Financiación sostenible

El acero, el agua y el campo se descarbonizan en Latinoamérica con financiación verde

Una acería en México que producirá 2,6 millones de toneladas al año de acero de baja huella, la expansión del agua potable en São Paulo y una alianza para llevar fertilizantes sostenibles al campo colombiano son algunos de los seis proyectos industriales en los que la financiación sostenible ha dejado de ser un discurso para convertirse en fábricas, infraestructuras y cadenas de valor reales.

El acero, el agua y el campo se descarbonizan en Latinoamérica con financiación verde / Cedida Ternium
photo_camera El acero, el agua y el campo se descarbonizan en Latinoamérica con financiación verde / Cedida Ternium

Durante años, la financiación sostenible fue sobre todo una historia bonita, casi como una fábula: compromisos, marcos, taxonomías, informes ESG cada vez más gruesos. Ahora empieza a verse en otro sitio, más concreto y más difícil de maquillar: la fábrica. Una acería en Nuevo León que aspira a producir el acero con menos huella de carbono de América, la expansión del agua potable en la mayor ciudad de Brasil o una alianza para que los agricultores colombianos accedan a fertilizantes de menor impacto son ejemplos de que el dinero verde ha bajado del PowerPoint a la línea de producción.

Estos proyectos comparten un hilo conductor: han sido financiados por BBVA, que los ha distinguido internamente entre sus operaciones de banca sostenible más relevantes del último ejercicio en América. Más allá del reconocimiento del banco, lo interesante para la industria es lo que esos seis casos dicen en conjunto: que la transición no se juega solo en los grandes anuncios corporativos, sino en decisiones de inversión sector a sector, país a país. Y que Latinoamérica se ha convertido en un escenario especialmente activo.

El acero que se reinventa en México

El caso más ambicioso está en la siderurgia, uno de los sectores más difíciles de descarbonizar del mundo. Ternium ultima en Pesquería (Nuevo León, México) una nueva acería que empezará a operar a finales de 2026 y que producirá 2,6 millones de toneladas anuales de acero de baja huella de carbono. La inversión asociada a esta fase supera los 3.000 millones de dólares y forma parte de un plan que eleva la inversión acumulada del grupo en el complejo por encima de los 7.500 millones.

La clave no está en la capacidad, sino en la tecnología. La planta se basa en el esquema DRI-EAF (reducción directa de hierro combinada con horno de arco eléctrico), que electrifica buena parte del proceso y prescinde del alto horno tradicional. Mientras la ruta convencional de alto horno emite del orden de 2,2 toneladas de CO₂ por tonelada de acero, Ternium aspira a situar su nueva planta en un rango de entre 0,4 y 0,7 toneladas, según la mezcla energética, la proporción de chatarra y la captura de carbono. La instalación incorpora además módulos de captura de CO₂ y está diseñada como hydrogen-ready: preparada para usar hidrógeno verde como agente reductor cuando sea económicamente viable, sin necesidad de rediseñar la planta.

El proyecto encaja en la hoja de ruta del grupo, que se ha fijado reducir un 20% la intensidad de sus emisiones para 2030, y cuenta con un marco de financiación verde validado por una agencia externa. Es un ejemplo claro de descarbonización industrial real: no una promesa, sino una fábrica en construcción con una tecnología concreta y un objetivo de emisiones medible, destinada además a abastecer a la exigente industria automotriz de la región del T-MEC.

El agua como infraestructura financiable

El segundo gran caso cambia de sector pero no de lógica. En Brasil, la financiación se ha dirigido a Sabesp, la mayor empresa de agua y saneamiento de América Latina, para expandir la infraestructura de agua potable y saneamiento en el área de São Paulo. La operación se estructuró bajo criterios de préstamo del IFC, el brazo de inversión en el sector privado del Banco Mundial, un sello que impone estándares ambientales y sociales exigentes y que ha sido reconocido por la prensa financiera especializada como una de las operaciones de infraestructura sostenible del año.

El interés del caso está en que convierte un servicio básico —el acceso al agua— en un activo financiable con criterios de sostenibilidad. En una región donde millones de personas siguen sin saneamiento adecuado, que la infraestructura hídrica atraiga capital bajo estándares internacionales no es un asunto menor: es la vía para que el desarrollo sostenible empiece, literalmente, por lo más básico.

Financiar el campo y otros frentes

El tercer caso con sustancia industrial está en la agroindustria. En Colombia, BBVA y Yara, una de las mayores compañías de fertilizantes del mundo, han creado una alianza financiera para resolver un problema estructural: la fragmentación en el acceso al crédito a lo largo de la cadena agrícola. El objetivo es que productores, distribuidores y minoristas puedan acceder a financiación para incorporar fertilizantes de menor huella, un eslabón habitualmente desatendido por la banca tradicional por su dispersión y su percepción de riesgo.

El resto de operaciones completan el mapa sectorial. En Estados Unidos, la financiación se ha dirigido al despliegue de sistemas de energía de Bloom Energy para centros de datos, un ámbito en plena ebullición por la demanda eléctrica que dispara la inteligencia artificial; conviene precisar que la tecnología de Bloom no son baterías, sino pilas de combustible (fuel cells) que generan electricidad de forma distribuida. En Argentina, Geli-Ar transforma una planta de biogás en un hub industrial circular que convierte residuos agropecuarios en energía y frío. Y en Perú, el Grupo La Patrona ha vinculado la modernización de una planta industrial a una hoja de ruta de descarbonización.

Seis operaciones, seis países, sectores muy distintos. Lo que las une no es solo el financiador, sino una señal de fondo: la financiación sostenible ha entrado en una fase nueva, en la que el capital verde ya no se mide por los compromisos anunciados, sino por los proyectos industriales concretos que hace posibles. Y en esa fase, Latinoamérica —con su industria pesada en transformación, sus necesidades de infraestructura y su enorme potencial agrícola— se perfila como uno de los territorios donde más se está jugando.