Durante años, el gran problema de la industria tecnológica española fue conseguir contratos e inversión. Ahora que ambos llegan en cantidades récord —los programas de defensa se cuentan por miles de millones y la cartera de las grandes tecnológicas está en máximos históricos—, ha emergido un cuello de botella distinto y más difícil de resolver con dinero: encontrar a las personas capaces de ejecutar todo ese trabajo. Indra acaba de dar dos pasos, casi simultáneos, que muestran cómo una de las grandes compañías del sector está abordando ese reto. Y ninguno de los dos consiste en subir sueldos.
El primero, y el más singular, es la creación del primer Grado Dual en Ingeniería en Tecnologías Cuánticas de España, lanzado junto a la Universidad Carlos III de Madrid para el curso 2026-2027. No es una cátedra ni un máster de especialización: es una carrera universitaria completa, pionera en el sistema español, diseñada para formar desde cero a ingenieros capaces de aplicar la física cuántica al desarrollo de tecnología real. El segundo es la activación de un plan de atracción de talento en Cataluña, mediante alianzas con universidades y centros de Formación Profesional del territorio para captar perfiles técnicos e incorporarlos a sus proyectos.
Dos frentes distintos —crear talento donde no existe y captar el que ya se está formando— que responden a una misma necesidad.
Una carrera para una tecnología que aún no tiene ingenieros
El Grado Dual en Ingeniería en Tecnologías Cuánticas se impartirá en el Campus de Colmenarejo de la UC3M y aborda un problema muy concreto: la computación cuántica, las comunicaciones seguras, la sensórica avanzada o la criptografía post-cuántica son campos con un potencial enorme, pero apenas existen profesionales formados específicamente para trabajar en ellos. La mayoría de los especialistas actuales llegaron a la cuántica desde la física o la ingeniería de telecomunicaciones por vías indirectas. Este grado pretende crear, por primera vez en España, una ruta formativa directa.
Su carácter dual es el elemento diferencial. Los estudiantes se integran desde las primeras etapas de la carrera en entornos profesionales reales y en proyectos desarrollados junto a Indra —que participa en la definición del propio plan de estudios— y otras entidades como Isdefe. El plan combina una base sólida en matemáticas, física y programación con contenidos avanzados en mecánica cuántica, fotónica, telecomunicaciones e inteligencia artificial, y se ofrece en modalidad bilingüe con posibilidad de estancias internacionales.
La salida profesional está definida de antemano: los graduados podrán trabajar como ingenieros de sistemas cuánticos, especialistas en sensores de precisión extrema con aplicaciones en medicina o defensa, o expertos en criptografía y seguridad de la información frente a los retos que la propia computación cuántica planteará a los sistemas de cifrado actuales. Es formación diseñada a medida de las necesidades reales del sector, con el empleo casi garantizado antes de empezar.
Cataluña: captar el talento donde está
En paralelo, Indra ha activado en Cataluña un plan de atracción de talento basado en alianzas con universidades y centros de FP del territorio. No es un movimiento aislado: se enmarca en un despliegue mucho más amplio de la compañía en Cataluña, que contempla 1.500 empleos, 550 millones de negocio y 19 nuevas alianzas industriales. La lógica es complementaria a la del grado cuántico: si en Madrid la apuesta es crear una nueva generación de especialistas desde la universidad, en Cataluña se trata de conectar con el talento que ya se está formando y facilitar su incorporación a los proyectos.
Ambos movimientos comparten una filosofía que Indra lleva años cultivando: la convicción de que la universidad y la FP son la fuente de conocimiento imprescindible para sostener su capacidad de innovación. Esa visión se traduce en cifras notables. La compañía mantiene convenios con más de 430 universidades y entidades académicas, 16 cátedras activas y 6 colaborativas, programas de doctorado y acuerdos con decenas de universidades españolas y centros de investigación.
El talento, nuevo campo de batalla de la industria
El trasfondo de estos movimientos conecta con una tendencia que atraviesa toda la industria tecnológica y de defensa española. El sector vive un momento de expansión sin precedentes recientes: los programas de modernización de defensa movilizan miles de millones y casi el 89% de esa inversión se queda en la industria española, la inversión en tecnologías estratégicas —cuántica, espacio, ciberseguridad, inteligencia artificial— se ha acelerado y las carteras de pedidos de las grandes compañías están en máximos.
Ese crecimiento ha desplazado el cuello de botella. Ya no está tanto en la financiación como en la capacidad de encontrar profesionales cualificados para ejecutar los proyectos. Es, precisamente, uno de los déficits que los diagnósticos sobre el ecosistema tecnológico español vienen señalando de forma recurrente: la brecha entre la demanda creciente de perfiles técnicos especializados y la oferta que el sistema formativo es capaz de generar.
En ese contexto, que una compañía como Indra decida no limitarse a competir por el talento existente, sino intervenir directamente en su creación —diseñando carreras universitarias, definiendo planes de estudio, integrando a los estudiantes en proyectos reales antes de que se gradúen— es una señal de hacia dónde se mueve el sector. La ventaja competitiva del futuro no dependerá solo de quién tenga la mejor tecnología o el mejor contrato, sino de quién tenga a las personas capaces de desarrollarla. Y esa carrera, a diferencia de la de los contratos, se gana con años de anticipación.


