comprobar, años después, si lo restaurado sigue vivo y cómo evoluciona. En ese terreno trabajan compañías como ReTree, que digitaliza proyectos de restauración con inteligencia artificial y datos satelitales para hacer seguimiento de indicadores, aunque su actividad no se circunscribe al ámbito post-incendio. Es la parte menos vistosa del ciclo y, sin embargo, la única que permite distinguir una reforestación real de una fotografía con azadas.
Dónde está España y qué falta
El panorama internacional ofrece dos contrastes útiles. En Collserola se ha probado Pantera, un sistema de la brasileña Umgrauemeio que emplea cámaras con inteligencia artificial para detectar humo en tiempo real, con un algoritmo entrenado con decenas de miles de incidentes. Y la británica Open Cosmos, con presencia en Barcelona, difundió en julio imágenes de los incendios españoles captadas por su constelación de satélites. Ninguna de las dos es una empresa española, pero ambas señalan hacia dónde se mueve el sector: detección automatizada y observación espacial privada.
El balance del caso español es razonablemente sólido en investigación y en detección, con desarrollos propios en simulación, sensorización y restauración, y algo más incipiente en observación satelital especializada y en medios no tripulados de extinción, donde buena parte de lo que hay sigue en fase de prototipo o precomercial. La distancia habitual entre lo que se demuestra y lo que se despliega de forma sistemática en campaña vuelve a aparecer aquí, como en tantos otros ámbitos industriales.
Queda, por último, la advertencia que ningún reportaje sobre este asunto debería ahorrarse. Los datos, los satélites y los algoritmos reducen incertidumbre, mejoran decisiones críticas y, en el mejor de los casos, salvan vidas y hectáreas. Pero no plantan un mosaico agroforestal, no retiran combustible acumulado durante décadas de abandono rural, no ordenan la interfaz entre urbanizaciones y monte, ni sustituyen a las brigadas que están en el terreno. El futuro de la lucha contra los incendios no consistirá en elegir entre brigadas o algoritmos, sino en combinar prevención territorial, ciencia aplicada, datos en tiempo real y capacidad humana sobre el terreno. La tecnología es una herramienta extraordinariamente útil. El problema, sin embargo, sigue siendo del territorio.